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I’ll Set Fire To Your Picture
Alexia
Aunque a los tabloides les encante describirme como una superestrella caprichosa, no lo soy, ¿de acuerdo? Hay artistas que exigen que les reciban en su camerino con doce botellas de whisky añejado durante sesenta y cuatro años y un dromedario con patines, pero mis condiciones para actuar son bastante sencillas. Quiero que se me permita fumar, que nadie ponga en el reproductor los éxitos de mi discografía, y que no se pronuncien palabras negativas en los minutos previos a la entrada en escena.
El cumplimiento de estas condiciones y un equipo de belleza es cuanto una chica de Luisiana necesita para hacer historia en el espectáculo de medio tiempo de la Super Bowl.
Refugiada en las entrañas de un estadio de fútbol en Chicago, Illinois, succiono una boquilla teñida de pintalabios Ruby Woo de MAC, el mejor tono de rojo del mercado, mientras soporto una suerte de torturas contemporáneas para lucir como una venus recién salida de su concha de mar. Hay un peluquero dándole forma a las ondas naturales de mi pelo, una manicurista aplicando la última capa de brillo a mis uñas, un maquillador pegándome las pestañas postizas y una mánager consultando frenéticamente las noticias de actualidad.
No por trabajo, sino porque padece una internitis aguda.
Dudo que un paseo por TikTok vaya a contribuir al éxito de mi actuación, pero ¿quién sabe si no estará invocando a una pitonisa online para pedirle sus bendiciones? Como ella dice, con ese gusto que tiene por referirse a sí misma en tercera persona: «los caminos de Lara Cosima son inescrutables».
—¿Sabemos cómo van los Jets? —pregunto por el placer de confirmar que anda inmersa en sus redes sociales de confianza.
Cometo el grave error de intentar ladear la cabeza hacia ella.
Cuatro criaturas están a punto de abalanzarse sobre mí para maniatarme al asiento. «¡No hagas eso, o saldrás con una línea del ojo más larga que otra!»; «¡No hagas eso, o se te encrespará la melena!»; «¡No hagas eso, o el mundo sucumbirá a la devastación!».
—¿Los Jets? —repite ella, como si le hubiera hablado en pársel.
Está sentada con las piernas cruzadas en el borde del amplio tocador.
Poner el culo en una silla es demasiado mainstream para ella.
—Sí, los que están jugando ahora mismo —respondo complaciente.
—¿Y a mí qué me cuentas? Yo ando revisando las novedades de Zara. —Lara Cosima gira el móvil para mostrarme la web de la tienda de ropa—. ¡Sabía que tenía que pelearme con Trinity para que te pusieran un body de lentejuelas! Es la tendencia que llegará en primavera, mira. —Desliza el catálogo con el dedo para que sepa que no miente—. Da igual la sección en la que te metas: brilli-brilli hasta en la categoría de calzado. ¡Soy una visionaria!
Obviamente, ni ella se pondría por voluntad propia una prenda de Zara, ni permitiría que yo la llevara para algo distinto a «dar un refrescante paseo por Central Park con mi perro», como rezaría el correspondiente titular. Y eso solo si debiera lavar mi imagen de diva y presentarme ante los paparazzi con un aspecto humilde. Pero a mi mánager le gusta confirmar que sus pronósticos de moda se han cumplido consultando tiendas de gama media, donde se refleja con claridad cristalina qué tendencias han calado en la sociedad desde la Semana de la Moda de París.
—Pero los Jets van ganando, si tanto te interesa —apostilla el peluquero, que no iba a permitir que me quedara con la duda—. Si no, a estas alturas mi hermano me habría llamado llorando.
—Confirmo —interviene la manicurista—. Jets, 24; Boston Beasts, 16.
Asiento como si tuviera el menor interés y cierro los ojos para repetir mis mantras de la suerte. Catorce años de carrera musical, y sigo necesitando mis tres minutos de introspección para pedirle a la musa que llevo dentro que me bendiga con su buena suerte.
Al igual que las lentejuelas, mi representante exigió que hiciera mi entrada en el escenario elevándome sobre una plataforma, así que no iba a arriesgarme a perder el equilibrio y abrirme la crisma invocando a la fortuna durante el ascenso.
—A mí el fútbol me importa un bledo —comenta el maquillador. Espera con la mano apoyada en la cintura a que el pegamento se seque sobre la línea de las pestañas. No lo sé porque lo esté mirando, sino porque es la postura con la que Paolo se enfrentaría a un ciclón—, pero respeto muchísimo la Super Bowl como evento cultural.
—Sí, claro. Tú lo único que respetas son los valores bohemios, como la belleza… de los jugadores —dice el peluquero, Manish, en tono de mofa. No lleva siete años a mi lado como Paolo, pero lo quiero como si así fuera—. Miente y dime que no has venido esperando que Vinny Bravano te localice entre el público y se enamore perdidamente de ti, como pasa en los fanfics que te gustan.
—¡Pues no! He venido a trabajar, listo —se defiende el aludido. Al abrir un ojo, capto una sonrisita de suficiencia en sus labios brillantes por el gloss—. Y, para tu información, no tendría por qué ser Bravano. Si se enamoran de mí Armstrong o DiMarco, lo celebro igual.
—Hombre, y si se pelean los tres por ti, mejor que mejor —se ríe Manish.
—Ganaría Bravano, que para eso es el jugador más completo —sentencia la manicurista, Aya, terminando de limar los bordes insurrectos—. Es el tight end. El único que sabe correr, coger la pelota, defender, proteger…
—... derretir al público con uno de sus bailecitos en el campo… —agrega Manish.
