Contenido
Portadilla
Créditos
INTRODUCCIÓN. Ni Jacie ni Marilyn
PRIMERA PARTE. Peggy y el trabajo
No creo que nadie quiera ser un simple color en una caja
Siempre intento ser sincera
Trabajo con ellos
Nunca había tenido tanta responsabilidad
Detrás de cada gran anuncio hay una historia
SEGUNDA PARTE. Peggy y el sexo
Un príncipe azul cualquiera
Peggy sola o en compañía de otros
El amante de mediana edad
¿Quién es Mark?
El beatnik superguay
El hombre reverso
TERCERA PARTE. Peggy y los amigos
El mediocre concupiscente
El hada madrina borracha
Confieso yo
No tan amigos
Tiempo de Marte
«Nos vemos el lunes, jefa»
CUARTA PARTE. Peggy y el resto de las mujeres
Las subordinadas
Las esposas de
Las de su familia
Las hembras modelo
Joan
QUINTA PARTE. Bailando con Don
Él te lleva de caza y te deja llevar las piezas en la boca
Piensa en ello intensamente, luego olvídalo y la idea surgirá delante de ti
Noventa segundos de boxeo y tres horas de análisis y aún no sabemos quién ganó
Si no te gusta lo que dicen, cambia la conversación
Yo siempre estoy trabajando, Peggy, como tú
EPÍLOGO. La heroína de Madison Avenue
APÉNDICE. Peggy, lo que dice
INTRODUCCIÓN. Ni Jacie ni Marilyn
INTRODUCCIÓN
Ni Jackie ni Marilyn
Si alguien le hubiera dicho a Don Draper en 1960 que diez años después la chiquilla con mirada de roedor vestida de ursulina que apenas se atrevía a darle los recados se transformaría en una sofisticada mujer capaz de disputarle el puesto habría finiquitado la copa de un trago, apurado el cigarrillo, enarcado las cejas y exhalado como una amenaza velada: «eso ya lo veremos» («we’ll see about that», sonaría en versión original). No hay duda de que él es el protagonista de Mad Men; Don el creativo prodigioso, el conquistador, el bebedor, el soberbio, el que estrena a Peggy como secretaria en el capítulo inicial igual que una de esas camisas que guarda en el cajón de su escritorio, agarrándola con displicencia y desechándola cuando considera que ha cumplido su función. Él es el príncipe de Madison Avenue, él, pero son los ojos inquietos, atónitos, de Peggy Olson los que nos sirven de guía en el capítulo inaugural por la primera oficina de Sterling Cooper, es ella quien pone a cada personaje en su sitio. Es su alucinante aventura el motor de esta historia de los años sesenta. En una dinámica de contrarios convencional, Peggy y Don son la vida y la muerte entrelazadas en Manhattan.
En una tele plagada de hombres malos, Peggy es una heroína clásica, limpia, honrada, cabal; es el único personaje contemporáneo en una ficción protagonizada por gente antigua y la única mujer que no parece una extraterrestre vista desde nuestros días. Destinada a ser una más de esas que siguieron lo del «escucha, escribe y calla», no encaja en lo que dispone para ella su entorno. Pasará de ser secretaria a ejecutiva publicitaria en menos de diez años, en un entorno hostil y siempre jugando limpio. No es una Jackie Kennedy y tampoco una Marilyn Monroe, no quiere que le abran la puerta del copiloto ni que la traten con melindres. No se le puede colocar una etiqueta. No es masculina, pero desea medirse con los hombres; no es suficientemente femenina, según el estereotipo de la época. No es representativa de nada ni de nadie. No es una línea ni una curva, es un conjunto de formas peculiar, original, cuya observación es inspiradora. Un par de golpes de suerte unidos a su asombrosa determinación van a propiciar que consiga sus objetivos sin una hoja de ruta, improvisando, acertando a veces, equivocándose casi siempre, pero sin el privilegio de pisar sobre las huellas de las que vinieron antes.
