Un elefante para Carlomagno

Dirk Husemann

Fragmento

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Prólogo

772 d.C.

El humo ennegrecía el plumaje de la corneja. El ave parpadeó, estiró el cuello y se asomó a los escombros de los edificios, las chozas perforadas por las flechas y lanzas y los cadáveres amontonados. Cuando se aseguró de que no la amenazaba ningún peligro, se volvió hacia el bebé en el que acababa de posarse. El niño aún seguía vivo; estaba envuelto en una manta y solo asomaba su cara. Sin dejarse impresionar por sus berridos, la corneja le picoteó las mejillas y ladeó la cabeza para comprobar si la presa era realmente tan indefensa como parecía. Los ojos del niño, húmedos y brillantes, prometían ser un manjar.

Una repentina flecha atravesó a la corneja, que acabó encima de una barrica de cereales. Arco en mano, una joven pelirroja corrió entre los escombros, se inclinó sobre el bebé, lo examinó y lo alzó. Antes de volver a desaparecer recogió el cadáver de la corneja; luego se retiró a un edificio alargado que se elevaba entre los restos de las chozas.

La vista de Imma no tardó en acostumbrarse a la semioscuridad reinante; en las sombras entre las velas de cebo reconoció a los hombres y mujeres de su tribu, apoyados contra las paredes y hablando en voz baja. ¿Acaso creían que el enemigo podría oír sus palabras allí dentro?

Otros dormían tendidos en el suelo. Entre ellos se encontraban los fugitivos de otras aldeas sajonas que se habían refugiado en la fortaleza de Aeresburg ante el ataque de los francos. Si la profecía del viejo Drogo se cumplía, solo habrían logrado postergar su destino fatal. Nadia se iría de allí sin sufrir daños, había proclamado el augur hacía tres días.

Un haz de luz diurna penetraba a través del tiro del humo situado en el centro del recinto y bañaba a Osnag, de pie ante los mayores de la tribu mientras pronunciaba un discurso. «Osnag nos ha traído esta guerra», pensó Imma. El caudillo sajón había adoptado el nombre de Viduquindo (Niño del Bosque), que en la larga historia de las tribus solo unos pocos habían llevado. Que los sacerdotes pudieran recordar –y su tradición se remontaba a los tiempos en que fue plantado el árbol sagrado–, nadie se había otorgado ese nombre a sí mismo, pero Osnag había osado hacerlo, al igual que sublevar las tribus contra los francos. Y entonces las aldeas fueron arrasadas, los hermanos y hermanas muertos o convertidos en esclavos. Los últimos de los antaño tan orgullosos sajones se acurrucaban en esa fortaleza y aguardaban su fin. Sin embargo, Osnag aún pretendía ofrecer una buena imagen y predicaba la guerra como si nada hubiese ocurrido.

Imma se acercó al grupo de los mayores, se plantó ante Osnag y depositó al niño en sus brazos. Desconcertado, el caudillo cogió el bulto.

–Ocúpate de él, Osnag. A lo mejor logras salvar a uno de los nuestros, aunque solo sea una vez –dijo, y les dio la espalda a los reunidos. El silencio detrás de ella resultó sumamente elocuente.

Abandonó el edificio por una puerta utilizada para la entrada del ganado, pero hacía semanas que los cerdos y las cabras no pasaban por allí. Las provisiones estaban agotadas y el hambre acuciaba a los sitiados. Antes de que los francos aparecieran ante la fortaleza de Aeresburg, el vestido de lana de Imma le quedaba estrecho y le ceñía las caderas, pero ahora le envolvía el cuerpo como un harapo a un espantapájaros.

Irminsul, el árbol sagrado, se elevaba al cielo bajo el brillante sol sajón. El grueso tronco y las grandes ramas siempre asombraban a Imma; a veces pasaba medio día arrodillada ante el roble, presa de veneración por el poder de los dioses, pero ese día no sentía el menor deseo de venerar a Irmin. Sus anhelos eran más terrenales. Por detrás del gigantesco tronco se encontraba una casa excavada: un techo construido por encima de un hueco en la tierra. Drogo solía almacenar las ofrendas destinadas a Irmin en ese fresco recinto subterráneo: manzanas del sagrado bosquecillo y trozos de carne de las ovejas y cabras consagradas. Pero de momento la casa excavada cumplía otras funciones.

Imma saludó a los dos guerreros apostados a su entrada y quiso desaparecer en la oscuridad de la casa, pero Radoberto la cogió del brazo y se lo impidió.

–¡Imma! No puedo permitir que vuelvas a visitar a los rehenes. Si los mayores se enteran, Viduquindo nos hará clavar en el árbol.

–¿Les has llevado comida? –preguntó ella con rabia incipiente–. ¿Acaso quieres que mueran de hambre? ¿Qué crees que te hará Viduquindo si dejas que nuestra única prenda contra Carlomagno perezca en un agujero?

Radoberto aflojó su presa.

–Sabes tan bien como yo que ya no queda comida. ¿Hemos de morir de hambre para que los francos sigan con vida?

Ella sostuvo el cadáver de la corneja bajo las narices del guardia.

–Tus últimas provisiones de frutos secos seguirán intactas, Radoberto, descuida.