—... sacudirte como a un desodorante vacío… —se aventura Paolo con aire soñador.
—Pero ¡no interrumpáis a la única que sabe de fútbol en esta habitación, pervertidos! —me quejo, divertida con el marujeo inocente. Recojo las piernas y me abrazo las rodillas con la mano que ya no apesta el camerino con humos tóxicos—. Algunas no sabemos del tema y no nos vendría mal tener una remota idea de cara a las entrevistas. Seguro que me preguntan a qué equipo he estado animando, y mi única certeza es que están jugando los New York Jets y los Boston Beasts. Eso, y que sois un cliché andante —me burlo.
—¿Por qué? —rezonga Paolo—. ¿Porque nos gustan los hombres en su forma animal?
—Yo no lo habría dicho mejor. Eso de ganarte la vida placando con el hombro se asemeja más a los valores del antiguo neandertal que a los del hombre actual. No se me ocurre nada menos sexy que un tío como un armario que se presta a la publicidad dental con su sonrisa de implantes.
—Bueno, amore, basta con ver a tu querido Brian para saber que a ti te van los alérgicos al gimnasio. Es una opción respetable, ojo —añade, aunque no se lo cree ni él. De todos mis estilistas, Paolo es el único que no tiene miedo de tratarme con condescendencia—. Sobre todo porque dejarás más para el resto. No me gustaría competir contigo por el amor de un maromo. Si Johnny de Wisconsin y la novia de América se interesaran por el mismo armario, ¿quién de los dos crees que se lo llevaría a casa?
Johnny de Wisconsin es él, claro. Paolo es su «nombre artístico». Se lo puso después de descubrir que Lara Cosima se llamaba Lara Cosima de verdad. Le entraron unos celos terribles hacia los nombres compuestos y pretenciosos de la clase alta sureña.
—Oh, venga, no te pongas tristón. Tú también encontrarás a tu armario tarde o temprano, Johnny de Wisconsin —le asegura Manish, palmeándole la espalda con afecto condescendiente—. Un sábado en las rebajas de un mercadillo, por ejemplo.
—Oye, capullo, ¿te tengo que recordar que estas malas vibraciones en el ambiente están prohibidas? Alexia sale a bailar en treinta y siete minutos exactos.
—Descuida, Paolo, que no solo nos pelearíamos por armarios distintos, sino que los armarios que a ti te querrían no tendrían ojos para mí —aclaro antes de que comience la decimotercera guerra civil entre Paolo y Manish. Aya se da cuenta de que se me ha apagado el cigarrillo y prende una cerilla para que pueda acabarlo. Le lanzo un guiño de agradecimiento y agrego—: Según tengo entendido, los gays no suelen interesarse por las mujeres.
—Eh, ¿hola? La bisexualidad existe, eso lo primero. Y segundo —se yergue con solemnidad y levanta el dedo para proclamar una de sus verdades irrefutables—: Ningún hombre te amará jamás como un gay amante del pop petardo. Si crees que no te elegirían por encima de mí solo porque no tienes cuca, estás muy equivocada.
—Te agradezco la inyección de optimismo, cariño. Abrazos a mi ego es justo lo que necesito.
—Estamos para servir, monada.
Ahora que las pestañas están en su sitio, las uñas se han secado y la musa ha sido invocada, puedo girarme hacia mi representante sin ser reprendida para buscarle explicación a su inquietante silencio. A Lara Cosima no le dieron dos nombres, un apellido compuesto y el título de Miss Abita Springs por casualidad, sino para que pudiera prolongar hasta el infinito la respuesta a una pregunta tan sencilla como «quién eres tú». Uno de sus temas de conversación preferidos son los hombres «romantizables», que no los hombres a secas: esto es, personajes de series de vampiros y cualquier celebridad que quede lejos de su alcance, como, en este caso, una que practique un deporte.
Es inconcebible que no haya hecho su aportación en los últimos cinco minutos.
—¿Pumpkin?[1] —se me escapa una nota vacilante al llamarla. Le ha aparecido la arruga antibótox en la frente, y eso, en su idioma, quiere decir que hay un problema—. ¿Qué pasa?
—Se habrán agotado los vestidos lenceros —se burla Paolo con una mano en el pecho—. ¡Trágico!
La aludida tarda en darse cuenta de que la conversación se ha desplazado hacia su terreno. Primero alza la mirada en mi dirección, luego devuelve la vista a la pantalla del móvil, que proyecta una luz tétrica sobre su rostro perfecto, y finalmente se lo esconde en el bolsillo trasero del pantalón.
Se palmea los muslos y me ofrece una sonrisa tirante.
—¡Nada! ¡Todo va sobre ruedas, cielo! ¡No tienes de qué preocuparte!
Pero sé que tengo de qué preocuparme, porque durante ese instante en el que me ha dirigido una mirada desorientada, ha compuesto esa expresión de horror dramático que le valió el papel de Carrie en el teatro del instituto.
—Lara Cosima —la advierto señalándola con el dedo—. Se te ha quedado la misma cara que cuando leíste en Twitter teorías sobre mi presunto hermafroditismo. ¿Qué se cuenta esta vez?
—Eres una egocéntrica —jadea en todo su esplendor de escurrebultos—. ¿Es que solo puedo ponerme nerviosa por una noticia sobre ti?