La entrada de Peggy en escena parece un guiño a El silencio de los corderos. Como Clarice Starling, es pequeñita y aparentemente inofensiva. También está a punto de entrar en la boca del lobo. Ese ascensor en el que se sube rodeada de hombres que a su lado parecen torres imponentes la conduce al trabajo que va a cambiar su vida. A pesar de su juventud, de su candidez, de su fragilidad, no parece intimidada por las procaces insinuaciones de sus compañeros de oficina. A sus veintiún años y recién graduada en la Escuela de Secretarias de Miss Deaver tiene la cabeza repleta de ideas y muy pocas perspectivas de aprovechar todo su potencial. Es la nueva. No es una belleza, pero es mona y lo suficientemente lista como para saber que en una oficina llena de jóvenes ejecutivos, muy mal se le tiene que dar para no pillar marido. Es marzo de 1960; lo lógico es que las chicas más inteligentes gestionen con tino sus recursos para procurarse próspero porvenir, y las más divertidas se dejen meter mano y decir barbaridades al oído. Peggy se da cuenta de que no está diseñada ni para una cosa ni para la otra. Vive en un mundo en el que es normal que un jefe en una fiesta persiga a una secretaria y le levante la falda para ver el color de bragas que lleva. Y todo el mundo le reirá la gracia, hombres, mujeres y la secretaria en cuestión. Peggy es considerada una rancia porque no participa de este tipo de entretenimiento. Es la corta rollos oficial, no le cae bien a casi nadie. Sin embargo, antes de que termine el año va a dejar de tomar notas y pasar a ser la primera mujer de la agencia de publicidad Sterling Cooper a la que permiten escribir desde los años de la guerra.
Cuando tenía doce años, o sea, en plena pubertad, su padre murió de un ataque al corazón frente a ella mientras su madre estaba de compras. Algún psicoanalista asociaría a este evento la inclinación que Peggy tiene a un trabajo masculino, su obsesión por encontrar la aprobación de su jefe y el rechazo a los roles de la mujer tradicional. Eso sería una simplificación estúpida. Peggy tiene una mente creativa excepcional, rebosante de capacidades, y pedirle que limite su actividad a pasar cartas a máquina es algo contranatura, cruel, como encerrar a un mastín en un piso de veinte metros cuadrados. Pero sí encontramos una pizca de complejo de Electra en la relación con su madre, a quien quiere, pero que representa para ella todo lo que no desea en la vida. En cuanto tiene ocasión sale corriendo de la casa familiar en el suroeste de Brooklyn y se independiza.
Ella se atreve a soñar con posibilidades profesionales y personales inalcanzables para una chica católica de clase media. Pertenece a la primera generación de adolescentes de Estados Unidos, la que se sacude los cincuenta a duras penas y abraza el bullicio de los primeros sesenta, abonando el terreno para los autocomplacientes baby boomers que vendrán inmediatamente después. Ella no vivió la guerra y las protestas estudiantiles por Vietnam le van a pillar en un puesto de ejecutiva. No es una libertina, ni siquiera es coqueta en exceso. Sí es, no obstante, una persona muy responsable, consciente del mundo en el que vive, que quiere controlar sus decisiones. Así que no dudará en ir al ginecólogo a pedir que le recete la recién nacida píldora, la falible primera versión del anticonceptivo que cambió la vida de las mujeres y que a Peggy le salió rana.
—¿Tú quieres tener hijos?
—Cuando llegue el momento.
Es la broma definitiva: tras meses de romperse los cuernos para demostrar que ser mujer no la incapacita para un trabajo creativo, justo cuando le ofrecen la oportunidad de su vida, Peggy tiene un hijo. Descubre que está embarazada y da a luz en el mismo día. O sea, que el ardor de estómago, las lloreras inoportunas, el cansancio extremo y el progresivo aumento de peso no eran un desajuste endocrino (según un imbécil de la oficina, es el éxito lo que la ha engordado). Desde que llega al hospital y se entera de lo que pasa, Peggy está como en trance, no parece la misma, se bloquea. Ella, que es profundamente cerebral, no quiere ser madre; al menos, no ahora, y no deja que su cuerpo dictamine qué es lo que tiene que hacer.
La abnegación en las mujeres está sobredimensionada; lo estaba en noviembre de 1960 en el Hospital de St. Mary y lo sigue estando hoy. Peggy es una buena persona, una buena mujer, que responde como mejor le conviene al tan loado instinto maternal (que existe, pero que es, en gran medida, un cóctel de hormonas descontrolado y otro tanto de estímulo social). Ella desea tener una carrera profesional y no cuidar de un ser que no ha planeado tener. Peggy es esa persona que prefiere exponer su trabajo en el despacho en lugar de las fotos de su familia. Toma la decisión de entregar el bebé en adopción y no es ninguna tragedia. Le dolerá cuando piense en ello en el futuro, se preguntará qué pudo haber sido, le recordará en cada niño que vea (en sus sobrinos, en el hijo de Joan, en el pequeño Julio, su vecino en 1969), pero nunca se arrepentirá.