Entonces notó la avidez con que el guerrero contemplaba la corneja; aferró a Imma un momento más y después la soltó.

–¡De acuerdo, por Saxnoth! Pero date prisa. Cuando empiece el próximo ataque te necesitarán en las empalizadas.

La joven entró en la casa excavada. Había una trampilla en los tablones del suelo, asegurada mediante una lanza sostenida por una cuerda de esparto. Imma quitó el arma, la arrojó a un lado con gesto desdeñoso y destapó el hueco. Abajo reinaba la oscuridad. «Habría que ahogar a Radoberto en un tonel», pensó; el muy memo había vuelto a olvidar reponer las velas de cebo. Buscó una lámpara, la encendió y se deslizó en el hueco.

La recibió una ráfaga de aire frío. Habían excavado un laberinto de pasillos en la tierra pedregosa, como si un gigantesco topo habitara ese lugar. Nadie lograba escapar de ese laberinto, era la cárcel perfecta.

Como brazos fantasmales, las raíces del Irminsul surgían de la tierra; Imma las utilizó para orientarse, conocía el árbol sagrado mejor que nadie. Solo los sacerdotes estaban más familiarizados con el coloso que no dejaba de crecer desde tiempo inmemorial en la Aeresburg, emblema de los sajones y también el lugar donde los dioses descendían a la tierra en los días festivos. Así que no era de extrañar que los francos quisieran talar el árbol, porque así la extinción de la antigua fe quedaría sellada, al igual que el triunfo del cristianismo, esa nueva religión que fascinaba a Imma de un modo inquietante.

–¡Isaac! –llamó en medio de la oscuridad al tiempo que recorría los sinuosos pasillos–. ¡Isaac!

El silencio fue la única respuesta. ¿Acaso le había ocurrido algo? Imposible. Dada la situación, nadie osaría tomarla con uno de los rehenes del caudillo.

Solo vio el resplandor cuando ya se encontraba ante el nicho. Isaac se hallaba acuclillado en el suelo, había extendido su manto rojo y estaba inclinado sobre algo brillante. ¿Es que no la había oído?

–Isaac –repitió.

Él alzó la cabeza. Pese a la escasa iluminación ella distinguió sus rasgos. Los oscuros cabellos le rozaban los hombros, eran la señal de la nobleza franca, y, pese a las semanas transcurridas en ese agujero, su postura aún era señorial, sus manos fuertes y suaves, sus ojos de un verde luminoso.

Ella inspiró el aire mohoso.

–¿De dónde has sacado esa luz?

–Hongo de yesca, resina y madera. Aquí abajo hay en abundancia. Y lo que no abunda –dijo Isaac y señaló una bolsa decorada con remaches de plata que colgaba de su cinto–, el hombre práctico lo lleva en su bolsillo.

Imma reprimió una sonrisa y dejó la vela en el suelo.

–Te he traído una luz más clara.

–Todo está más claro desde que estás aquí.

Abochornada, ella miró la penumbra circundante. En otros nichos alejados de ese laberinto tres hombres permanecían en cuclillas, esperando a que Carlomagno los liberara de las garras sajonas. Imma confiaba en que ese día tardara en llegar.

Le mostró la corneja.

–No es mucho, pero ayudará. Osnag aguardará que regrese el negociador antes de decidir si debe seguir alimentándoos opíparamente aquí bajo o... –Fue incapaz de acabar la frase.

–O de lo contrario nos clavará al Irminsul. En ese caso, la corneja será mi última comida, pero eso debe esperar. Mira, yo también he cazado un pájaro para ti.

Se puso de pie y le tendió un objeto. Imma alzó la lámpara para verlo mejor. Era un amuleto formado por diversas piedras preciosas y el profundo rojo de las gemas comenzó a resplandecer a la luz. Imma vio que tenía forma de ave de presa. Nunca había visto nada semejante.

El franco rozó la alhaja con un dedo y la dividió en dos. ¿Magia?

Imma comprendió: Isaac lo había preparado así, para que dos aves reposaran en su palma, cada una con un ala. Le indicó que cogiera una mitad.

–No es tan alimenticio como tu obsequio, pero en cambio es duradero –dijo el franco y aferró el otro trozo.

Imma se soltó la cinta de cuero que le sujetaba el cabello y quiso envolver su mitad de la alhaja, pero Isaac la detuvo.

–Es muy antigua. La llevaban los merovingios y alguien de tu tribu podría advertir que portas el símbolo del enemigo. Mantenlo oculto, de momento.

–¿Durante cuánto tiempo, Isaac?

Él la besó.

Imma guardó el amuleto en un bolsillo de su vestido.

–Te pondré en libertad esta misma noche. Te conduciré fuera del laberinto. Hay un camino secreto desde la fortaleza, nadie lo conoce, solo los sacerdotes y las cantantes.

–No, Imma. Me encuentro aquí por un motivo de peso. Vuestro negociador se dirigió al campamento de mi rey a cambio de mi vida como rehén. Allí las negociaciones pueden poner fin a esta guerra de una manera pacífica y entonces tú podrías ir a donde quisieras.

–Ya estoy donde quiero estar. –Se quitó los alfileres que sostenían su vestido en los hombros–. Si no quieres huir, permanecerás encerrado en este abismo para siempre y entonces tendrás que quedarte a mi lado. Mientras yo lo desee.