—Por eso y porque Bella Hadid no ha cerrado los últimos desfiles en Milán, pero la Semana de la Moda nos queda bastante lejos. ¿Y bien? —Relajada, alargo el brazo para depositar las cenizas en el recipiente de cristal—. Ilumíname con las tonterías de esta noche, por favor. ¿Me he casado en secreto con una réplica de mí misma creada con inteligencia artificial? ¿Ha salido a la luz que grabo mis canciones en pleno ataque de sonambulismo?
—Deja, que te lo consulto yo en un momentito —se presta Aya ahora que está desocupada. Basta con que desbloquee la pantalla de su móvil para que mi mánager, hasta el momento sentada con rigidez en el tocador, se abalance sobre ella y trate de arrebatarle el iPhone. La manicurista se defiende levantando la mano por encima de sus cabezas—. Pero ¿qué haces, mujer? ¡Se ha vuelto loca!
—¡Suéltalo! ¡No vamos a mirar las redes sociales hasta que haya terminado el espectáculo! —Y por un momento le sale la vocecilla irritante con la que le replicaba a su padre si este le decía que llevaba una falda muy corta—: ¡Es una orden!
Manish pone los ojos en blanco y aporta su granito de arena pulsando el icono de Twitter de su propio móvil. No deja de criticar por lo bajini las exageraciones de mi representante hasta que sus ojos van a parar a una noticia que le descompone la expresión. La mirada sombría que me dedica lo dice todo: no podrá darme la primicia, pero porque ha enmudecido.
De acuerdo. La cosa se está poniendo fea.
Arrojo el cigarrillo sobre el cenicero y me levanto del asiento.
—Dame el móvil —exijo, extendiendo la mano—. Ahora.
Manish se encoge sobre sí mismo para protegerlo con su pecho y su propia vida.
—No.
—¿Que no? Me estáis asustando entre todos, y no hacéis más que empeorarlo.
—Lex, yo misma te lo diré después, pero no creo que sea buena idea que en este momento te pongas a leer bulos absurdos —insiste Lara Cosima en su papel de princesa de la asertividad. Desde que descubrió el mindfulness, ha podido perfeccionar sus dotes de manipuladora pasiva. Y sí, lo he dicho bien: meditación y manipulación, técnicas hermanadas en el mundo de mi mánager—. Debes concentrarte en los quince minutos de actuación. ¿Has hecho tus ejercicios vocales? ¿Quieres que ensayemos una vez más alguna de las coreografías…?
Después de un forcejeo violento que, ante las cámaras, podría haberme costado la reputación, consigo arrebatarle el móvil a Manish.
No tarda en dar unos prudentes pasos atrás.
—Yo lo he intentado —se defiende—. Luego que no me digan que es culpa mía.
—Oh, descuida, a lo mejor eres el único al que no despido por intentar ocultarme información —replico con una mirada fulminante.
Pensaba que tendría que buscar el origen del mal entre una miríada de tuits, o como quiera que se llamen ahora desde que Twitter no es Twitter y el mundo se ha vuelto loco, pero el peluquero ya se había puesto a leer las respuestas de los usuarios a una noticia de Pop Crave, la fuente online de noticias relacionadas con la industria musical.
Justo encima de la opinión de un tipo al que nadie se la ha pedido —«con su historial romántico, no me extraña nada», reza—, destaca una foto de la última alfombra roja de Brian. Una servidora aparece abrazándolo mientras lo mira con una sonrisa de orgullo afectuoso.
Siempre he adorado esa foto. Los lectores del lenguaje corporal de TikTok suelen interpretar mi postura como una muestra de amor en sí misma.
Fuentes cercanas a Brian Harris confirman que el compromiso entre el actor y la artista Alexia Lux ha sido anulado por diferencias irreconciliables.
—¿Perdón? —se me escapa en voz alta.
Lo de diferencias horarias lo podría comprar, porque él está grabando una película naturalista en una base científica de la Antártida.
Pero ¿irreconciliables?
—Estoy segura de que ha sido un error —me garantiza Aya. Debe de ser su mano la que siento sobre el hombro, la única parte del cuerpo en la que aún noto corriendo la sangre—. Brian es todo un caballero. Si hubiera tenido alguna clase de duda con respecto al compromiso, te la habría comunicado a ti antes que a ningún medio o a un amigo suyo con el defecto de chivato, que sería el que habría vendido la noticia para sacar tajada... —Su voz se va apagando antes de volver a arrancar con vehemencia—: ¡Pero no ha pasado nada parecido! ¡Apuesto mi alma!
Ese sería un excelente consuelo si viniera de alguien que conoce a Brian de algo más que de los personajes que encarna. O si necesitara un consuelo, cosa de la que puedo prescindir porque no hay quien se trague esta basura.
Puede que por trabajo nos hayamos visto obligados a separarnos durante los últimos siete meses. Y es posible que haya pasado algunas noches pendiente del teléfono, reproduciendo una y otra vez cada avance que sale de su nueva película porque su compañera de reparto es un bombón con el que se le ha visto muy acaramelado en el set. Y sí, vale, no nos mostramos particularmente cariñosos cuando intercambiamos mensajes, además de que llevamos tres semanas sin oír nuestras respectivas voces.
Pero esto… esto es imposible, se mire por donde se mire.
—Voy a llamarlo —le digo a nadie en particular.
—¡No! —exclama Lara Cosima, tratando de arrebatarme el smartphone—. No, Lex, no es el momento—. Si no te lo coge... —Ante mi mirada fulminante, se obliga a callar y a rectificar ipso facto con las manos en alto—: Y seguro que, si eso pasara, tendría una explicación lógica, tú…
—¡Oh! —Me pongo una mano sobre el pecho, fingiendo asombro—. ¿Ahora eres la defensora número uno de Brian Harris? Creo recordar que ayer te referiste a él como una sanguijuela pomposa con manos de T-rex, la única clase de manos que justificarían que no respondiera a mis mensajes.