Para valorar como merece su trayectoria hay que asumir que no tiene un plan de acción. Nada de lo que hace Peggy se puede comparar con logros anteriores, ni ella encuentra en su momento ninguna persona con quien sentirse identificada. Su familia piensa que es una desequilibrada, sus compañeros creen que ha prosperado zumbándose al jefe, sus subalternas la tratan de soberbia advenediza; está completamente sola en su tránsito. La conciencia de estar marcando un precedente vendrá después. Peggy es independiente, determinada, pero no es feminista. Al menos, no lo es al principio. En 1963 se atreve a reclamar que ella debería estar cobrando lo mismo que sus compañeros en virtud del Acta de paridad salarial aprobada por el presidente Kennedy. «Mi secretaria no me respeta porque gano setenta y un dólares a la semana más que ella», comenta. Ni que decir tiene que su petición queda en agua de borrajas.
Es bondadosa y desprejuiciada. Progresivamente irá interesándose por los movimientos sociales aunque nunca llegará a ser una activista comprometida. Peggy no vive aislada de su tiempo, pero se pasa la vida encerrada en el curro y tiene pocos amigos. Le gusta mucho estar con la gente, salir, pero es poco gregaria y no admite que le exijan una militancia. Esto será una incompatibilidad manifiesta con su novio Abe, quien, sin embargo, la mantendrá informada del desarrollo del Movimiento por los derechos civiles. Un detalle sutil de su espontánea humanidad, de su naturaleza liberal, lo encontramos mucho antes en El código del vagabundo [1.08], cuando el joven ejecutivo de cuentas Pete Campbell y ella comparten ascensor con un conserje negro porque el elevador de servicio está estropeado. Ella ofrece al hombre una amplia sonrisa de bienvenida que contrasta con la mueca de disgusto del estirado de Campbell.
Aunque el trabajo le tenga el tiempo y el seso consumido, siempre encuentra ocasión para ponerse en el lugar del débil y es valiente en la defensa de las causas justas. Le indignan las mezquindades y es sensible a lo que ocurre a su alrededor. No obstante, no es capaz de fingir que sabe más de lo que sabe.
—¿Sabes que dispararon a Malcom X el domingo?
—Sí, Peggy.
—Pero, ¿tú sabías quién era?
—¿Alguna vez lees lo que va entre los anuncios?
Lo primero que hace cuando se entera de que su compañero Kurt es homosexual es ofrecerle de mil amores que vaya con un chico en lugar de con ella al concierto de Bob Dylan para el que habían quedado. Esa noche del verano de 1962, Peggy se convierte en un estereotipo contemporáneo dejando que su amigo el gay le corte el pelo y le cambie la imagen. A partir de entonces va abandonar los vestiditos estilo Pollyanna que lucía (salvo en la época del embarazo, cuando claramente le mangaba ropa holgada y horripilante a su madre y a su hermana) y va a empezar a dar un estilo personal a su forma de vestir. Minis, rayas, rebecas y un aire yeyé en sus ratos de ocio, y faldas y vestidos más adultos, discretos, serios, nada aniñados, con lazos y pañuelos al cuello (una suerte de reinterpretación de la corbata) para ir a trabajar. En su primer día como jefa de redacción en El fantasma [5.13] viste un nada sutil traje rojo. Un «aquí estoy yo» en toda regla.
Sacude las caderas bailando el twist en 1960 y ya usa panties en 1963; se fuma su primer porro con veinticuatro años y no viaja en avión hasta casi los veintisiete, ella que siempre había soñado con ir al extranjero. Cuando por fin consigue que la manden a trabajar fuera de Nueva York no es ciertamente a París, sino a Virginia, y la habitación de su hotel da a un descampado donde solo se ven dos perros copulando. Sin embargo, ella se acaba de duchar y se sienta sobre la cama, esa cama que como todas las de los hoteles parece hecha por hadas. Peggy Olson se siente como una princesa de cuento, de un cuento escrito por ella.
A continuación vamos a dar un repaso a esa asombrosa historia a través de las personas y los aspectos que la vertebran. Son casi diez años de valentía, transgresión, esfuerzo, de triunfos cotidianos de una mujer que decidió no conformarse.
—¿Vas a convertirte en una chica de esas?
—Soy una chica de esas.
PRIMERA PARTE. Peggy y el trabajo
PRIMERA PARTE
Pegg