–¿En un húmedo agujero eternamente oscuro comiendo cornejas muertas? –Isaac rio–. A fe mía, también yo estoy donde quiero estar.

Entonces apagó la lámpara.

El negociador de los sajones regresó dos días después de las negociaciones con los francos, aunque de un modo peculiar: su cabeza apareció clavada en una lanza que por la noche alguien plantó ante la puerta oriental de la fortaleza de Aeresburg. Sus verdugos habían pintado el símbolo de los cristianos en sus mejillas y su frente.

Osnag estaba furibundo. El líder sajón pronunció más discursos en la gran sala, aplaudido por los mayores de la tribu, que manifestaron su aprobación golpeando sus escudos con las espadas. Nadie sabía por qué habían fracasado las negociaciones con el rey franco, pero todos tenían una certeza: a partir de ese momento solo hablarían las armas.

Cuando el sol se puso Imma se acercó a Osnag mientras este examinaba su caballo de batalla. Los sitiados suponían que en el próximo ataque los francos movilizarían todas sus fuerzas y atacarían las empalizadas.

–Osnag –dijo Imma. El caudillo no le hizo caso–. Viduquindo –dijo ella entonces, y el hombre le lanzó una breve mirada.

–¿Qué quieres? ¿Volver a reprenderme? Esta vez no hay un público que te preste oídos. No malgastes saliva.

Imma tocó los arreos del semental. El freno y las argollas eran de hierro finamente cincelado.

–¿Y ahora qué ocurrirá con los rehenes?

–Morirán esta noche. Los francos no atacarán antes del amanecer. Hasta entonces tenemos tiempo de sacrificar los prisioneros a Irmin y a cambio él nos concederá fortuna en la batalla.

–Si dejas a los prisioneros con vida puede que los francos no osen atacarnos.

–Recuperarán a sus hombres tan vivos como nosotros al nuestro. Drogo se encargará de que sus alaridos sean audibles en el campamento enemigo –dijo frunciendo el ceño–. ¿Qué me importa el destino de los prisioneros?

Imma tanteó el amuleto que ocultaba bajo su vestido; cuando le contestó a Osnag su voz temblaba.

–Su destino me es indiferente, pero si esta noche Irmin ha de ser convocado he de prepararme. Soy la primera cantante y es mi voz la que debe despertar al dios de su sueño. Lo sabes, ¿verdad?

Osnag asintió con la cabeza.

–Por supuesto que lo sé. Así que ve a prepararte, yo también he de hacerlo.

Imma se alejó. Cuando se aseguró de que el caudillo ya no podía verla, echó a correr hacia la casa excavada con las lágrimas resbalándole por las mejillas.

Los prisioneros ya no se encontraban allí. Ni siquiera Radoberto montaba guardia ante la entrada. No era necesario descender al laberinto una vez más: Drogo había mandado buscar a los prisioneros y los preparaba para la ceremonia.

Imma se retorció las manos con gesto desesperado. ¿Cómo podría presentarse ante el Irminsul, rodeada de todos los miembros de la tribu y cantar mientras clavaban a Isaac al árbol? ¿Cómo podría volver a venerar al dios de los sajones? Si acababa con la vida de Isaac, ¿no debería ella apartarse de Irmin y venerar a otro dios?

Entonces se le ocurrió una idea. Protegida por los árboles, se deslizó a través del bosquecillo sagrado hasta el extremo de la fortaleza. Allí las empalizadas no estaban vigiladas, y por un buen motivo: los atacantes estaban obligados a escalar las abruptas rocas y habrían sido blanco fácil para los troncos despeñados y los incandescentes chorros de resina de abedul. En primavera brotaba de las rocas una fuente, un acontecimiento celebrado por los sajones con un día festivo. También en verano brotaba agua de vez en cuando. Gracias a ese milagro la Aeresburg era capaz de soportar sitios durante muchas lunas. El fenómeno debía de ser tan antiguo como el mundo pues el agua ya había horadado un túnel en la piedra, un túnel cuya existencia no conocía casi nadie, menos aún los francos. Pero eso cambiaría.

Imma se arrodilló entre los saúcos, encontró el montón de leña apilada ante la entrada del túnel y empezó a apartar ramas y leños. «La profecía de Drogo acabará cumpliéndose –pensó–. Ningún sajón saldrá de aquí ileso.»

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1

802 d.C.

La vieja volvió a escupir sangre durante la noche. Él podía verlo a la luz de la luna que penetraba entre las rendijas del cobertizo y también oír sus resuellos y toses. A veces, cuando los espasmos la despertaban, la vieja incluso maldecía la muerte.

Permanecer tendido junto a Rosvita le resultaba insoportable. Thankmar se zafó de su correoso abrazo y se apartó con sigilo para que ella no lo notara, pero la pared de la barraca lo detuvo. Presionó la mejilla contra la madera de cedro y escuchó los ronquidos de los otros esclavos, el rumor de sus harapos y el tintineo de sus cadenas. Algunos gemían, sumidos en una pesadilla. Un anciano hablaba en sueños.