«Y que no te deje satisfecha en la cama», añadió anoche con una botella de Merlot vacía entre las piernas.
Como si la necesitara para echar por tierra el valor humano de mis parejas.
En honor a la verdad, ella y yo no solemos discutir cuando el equipo está delante, así que dejo correr la pullita.
—... podrías empezar a preocuparte —prosigue—, y todo por una tontería que se ha inventado Pop Crave.
—Sophie Turner se enteró de que Joe Jonas le había pedido el divorcio gracias a Pop Crave, entre otros medios —sentencio con frialdad—. Si voy a ser la siguiente celebridad que se queda soltera, me gustaría estar preparada para afrontar la humillación.
Marco el número que me sé de memoria y pego la pantalla a mi oreja con cuidado de que no afecte al copioso maquillaje, el único que sobrevive a los focos agresivos de un estadio. Me alejo del grupo para gozar de una falsa intimidad en el pasillo. Trato de acompasar la respiración, pero cada pitido que se extingue sin la interrupción de Brian suena y se siente como un disparo a traición.
Tiene el móvil encendido, y, por ende, puede contestar.
¿Por qué no lo hace la primera vez?
¿Y la segunda? ¿Y la tercera…?
Cuando empiezan a temblarme las manos, me apresuro a escribirle un mensaje de texto exigiendo explicaciones.
Apuesto por que Manish, el último en incorporarse a mi equipo de estilistas, encuentra mi actitud fuera de lugar: «¿Se pone así por un simple rumor?».
Sí, me pongo así por un simple rumor, porque si algo he descubierto a lo largo de mi carrera profesional es que, cuando el río suena, agua lleva... Por no mencionar que no sería la primera vez que me veo en estas. Y es que cuando tu pareja te deja a los diecisiete años mediante una llamada de once segundos, una llamada que se produce minutos antes de tu primer concierto en Nueva York, comprendes que hombres y mujeres somos fundamentalmente cobardes en cuestiones románticas. Así que ¿en qué se diferencian mi exnovio de hace más de una década y Brian? En nada. Si una revistilla digital o bien un llama-cuelga les puede hacer el trabajo sucio, ¿para qué mancharse las manos?
«Eso es injusto con Brian. Él es un hombre hecho y derecho, no un adolescente asustado», me replica la vocecita interior.
Por el bien de mi paz mental, me aferro a la esperanza que me ofrece en bandeja.
Pero compruebo de un rápido vistazo que nuestro chat da pena. He iniciado yo las últimas diez conversaciones, y él no se ha molestado en seguir muchas de estas, limitándose a responder con un escueto emoticono, o el temido «OK» que una mujer más sensible que yo se tomaría como una declaración de guerra.
Pensaba que se debía a la monotonía, pero ¿y si me equivocaba? ¿Y si Brian es como todos esos príncipes azules que dejé entrar en mi vida después de saltar a la fama?, ¿un hombre que me usa para conseguir algo y luego me abandona?
Para Lara Cosima, Brian es un contrasentido andante: tiene manos de T-rex, y, al mismo tiempo, también las tiene lo bastante largas para servirse de la fama que le da salir conmigo y así obtener oportunidades laborales en el mundillo cinematográfico.
Para mí... para mí, Brian era otra cosa.
Según parece, he estado muy equivocada.
A sabiendas de que todo el equipo está con el alma en vilo, giro sobre mis botas, y entonces pronuncio las palabras que me convierten en el hazmerreír del autoengaño:
—Es problema del sótano; aquí no tengo rayitas. Voy a ver si fuera hay cobertura.
2
The 81
Alexia
Cuando acepté actuar en el espectáculo de medio tiempo de la Super Bowl, ya sabía que no me iban a pagar. He estado poniendo mi alma, como se suele decir, «por amor al arte». Lo que no me voy a poder creer es que, encima de no ganar pasta, vaya a salir con pérdidas.
Con un prometido menos, para ser exactos.
Derrotada y con el corazón en un puño, deambulo por el recinto interior del estadio. Si no tuviera un molesto pitido instalado en los oídos, seguro que oiría los aullidos y aplausos de las gradas, o el choque de los equipos de protección de los titanes que se disputan el anillo de la victoria.
Se supone que tengo que salir en media hora, tal vez veinticinco minutos, pero no me siento las manos, y la musa que llevo dentro se ha apagado como una Campanilla a la que le han dicho que no la quieren.
Desde luego, a mí me han dicho que no me quieren, pero con pocas palabras. Porque estoy segura de que este no es uno de esos rumores que los fanáticos se inventan solo porque aparezco en una foto sin pedrusco de compromiso, o a él lo cazan saliendo del apartamento de su compañera de reparto a la mañana siguiente de una fiesta.
Con los años, una aprende a diferenciar los bulos de la posible realidad. Como los sentidos arácnidos, este saber conlleva una gran responsabilidad; es, de hecho, una carga para quienes a veces preferimos negar la verdad y abrazar la tranquilidad de la fantasía.
Acabo empujando las puertas de algo que se parece sospechosamente a un vestuario. No sé cómo he llegado hasta aquí, porque las que conocen el rumbo son mis piernas, pero el olor a sudor concentrado me advierte de que los jugadores ya han pasado por su refugio para refrescarse. Eso significa que ya ha terminado la primera parte. O, en otras palabras, que deberían estar aplicándome los últimos retoques para salir a entretener a los Estados Unidos de América.
Lara Cosima me va a matar.
Bueno, me va a matar Cosima; Lara me va a entender.
Más por supervivencia que por elección, la veo como una especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde: dos criaturas opuestas encerradas en un solo cuerpo. Una es la manipuladora, resolutiva y brillante relaciones públicas, esa que no siempre tengo la paciencia para aguantar —Cosima—, y la otra, Larita, sigue siendo la mejor amiga con la que hice un pacto de saliva a la tierna edad de ocho años. No mucho tiempo después, cuando proclamé en mi garaje que quería ser una estrella del rock a la altura de Mick Jagger, ella me ofrecería su patrocinio. Y yo aceptaría, porque si existe alguien en este mundo capaz de vender hielo a los pingüinos, esa es mi niña.
Al menos en su papel de Cosima, que es en el que tiene la mayor credibilidad. Pensé que le pegaba más bautizar así a su lado profesional, porque parece referenciar a la esposa sanguinaria de un Médici sediento de poder.
Recordar a mi representante es más agradable que darle vueltas al posible abandono de Brian. Me apena decepcionarla y arrojar su duro trabajo por la borda, pero no me veo haciendo algo distinto a tomar asiento en un banco al azar y apoyar la espalda contra las taquillas.
Cierro los ojos un instante, paladeando la amargura de una derrota más, y lentamente voy dejando caer la cabeza entre las manos.
La triste verdad es que esta ni siquiera sería la peor ruptura que he sufrido, pero sí supondría un bochorno insoportable. Y, siendo sincera, prefiero una puñalada en el pecho que otra humillación pública a manos de mis parejas.
O exparejas.
En mi ingenuidad, creí que superaría la vergüenza y el miedo a que se hablara de mi vida personal en cuanto conocí a Brian. Era, y supongo que sigue siendo, el hombre perfecto: no le gustan las cámaras ni tiene afán de protagonismo.
Ahora veo que estaba equivocada.
No se me ocurre nada más patético que imaginar mi estampa ahora mismo. Ya es triste sollozar por un cobarde con el pijama que tu padre te compró en Walmart en el ochenta y seis, pero con un body de lentejuelas y flecos brillantes diseñado por una renombrada casa de moda y tres horas de peluquería, sentirse un fraude es de traca. El que entre y vea a una tía de metro setenta doblada sobre sí misma se creerá el puto amo en comparación.
Suerte que puedo desahogarme a solas.
—Oye, perdona por interrumpir tus ejercicios de meditación, pero creo que no deberías estar aquí.
Mantengo los ojos cerrados unos segundos más antes de alzar la barbilla con mi mejor cara de «esto tiene que ser una puta broma». Pero si se tratara de eso, estaríamos hablando de la broma más grande que me han gastado en la vida, y en el sentido literal: tengo delante a la clase de tipo extraordinariamente colosal, a lo alto y a lo ancho, que no podría parecer patético ni con un sombrerito de papel en la cabeza.
Un metro noventa de masa bañada en sudor se mueve entre las taquillas como si el suelo llevara su nombre. Un amasijo de tela que momentos antes habrá sido su camiseta cuelga de uno de sus hombros con desenfado.
Su actitud relajada despierta en mí unos absurdos celos que van mutando en una sensación algo menos amarga cuando capto en sus labios una intención de sonrisa.
—Confirmo: no deberías estar aquí, sino ahí fuera —resuelve con seguridad en cuanto hacemos contacto visual—. A no ser que Alexia Lux tenga una hermana gemela.
—En casos como este, a una le gustaría que no la reconocieran en todas partes —mascullo, más para mí misma que para que él lo oiga.
—Incluso si no fueras quien eres, brillarías en la oscuridad, nena —se ríe con aire soñador. Señala mi atuendo con el mentón, y acto seguido se gira para abrir una taquilla.
El movimiento me permite apreciar con claridad dos graciosos hoyuelos sobre la tira del pantalón deportivo, ajustado a sus muslos firmes, y las líneas perfectas de una espalda tonificada…
Joder. Parece que mi cuerpo ya haya pasado un luto al que ni siquiera mi mente se ha hecho a la idea. Me imagino lo que diría Johnny de Wisconsin: «Conque no nos van los armarios, ¿eh? Los del Ikea quizá no, pero a este que te viene montado y bien puesto no le quitas los ojos de encima».
No pienso disculparme.
Cualquier distracción es buena.
—Si tú estás aquí —me obligo a responder—, también tendrás algo que hacer en la Super Bowl, ¿me equivoco? ¿No deberías reunirte con el equipo y chocaros los nudillos para desearos suerte de cara a la segunda parte?
El tipo se gira hacia mí después de sacar algo misterioso y brillante del interior de la taquilla. Es un anillo, pero nada que ver con el modelo de joyas incrustadas que Tiffany’s diseñó para el vencedor del campeonato de la NFL;[2] es igual de aparatoso, sí, pero hecho a mano de un modo muy rudimentario. Reconozco los abalorios de plástico de colores que nos regalan a todas las niñas para fabricar nuestra propia joyería cuando ya no hay riesgo de que nos los traguemos.
—Mi única suerte está aquí. —Lo lanza al aire y lo captura al vuelo antes de introducirlo en una cadenita de plata y colgárselo del cuello—. Es mi amuleto, ¿sabes? Lo llevo conmigo a todos lados. Con las prisas y los nervios, se me ha olvidado cogerlo. —Bizquea, exasperado con su torpeza—. Así nos ha ido la primera parte del partido.