Eran unos cincuenta. Hacía tres semanas que se encontraban en el puerto de Génova, el mercado de esclavos del reino franco que gozaba de la peor fama. En lugares como ese no se compraba seda de Bizancio o algodón sirio. Tampoco había objetos de cristal de Tiro, sándalo de Egipto o pan de azúcar de Trípoli. Allí olía a sudor y mugre, a heces y desesperación. Ante los cobertizos, docenas de prisioneros aguardaban un destino que los conduciría al horno candente de Arabia, donde los abasíes codiciaban esclavos del norte de piel blanca y pagaban dirhams contantes y sonantes por ellos.

Puede que en una vida remota los esclavos hubiesen sido aterradores espadachines o bondadosos sacerdotes, artesanos o mercaderes, porqueros o amos de fértiles comarcas, pero el collar de la esclavitud los convertía en paganos, no bautizados que rechazaban la fe del Crucificado. Si bien el nuevo derecho público de los francos había prohibido la servidumbre, ello solo valía para los cristianos. Cuantos seguían venerando a los antiguos dioses acababan en las mazmorras, en el patíbulo o en un mercado de esclavos como el de Génova.

Rosvita apoyó la mano en el hombro de Thankmar y lo arrastró hacia atrás, junto a su cuerpo caliente. De sus labios brotó una espuma rojiza mientras tanteaba el cuerpo masculino con manos exigentes. Thankmar cerró los ojos e invocó a Saxnoth, suplicando que le regalara la muerte a la anciana cuyos resuellos y respiración entrecortada entonaban una horrenda canción de amor, solo apagada por los sonidos de la mañana cada vez más próxima.

La puerta de la barraca se abrió con el primer rayo de sol y en el hueco apareció la fornida figura de Grifo, el traficante de esclavos. Como siempre, llevaba su bolsa de cuero colgada del cinto, tan repleta y redondeada como su barriga. Malhumorado, expulsó a los prisioneros de su alojamiento al tiempo que los amenazaba con la tortura y la muerte si tardaba mucho más en encontrar interesados en comprarlos. De camino al sur, había demostrado varias veces que sus amenazas iban en serio: si durante el trayecto no podía alimentar a todos los esclavos, los colocaba por turnos contra la rueda de un carro. Si su estatura superaba la rueda significaba que eran demasiado altos y consumían demasiada comida. Entonces Grifo les cortaba la cabeza. Thankmar aborrecía a aquel calvo traficante de esclavos; no obstante, todas las mañanas ansiaba la llegada de Grifo, que lo arrancaba del abrazo de la vieja bruja.

Hacía días que el calor sofocante paralizaba el negocio. Incluso los árabes, hijos del desierto nacidos bajo un sol abrasador, solo avanzaban con lentitud a través del ajetreado puerto genovés. La ciudad agonizaba en medio del calor, no soplaba ni una brisa y por encima del mar de Liguria el aire vibraba como por encima de hirviente cuenco de sopa de pescado. La ausencia de viento clavaba las embarcaciones en los muelles. Los infelices capitanes que habían embarcado mercaderías perecederas se veían obligados a observar cómo la carga se pudría. Las escotillas de carga y los toneles apestaban a podrido, el olor flotaba por el barrio del puerto y ninguna ráfaga misericordiosa lo arrastraba lejos de allí.

Los esclavos de Grifo pasaban el día en una mugrienta barraca a la que acudían los clientes árabes. Una capa de polvo teñía sus cuerpos de un tono grisáceo y las enfermedades y el hambre habían afectado incluso a los más fuertes. Casi ningún comprador echaba un segundo vistazo a la mercancía de Grifo. Sin embargo, el traficante no se cansaba de proclamar las bondades de sus esclavos a voz en cuello y con palabrería huera.

Lo único que podía ofrecer eran personas toscas y rudas, como el corpulento Odo, un pescador de las playas de Armórica; el lloroso Grimoldo, un prestamista de Soissons que se jactaba de que en cierta ocasión había ayudado al mismísimo emperador; Gerinberto, un jabonero de Aquitania de manos cubiertas de llagas; la pequeña Bertrada, que había pertenecido al obispo de Salzburgo, pero huyó, fue atrapada, cegada y vuelta a vender; y Rosvita, la bruja de Turingia que amedrentaba a todo el campamento. Entre los esclavos de Grifo no había individuos forzudos idóneos para formar parte de la guardia de corps de un príncipe árabe y ninguna mujer regordeta apta para un harén.

Thankmar apenas destacaba en el grupo; era un muchacho de cabello oscuro, cuerpo delgado pero fuerte y miembros largos. Solo el pie deforme estropeaba la imagen de un joven apuesto. El pie, vuelto hacia dentro, formaba un ángulo antinatural, de manera que al andar apoyaba el borde en vez de la planta. Si bien su musculatura era perfecta, como esculpida por el cincel de un maestro de la antigüedad, el muslo de la pierna deforme era blando, pálido y débil.

Thankmar pasaba horas sentado al sol, formando figuras enigmáticas con un trozo de arcilla: caballos con cabeza humana, espadas que crecían en el tronco de un árbol, rostros fieros de barbas enmarañadas...