Esbozo una sonrisa incrédula.
—No me digas que crees en esas tonterías supersticiosas.
Él enarca una gruesa ceja del mismo rubio ceniza que luciría su pelo si no lo llevara rapado al uno. Que lleve un corte tan extremo destaca aún más su mandíbula firme.
—Yo no catalogaría de tontería algo que te ayuda a confiar en tus habilidades. ¿No se supone que los cantantes también tenéis mantras? ¿O lo único que haces antes de salir al escenario es encerrarte en un lugar secreto?
—Eso solo lo hago cuando me entero de que es posible que mi compromiso se haya ido al traste. —Hago una pausa para organizar mis ideas, perpleja—. Y... no sé por qué he dicho eso.
De brazos cruzados, y con una mirada fija que transmite seguridad, se recuesta contra las taquillas.
—¿Sucede a menudo? Lo de que tus bodas se vayan al carajo, digo.
—¿No ves las noticias? —replico en tono burlón.
—No me digas que sales en el telediario.
—Más bien en las revistas, donde también debe de aparecer tu vida sentimental.
—No suelo prestar atención a los idilios que no tengo pero que la gente insiste en achacarme. Tú tampoco deberías —apostilla, rompiendo la pose para acercarse a mí—. Y hablo, especialmente, por los rumores que no se han confirmado.
—¿Cómo sabes que ha sido rumor y no una ruptura oficial lo que me ha encerrado aquí? ¿Te ha dado tiempo a consultar la prensa rosa en el descanso?
Él chasquea la lengua antes de dejarse caer en el banco, justo a mi lado. Quizá demasiado cerca. Prendas a través, siento el calor que emana su cuerpo hinchado por el ejercicio. Luce una colección de moratones en el primer estadio de curación.
Lo que yo diga: neandertal.
—La que se ha encerrado aquí eres tú. El rumor solo ha sido la excusa.
—Claro —le concedo con resentimiento—. Me estoy exponiendo a un ridículo interplanetario porque me apetece ser una llorona, y no porque el mundo se me acabe de venir encima.
—Yo no lo habría descrito mejor.
Me giro hacia él con toda la intención de espetarle que hay que tener cara para hablarle así a alguien que no conoces. Se me quitan las ganas al capturar un brillo travieso en sus ojos grises, la clase de ojos que no pierden la vivacidad y siempre te sonríen con camaradería… y una pizca de diversión pagana.
Es curioso que su mirada transmita calidez cuando el resto de su físico intimidaría a un batallón. Lleva la barba crecida lo bastante desarreglada como para darse un aire de corsario pendenciero. El bronceado le ha espolvoreado una colección de pecas en la piel que el vello facial deja a la vista.
Siento una extraña curiosidad por averiguar si es cierta mi teoría de que todos los jugadores de fútbol, al igual que los reguetoneros, llevan implantes dentales. Y para eso habría de sonreír. Pero no estoy en mi momento más humorístico, ni mucho menos cuando me da la impresión de que me está vacilando.
—Tú no podrías ni imaginar cómo me siento en realidad —repongo con lentitud, como si fuera corto de entendederas.
Él junta las manos como si rezara en señal de disculpa y se las frota, pensativo. No tarda en ladear la cabeza hacia mí, a tan escasa distancia que podría pararme a contar sus pestañas rubias.
—Pero me puedo hacer una idea de cómo te sentirás si te quedas aquí. Tú lo has dicho: te espera un ridículo interplanetario, y si te tomas así un cotilleo inofensivo, no creo que pudieras sobreponerte a la decepción del mundo entero.
—No eres el mejor consolando a los demás, ¿sabes?
—Por eso juego al fútbol y no soy psicólogo —afirma con una sonrisita socarrona—, pero no es mi culpa, ¿eh? El entrenador nos planta agujas en el asiento para que no nos pongamos demasiado cómodos y, quieras que no, eso te fortalece el carácter.
—Ya veo. Ahora, como estás traumatizado por el trato que te dispensan, quieres traumatizarme a mí.
—Eh, eh, cariño, ni siquiera nos hemos presentado —protesta, alzando las palmas de las manos—. Deja las confesiones sobre los traumas para la primera cita, ¿quieres?
—No tengo que decirte mi nombre para que sepas quién soy, listo.
—Ni yo debería decirte el mío para que me reconozcas. Aunque vayas a cantar hoy, es mi noche, no la tuya.
Se incorpora ante mi cara de pasmo y se dirige como Pedro por su casa a la taquilla que ha dejado abierta. Se ocupa de que entienda que está de guasa lanzándome un guiño juguetón por encima del hombro. Luego, y en absoluto incómodo por tener público, se va colocando las protecciones.
Debo admitir que, aunque el fútbol no me interese lo más mínimo, hay un elemento hipnótico en el proceso de prepararse para la acción. Recuerda a cuando los guerreros medievales se ponían sus armaduras para marchar a la guerra.
Salvando las distancias.
Cierra la taquilla y, ya listo y con el casco en la mano, se gira hacia mí.
—Por si quieres decirme algo bonito a través del micro, soy el ochenta y uno de los Boston Beasts —anuncia con solemnidad, como si de veras pensara que voy a darle esa satisfacción.
Señala el dorsal plateado sobre el tono púrpura de la camiseta para que no me quepa la menor duda.
—Estás tú muy seguro de que pienso usar el maldito micro —mascullo, frotándome los muslos por encima de las medias transparentes. Tengo la piel de gallina—, no ya para animarte, sino solo para cantar.