En su hogar de Haduloa, junto a la desembocadura del río Elba, sus diestros dedos siempre le causaban problemas. Debido al pie deforme no era apto para trabajar en el campo y sus padres y hermanos siempre tuvieron que alimentarlo durante los largos inviernos, pero la destreza de la que carecía su pie se veía compensada por la de sus manos. Thankmar recibió el encargo de hornear la arcilla y proporcionar vasijas a su familia, una tarea que solían realizar las mujeres. Pero él era más hábil que ellas y sus manos incluso fueron capaces de algo más: convertir al muchacho en un exitoso ladrón. Muy a menudo se había escabullido de la granja por las noches y abandonado la aldea para cojear a través de los bosques hasta la aldea vecina, donde, gracias a su talento, lograba introducirse en los gallineros y graneros y robar huevos y leche sin que nadie se percatara... ni siquiera las vacas y gallinas parecían notar su presencia. Con frecuencia había creído que el zorro lo observaba desde los matorrales, enfermo de envidia. Ninguna puerta se le resistía y a la mañana siguiente, cuando depositaba unos huevos bajo las gallinas de la granja paterna, se alegraba de haber contribuido a la alimentación de su familia. Su padre, su madre y sus hermanos jamás descubrieron que un ladrón vivía entre ellos. De lo contrario, quizá lo hubiesen expulsado de la granja. El joven sajón solía albergar dudas respecto a sus excusiones nocturnas, pero la satisfacción en el rostro de su padre cuando salía del gallinero con dos docenas de huevos hacía que sus remordimientos de conciencia merecieran la pena.

Pero aquellos días habían quedado atrás hacía tiempo. Sus manos eran las de un esclavo y solo servían para amasar arcilla inútilmente. Por las noches Thankmar volvía a convertir sus obras en un mazacote informe, pues no sabía a quién hubiese podido regalárselas.

Una vez que el sol desaparecía tras el horizonte los esclavos se retiraban a la barraca. Los sitios para dormir escaseaban y quienes llegaban demasiado tarde tenían que dormir de pie, lo cual convertía la noche en algo insoportable, incluso si uno se apoyaba contra un poste o una pared de madera.

Todas las noches Thankmar perdía la carrera por alcanzar un lugar donde tumbarse. Al principio arrastraba el pie deforme, después intentó ganar velocidad apoyando el borde del pie y gritando de rabia, pero eso tampoco sirvió de nada. No era su propia torpeza la que despertaba su ira, sino la indiferencia de los otros prisioneros.

Rosvita era diferente. La había considerado una amiga la primera vez que permaneció de pie, indefenso en medio de la atestada barraca. Intentó ponerse cómodo aunque estuviera de pie y apoyó el peso en la pierna sana, pero se tambaleó una y otra vez, cayó sobre los dormidos y cosechó golpes y maldiciones. Entonces vio que la anciana lo llamaba con la mano desde el otro extremo del recinto.

–Ven aquí, hijito –graznó y los pellejos colgaban de sus brazos, ondeando como una bandera al viento. Thankmar se sorprendió al ver que a su lado aún había un lugar desocupado, pero, agradecido, se dejó caer en la paja sin hacer preguntas.

Hacía cuatro semanas que dormía junto a Rosvita. Todas las noches los espasmos agitaban su cuerpo desquiciado y los intervalos entre cada ataque de tos se volvían cada vez más cortos. Thankmar estaba familiarizado con la naturaleza de su dolencia: el lobo Fenrir, hermano de la serpiente Midgard y el mayor enemigo de los dioses, aferraba a la anciana y amenazaba con asfixiarla. Los síntomas eran inequívocos: la bestia estaba acurrucada en las profundidades de su cuerpo y la carcomía desde dentro, ladrando y aullando. De noche podía observar sus efectos cuando la tos de Rosvita y sus sanguinolentos esputos atestiguaban la lucha librada en sus entrañas. Era la primera vez que Thankmar se había encontrado con una persona poseída, pero recordaba los cuentacuentos de su tierra natal que hablaban de espantosas transformaciones, de hombres y mujeres a los que les crecían cabezas de lobo y que ya no poseían ningún sentimiento humano, solo sed de sangre y ansias de matar.

Rosvita aún no se había transformado, pero en una anciana como ella su afiebrado deseo por Thankmar resultaba tan extraño que solo podía tratarse de un indicio de que estaba poseída. La primera noche había notado que le tanteaba la entrepierna y después se abalanzaba sobre él con un brillo voraz en la mirada, apoyando una daga contra su oreja con mano temblorosa. Resistirse hubiese supuesto una estupidez fatal.

Lo martirizaba casi todas las noches. Todas las noches su pie lisiado lo obligaba a compartir el lecho de Rosvita y no podía esperar ayuda de los demás prisioneros, que observaban con sonrisas maliciosas o desviaban la mirada, asqueados. Thankmar era el esclavo de una esclava.

La daga le otorgaba poder. Si lograra hacerse con ella, Rosvita ya no podría obligarlo a nada. ¿Cómo se las había arreglado para introducir la daga en la barraca? ¿Dónde ocultaba el arma?

Cuando nadie lo observaba, Thankmar hurgaba y rebuscaba en la paja, siempre en vano. Solo quedaba una posibilidad: la daga debía de estar oculta entre sus harapos, de modo que de día ella la llevaba consigo. Thankmar aguardaba el momento idóneo para desarmar a la vieja; dejaba que los días transcurrieran sin perder la paciencia, permanecía en cuclillas en la pequeña plazoleta ante la barraca, trabajaba la arcilla y observaba cada movimiento de su torturadora.

Esa mañana Rosvita estaba sentada con la espalda apoyada contra una enorme vasija de arcilla y parecía dormir. Thankmar oía su resuello habitual; si se arrastraba hasta ella tal vez podría birlarle el arma sin que ella se diera cuenta. ¿Dónde debiera buscarla? ¿Qué pasaría si ella se percataba?

Mientras reflexionaba sus manos crearon una figura humana de arcilla húmeda. Él contempló su obra con el entrecejo fruncido, rozó los contornos con suavidad: la pequeña cabeza y las curvas femeninas de una mujer. Sus dedos se detuvieron y dirigió la mirada hacia Rosvita; un collar de cuentas azules le rodeaba el cuello y desaparecía bajo su vestido, entre sus pechos. No podría haber encontrado un lugar mejor para esconder la daga.

Cuando dejó la figura femenina a un lado esta se desmoronó, pero no le importó: estaba concentrado en el collar de Rosvita. Los demás esclavos dormitaban o trabajaban a la sombra y nadie le prestó atención cuando él se puso de pie. Grifo brillaba por su ausencia. Si hubiese sabido que el gordo traficante de esclavos estaba ocupado se habría sentido menos inquieto. ¡Tonterías! Reprimió su inquietud y cojeó por la arena caliente hacia la vieja.

Sin llamar la atención, alcanzó el montón de cazos, jarros y vasijas junto al cual estaba sentada Rosvita, durmiendo. Thankmar se arrastró en torno al montón a cuatro patas, maldiciendo su pie deforme para sus adentros. Se acurrucó detrás de una alta vasija de arcilla y aguzó el oído: Rosvita seguía resollando y roncando. Con gran cautela, reptó en torno a la vasija.

Ella tenía los ojos cerrados y la mandíbula colgando... estaba realmente dormida. Con cada respiración, las cuentas azules subían y bajaban, solo debía cogerlas con la mano. Para aplacar su nerviosismo se obligó a no pensar en lo que Rosvita le haría si despertaba y descubría que le estaba tocando los pechos. Clavó la vista en los trémulos párpados de la anciana y tendió la mano.

Sus dedos apenas rozaron el cuerpo de la vieja, tantearon las cuentas azules y despegaron el collar de su piel con cuidado. Rompió el hilo entre las cuentas, cogió el collar y lo extrajo de los harapos, Rosvita no hizo el menor movimiento.

Pero el arma no colgaba del collar. Thankmar clavó la vista en el inútil botín que pendía de su mano y, aun a riesgo de ser descubierto, soltó un suspiro desilusionado.

–Muy hábil por tu parte, muchacho –dijo una voz a sus espaldas, acompañada de un lento aplauso.

Thankmar se volvió. A un par de pasos había dos hombres que lo observaban. El cráneo gordo de Grifo brillaba al sol. A su lado se alzaba la delgada figura de un desconocido. Una corona de cabellos blancos le rodeaba la cabeza calva, como una tonsura descuidada. En su rostro de rasgos afilados unos ojos claros lo contemplaban con mirada fulgurante.

–Un ladrón de gran maestría –le dijo a Grifo sin apartar la mirada de Thankmar.

–Tenéis razón –asintió el traficante de esclavos y su saliva salpicó la mejilla del otro, pero este no reaccionó–. Por otra parte, es un esclavo sumamente diestro. Es un maestro alfarero y encima un talentoso intérprete de la trompa de caza, es tonelero y sabe tejer, es un excelente orfebre y lo he visto caminar horas sobre las manos. Todo eso compensa su pie lisiado. He de deciros que si el gran Alejandro hubiese tenido un esclavo de manos diestras a su lado, entonces el nudo frigio no hubiera logrado sujetarlo.

Sus supuestos talentos sorprendieron a Thankmar, pero se cuidó mucho de interrumpir al traficante. De reojo notó que Rosvita se movía.

–Parecéis conocer muy bien a vuestros esclavos, como si fueran vuestra familia y solo unos pocos pudiesen superar vuestros conocimientos del pasado, al menos en cuanto a la precisión. –Una leve inclinación de la cabeza del desconocido bastó para que el gordo Grifo se hinchara de orgullo hasta casi reventar–. Os daré doce chelines –añadió el hombre.

Grifo se indignó y agitó los brazos.

–¡Doce! Contemplad los preciosos jarros, cuencos y cazos que crean sus dedos. ¡Mirad su bello cuerpo! Como catamita, como joven amante, sería digno de un príncipe. Os costará media libra de plata, no menos.

–No parecéis reconocer un príncipe en mí, pero pretendéis que pague un precio principesco. ¿Qué significa eso?

El traficante de esclavos pareció irritado.

–He arrastrado a este muchacho hasta aquí desde Haduloa. Nadie me lo quiso comprar; tuve que alimentarlo y eso me costó una fortuna. Un caballo es más frugal, más fácil de contentar que este.

Entonces Grifo soltó un salivazo adrede y una mucosidad verdosa aterrizó en la arena a los pies de Thankmar.