—Eres Alexia Lux. Cantar es lo que haces —replica, encogiendo un hombro. Y se queda tan ancho—. Acabarás recuperando la conciencia y comportándote como cabe esperar. Si no, tendrás que atenerte a las consecuencias.
—¿Atenerme a las consecuencias? ¿Me estás amenazando?
—Esta es la noche que gano la liga por primera vez —se excusa con determinación—. Todo debe ser perfecto. Incluida tú… —Me mira de arriba abajo, al principio con gesto de incredulidad, y, al concluir, con una satisfacción a la que respondo poniéndome firme—. Lo tienes fácil porque vienes de fábrica con todo en su sitio. Solo falta que no seas tan testaruda.
—Así que es una cuestión de egoísmo y no de humanidad. Intentas convencerme de salir para que tu partido sea el más visto.
—También porque me apetece ver qué has preparado. De todos modos, se me está agotando el tiempo para convencerte —dice, señalando el reloj digital que pende sobre las puertas que dan al campo—. Con tu permiso, voy a pasar a la acción.
Abro la boca para preguntar a qué se refiere, pero no necesito respuestas en cuanto veo a la mole de músculos avanzando hacia mí. Si hubiera llevado el casco puesto, habría temido por mi integridad física. Y resulta que debía temer por ella igual, porque aunque tiene una mano ocupada, se apaña con la otra y, haciendo palanca con el hombro, me echa sobre él con una facilidad pasmosa.
Por un momento, no sé qué está pasando, qué hago, por qué no batallo en defensa propia: el mismo shock que me ha incapacitado al leer la condenada noticia se adueña de mí durante unos segundos. Luego, al comprobar que el 81 camina tan campante pasillo arriba, se me ocurre intentar incorporarme y darle un manotazo en la espalda.
—¡¿Qué coño haces?!
—Salvar la Navidad futbolística, cariño. Pensaba que había quedado claro.
—¡¿Y para eso tienes que cargarme como un saco de patatas?!
—¿Qué trato quieres que te dé? Hace un rato te parecías más a un saco de patatas que a una exitosa cantante internacional. Nena, no puedes permitirte defraudar a todas las personas que han venido al partido por ti; a las que trasnocharán para verte actuar a las tantas de la madrugada porque viven en Seúl o en Tetuán. Hazme caso. —Me da una palmadita afectuosa en la pantorrilla—. Me lo agradecerás.
—Sí... ¡con una patada en las pelotas! ¡Créeme! ¡Sé que esa zona no la llevas cubierta! —Él suelta una carcajada que hace que le tiemblen los hombros. Algo bastante incómodo, porque se me clavan las protecciones en el vientre—. Te ha enviado Lara Cosima, ¿verdad?
—No sé qué cojones es una Lara Cosima, pero lo que sea que te ayude a creer en el destino —me concede, tan magnánimo él.
Abro la boca para seguir quejándome, pero noto un cambio en la temperatura y la graduación de las luces, y comprendo que estoy justo donde me dijeron que habría de presentarme a las ocho menos cuarto de la noche. El jugador ha sabido orientarse mejor que yo y traerme al corazón del estadio, de donde habré de surgir como una venus en su nacimiento.
—¿Cómo has sabido dónde tenía que estar? —pregunto, perpleja.
Él se agacha para que pueda poner los pies en el suelo en condiciones de digna humanidad.
Es de agradecer después del numerito.
Trato de recuperarme apartándome el pelo de la cara con aspavientos.
Su respuesta jocosa no se hace de rogar:
—Hago esto todos los años.
—¿Las fugas de artistas son habituales?
El tipo encoge un hombro con coquetería.
—Ya ves que no eres tan especial.
Pero su mirada vibrante dice justo lo contrario, y aunque intento enfurecerme con él por haber aparecido de repente, frustrando mi desahogo, y haberse tomado la libertad de hablarme como si me conociera, no puedo.
Es irritantemente adorable.
Mi mánager y el resto del equipo se abalanzan sobre mí antes de que pueda dirigirle una última palabra al salvador. Según la cuenta regresiva que destaca en números rojos sobre nuestras cabezas, quedan veinte segundos para hacer mi aparición en escena. En esos veinte segundos, Paolo limpia el rímel que haya podido correrse por culpa de una lágrima traicionera y me retoca los labios con un pincel. Manish echa el último chorro de laca sobre las ondas caoba, y mi amiga del alma me hace entrega del micro como si de la antorcha olímpica se tratara.
Es al rodear con los dedos el dichoso aparatito cuando caigo en la cuenta de que es verdad, de que él tiene razón: soy Alexia Lux y no puedo defraudar a nadie. Es algo que no me está permitido desde que América me escogió como su favorita, así Pop Crave, Vogue u Oprah anuncien que mi novio ha resultado ser un asesino a sueldo.
Cierro los ojos y me sitúo donde me mandan, en el cuadrante que habrá de elevarse hasta el escenario entre una nube de humo y luces de neón. No sé de puestas en escena; dejo que esto corra a cuenta de los profesionales. Solo me hago cargo de las pocas responsabilidades que me corresponden, que consisten en cerciorarme de que llevo un micro en la mano y la correa de la guitarra ceñida al pecho.
Un momento.
La guitarra.
Busco a Lara Cosima entre los rostros mal iluminados del equipo. Las entrañas de un escenario pueden asemejarse a la casa del terror, y no solo porque el aire esté impregnado de nervios y expectativas inalcanzables.
—¡Pumpkin! ¡La guitarra!
Ella compone una mueca de horror al comprender lo que pasa. A partir de ahí, todo sucede muy rápido: los presentes, incluidos los encargados de producción y sonido, se vuelven locos buscando el instrumento que, en teoría, debería estar allí. Transcurren los tres últimos segundos más terroríficos de la historia, y, al cumplirse, la plataforma se despega del suelo y comienza a elevarse para presentarme ante la afición.
Cuando mi representante localiza la guitarra, es tarde para soñar con alcanzármela. Mide uno sesenta sin tacones, y uno de sus brazos acaba en un iPad. Una heroica escalada para salvar el día queda fuera de toda cuestión.
No sé si estoy a medio metro sobre el nivel del suelo o a un metro entero en el momento en que el 81, que ha estado observando el ajetreo, ataca de nuevo. Guiado por las indicaciones del equipo, coge carrerilla y se impulsa desde el borde de la plataforma con la guitarra colgada a la espalda. Se incorpora, jadeante, y clava en mí una mirada de orgullo, no sé si hacia él por haber evitado que salga sin instrumento, o hacia mí por estar donde es mi deber en el día más importante para la afición futbolística.
Entonces me viene a la cabeza la conversación entre el equipo antes de conocer la noticia: el tight end todo lo puede. Corre, alcanza la pelota, protege y defiende. Eso le convierte en…
—Tú eres Bravano —afirmo justo cuando las luces empiezan a iluminarnos.
Él, que debería apellidarse más bien Bravucón, da un pequeño paso hacia atrás para doblarse en una graciosa reverencia que proclama un humilde «a tu servicio». Y esto es lo primero que los espectadores captan de nosotros cuando la plataforma alcanza el escenario: a un jugador de fútbol americano con una guitarra a la espalda, y a una estrella de la música pop mirándolo a caballo entre la perplejidad y la extraña simpatía.
He cantado antes en estadios, pero nunca con el corazón en un puño y mi feliz futuro romántico pendiendo de un hilo. Nunca con el pulso latiendo a toda pastilla por culpa de la precipitación de los últimos acontecimientos y el estrés de haber estado a punto de defraudarnos, a mí y a los fans. Durante unos segundos, mis oídos se defienden de los aullidos del público emitiendo un pitido sordo; mis ojos tardan en acostumbrarse a la luminosidad de los focos, que apuntan directos en mi dirección, determinados a buscarme un defecto.
«Nuestra dirección», me corrijo en cuanto vuelvo en mí misma.
El 81 respira muy cerca de mi rostro, y me mira como si esperara una orden para dejarme a solas con la música.
Me aferro al fulgor optimista de sus ojos y a las palabras desenfadadas que me ha dedicado en el vestuario. Me aferro a que esta es su noche, al igual que la de otros muchos jugadores, y no tengo derecho a arruinarla con un espectáculo mediocre. Y me aferro, sobre todo, al gesto de generosidad con el que él me apoya dando el primer paso: siendo quien se retira la cinta de la guitarra con un movimiento dramático que hace berrear a las gradas y arrodillándose para ofrecérmela como si de una espada medieval se tratase.
Se me escapa una carcajada incrédula, pero no permito que mis clases de interpretación hayan sido en vano y acepto su humilde obsequio con un cabeceo. Incluso me tomo la licencia de gesticular breve y elegantemente, en el papel de esa reina antigua que agradece la venia, y levantarlo del suelo.
Aunque está en su salsa y podría llevar el espectáculo hasta el final, Bravano parece preparado para marcharse. Pero no quiero que se vaya sin saber que su intervención ha sido crucial, y me alzo sobre la punta de mis botas brillantes para darle un beso en la mejilla.
Y entonces sí que damos un espectáculo, porque Bravano interpreta mi acercamiento como que iba a besarlo, y es tan gentil como para coger el guante tomando la iniciativa: me sujeta de la barbilla sin ejercer presión alguna y me planta un beso en la boca.
El contacto con sus labios expulsa el bloqueo de mis oídos: puedo oír con total claridad que el público está a punto de derrumbar el estadio con su desproporcionada reacción. Creo que incluso los seguidores de los Jets están chillando, pero en contra del favoritismo que acabo de demostrar.
Procuro arreglarlo dando un paso atrás, incapaz de disimular mi pasmo. Bravano no se da cuenta de que ha sido un malentendido, porque nada más hacer contacto visual, encoge un hombro, como si todo hubiera sido producto de una gamberrada inocente. Por eso puede marcharse con toda naturalidad trotando por el escenario, moviendo las manos arriba y abajo para animar al público a cantar conmigo.
Claramente no tiene ni idea de lo que ha hecho, porque en mi mundo nadie se puede permitir esas gamberradas...
Y hace mucho desde que la inocencia dejó de existir.
3
Look How You Made Me Look!
Vinny
—¡Y… lo han conseguido! ¡Los Boston Beasts son campeones de Chicago en esta final de la NFL contra los New York Jets! ¡El partido toca a su fin con una diferencia de tan solo tres puntos!
La conclusión del comentarista sigue resonando en mi cabeza cuarenta y cinco minutos después de que se desatara la locura. Tras el touchdown que nos ha granjeado la victoria, Noah se arrojó al suelo agitando los puños en el aire, y Creed, DiMarco y yo nos fundimos en un abrazo que desembocó en un torpe baile al ritmo de los aplausos de las gradas.
Bueno, torpes son ellos; yo me muevo bastante bien... O eso dice mi madre.
Desde que miré el marcador e hice una fotografía mental del resultado, me he visto envuelto en una vorágine de felicitaciones, palmadas en la espalda, aullidos de alegría y despedidas burlonas a los perdedores de la liga. A raíz d