–¿Haduloa? Así que es sajón. –El desconocido cruzó los brazos sobre su atuendo de brocado carmesí y Thankmar notó que las manos del viejo temblaban–. Si nadie lo quiere como esclavo, cualquier precio debiera resultaros aceptable. ¿Por qué queréis estropear el negocio con la usura? Mi última oferta son quince chelines. ¡Aceptadla!

Grifo apretó el monedero que le colgaba del cinto; su mirada oscilaba entre Thankmar y la mano tendida del hombre.

La voz chillona de Rosvita interrumpió el negocio.

–Ese condenado lisiado es mío. Le regalo amor y él me ha robado. Para un señor elegante como vos su proximidad resulta demasiado peligrosa; dejadlo conmigo, dejadme ese piojoso gallito, grabaré mi nombre en su vientre con la punta de mi daga, en pago por su ingratitud.

Rosvita se había puesto de pie y las lágrimas recorrían su cara arrugada.

Al parecer, había acabado por caer en las garras de la locura. El mayor deseo de Thankmar era abandonar ese lugar para siempre. Si Grifo no cerraba el trato lo pagaría con Thankmar... en caso de que aquella bruja loca no lo apuñalara antes. Todo dependía de él, debía hacerse cargo de su destino.

Los miembros le pesaban cuando se obligó a ponerse de pie, como si su sangre se hubiera vuelto plomiza, e hizo caso omiso de la orden de Grifo de que se detuviera. Tambaleándose, se plantó ante el hombre ataviado de rojo y clavó la vista en la punta retorcida de sus botas. Grifo soltó otro ladrido, pero el desconocido le indicó que callara con un gesto.

–Señor –graznó Thankmar. La desesperación le atenazaba la garganta y tragó saliva–. Señor, soy Thankmar el Alfarero. Sí, soy sajón. Mi hogar se encuentra a orillas del gran río Elba, allí donde comienzan las marismas. Me convertí en esclavo debido a la guerra, pero nunca he luchado contra los francos. A causa del pie, ¿comprendéis? Es verdad que apenas puedo caminar, estar de pie ya resulta doloroso. Pero puedo trabajar y os serviré fielmente si me dais la oportunidad de hacerlo. ¡Sacadme de aquí, señor! En este lugar me aguarda la muerte.

–¿Qué me importan tus deseos, esclavo? Tu sangre podría teñir de rojo el mar y yo navegaría por encima sin parpadear. El patíbulo del que cuelgas supone una diversión a la vera del camino. ¡Un esclavo con exigencias! En esta barraca habita la locura. Y encima eres un ladrón, ¿verdad?

–Jamás he cogido algo ajeno –afirmó Thankmar. Entonces recordó el botín que aún sostenía en la mano–. El collar de la vieja, señor, solo fue un error. –Gesticuló y suplicó–. Tiene un puñal, ¿comprendéis?, y...

Grifo le asestó un puñetazo en el ojo izquierdo, lo tumbó como la tormenta tumba un árbol podrido y se esforzó por reprimir su enfado.

–¡Perdonad! Todavía es joven y no se ha acostumbrado a la vida en cautiverio. ¿Ofrecéis quince chelines, pues? –soltó.

El desconocido tomó aire sin apartar la vista de Grifo y dijo:

–Debieras matar a esa criatura deforme, libraros de esa plaga. Las alimañas sajonas ni siquiera tienen valor como esclavos –añadió, y se dispuso a marchar, pero volvió a detenerse–. Por cierto, el nudo que Alejandro cortó con la espada fue el gordiano, no el frigio. Y tampoco lo ataron de pies y manos.

Y con paso arrogante el desconocido desapareció entre los vagabundos del puerto.

Entonces el silencio reinó en el campamento. Grifo agitaba los brazos y murmuraba para sus adentros. Jadeaba y toda su cabeza se tiñó de un tono rojizo.

Todos los esclavos de Grifo habían presenciado la humillante derrota de su amo. Los cincuenta hombres y mujeres permanecieron inmóviles, aguardando que la cólera de su dueño cayera sobre ellos, como un ejército petrificado antes de la batalla contra un enemigo todopoderoso.

Sin embargo, quien dio la señal de atacar fue Rosvita. La risa se abrió paso a través de su boca desdentada e hizo añicos el silencio. No era una risa alegre sino un chillido de malevolencia, un sonido que pronto repitieron los otros prisioneros y de todas las gargantas brotó la cacofonía de la burla.

–¡Callad! –chilló Grifo–. ¡Callad inmediatamente! Solo sois escoria, vuestra vida no tiene valor, os ahogaré a todos –añadió y su voz se volvió más aguda al tiempo que las carcajadas resonaban.

Entonces Rosvita se acercó a Grifo y empezó a caminar alrededor de él con movimientos torpes. El gordo traficante se quedó perplejo y eso pareció avivar la locura de la bruja de Turingia. Brincaba en torno a Grifo con rapidez cada vez mayor, alzaba sus harapos con gesto grosero y pateaba el suelo con sus magras piernas, acompañada por las carcajadas de los esclavos. Cuando comenzó a tejer hilos invisibles en el aire, hacer muecas, escupir y maldecir a Grifo, el traficante se echó a temblar y se agachó.

–Una cabeza, un ojo, una pierna, eso es lo que cuesta la vida.

Rosvita repetía esas palabras como si fueran un conjuro sin dejar de brincar alrededor de Grifo. ¿Era hechicería o solo el balbuceo de una demente? Nunca vería si surtían efecto.

La danza de Rosvita acabó tan abruptamente como su vida. Las zarpas de Grifo erraron el blanco dos veces, pero después lograron coger la cabeza de la vieja. Cuando la desnucó, el suave chasquido apagó el bullicio de los esclavos y el silencio volvió al campamento.

Rosvita se desplomó en el polvo.

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2

En medio del calor infernal una brisa levantó un remolino de polvo, la arena azotó los ojos de Isaac, lo obligó a detenerse y el viento agitó el manto de brocado de un profundo rojo. Isaac notó que los granos de arena se introducían bajo su caftán y se pegaban a su piel empapada de sudor. «No es nada –pensó–, solo una ráfaga», pero aun así se estremeció y sus manos temblaron. Lanzando un suspiro, se sentó al borde del embarcadero. «Solo un momento», se dijo... Entonces, como tan a menudo, los recuerdos lo invadieron.

Hacía más de medio siglo que duraba la guerra entre francos y sarracenos. Oriente y Occidente luchaban por la hegemonía religiosa y el dominio del mundo. Debido a una serie de emperadores débiles Bizancio, hasta entonces el tercer gran poder, se había convertido en una prostituta política que se vendía al mejor postor. Emperador o califa, Carlomagno o Harun al Rashid: uno de los dos debía decidir la lucha por la fe y las fronteras a su favor. Dando voces, los ejércitos enemigos se enfrentaban a ambos lados de los Pirineos, pero mientras los guerreros ansiaban empapar sus espadas con la sangre de los infieles sus soberanos comenzaban a cansarse de guerrear. Habían envejecido y estaban hartos de matanzas, hartos de campos sembrados de cadáveres, hartos de aldeas arrasadas e incendiadas, hartos de cámaras del tesoro vacías. Administrar sus gigantescos reinos exigía toda su atención y su muy alabada sabiduría. Su mayor enemigo era la propia guerra y esta agitaba su estandarte con fuerza inquebrantable. Ante ese amo, hasta los dos hombres más poderosos de la tierra inclinaban la cabeza. Si hubiesen proclamado su anhelo de paz abiertamente, sus propias cortes se habrían abalanzado sobre ellos como una manada de leones sobre dos corderos perdidos. Una tregua resultaba imposible.

Quien osó dar el primer paso fue Carlomagno, enviando a Isaac, su consejero judío, en misión diplomática a Bagdad. El encargo era de naturaleza delicada y amenazaba con sacudir los cimientos del reino franco. El emperador le enviaba obsequios al califa, obsequios para el enemigo, para el hombre que toda la cristiandad consideraba el diablo en persona. Diez corceles hispanos, un carro cargado de paño frisio y veinte perros de caza de Austrasia debían ser trasladados a Bagdad sin llamar la atención. Si la naturaleza de la misión se hiciera pública, un incendio descomunal arrasaría la tierra y sumiría la recientemente despertada civilización europea en la barbarie.

El espanto se apoderó de Isaac al recordar el viaje. Con el fin de llamar la menor atención posible habían emprendido una ruta a través de páramos deshabitados y elevados y peligrosos pasos de los Alpes. Veinte personas acompañaban los treinta animales destinados al califa. Desde los tiempos de Teodorico, el poderoso visigodo, ningún contingente tan peculiar había recorrido aquellos viejos senderos. Solo rara vez se toparon con campesinos sorprendidos y mercaderes curiosos; los pocos que se cruzaron en su camino pagaron con su vida el vistazo echado a la secreta carga. Acabaron en el fondo de un abismo o atravesados por una lanza.

El invierno los sorprendió en la inhóspita comarca del monte Belchen Amarillo; las heladas aparecieron dos semanas antes de lo esperado y estuvieron a punto de provocar el fracaso de la misión; durante diez penosos días, hombres y animales se enfrentaron a las gélidas ráfagas que les desollaban las mejillas y les clavaban agujas de hielo en los pulmones.

Y el alud supuso la irrupción de la catástrofe. Las atronadoras masas de nieve cayeron sobre la retaguardia y arrastraron cinco mulos al abismo... y con ellos todas las provisiones. A partir de entonces el hambre no los abandonó. Pescar o recoger bayas: cualquier intento de obtener alimentos resultaba tan inútil entre las montañas cubiertas de hielo como la esperanza de tomar un baño en el Sahara.

Tras tres días sin alimento los perros enloquecieron y durante un descuido se abalanzaron sobre uno de los preciosos corceles. Si Radulfo no se hubiese interpuesto con valentía, la misión de paz a Bagdad habría tocado a su fin. Radulfo, que siempre había destacado por su discreción y sensatez, no vaciló en interponerse entre los perros hambrientos y los corceles. Lo destrozaron antes de que uno de sus compañeros pudiera prestarle ayuda. El fin de Radulfo fue horroroso, pero su muerte también supuso la salvación de los demás porque los perros saciaron su hambre devorando sus restos y dejando en paz a los valiosos sementales.

El grupo prosiguió su camino a lo largo de precipicios helados, traicioneros campos de nieve y a través de densos bosques. Acampaban de día y avanzaban durante las largas noches, cuando el peligro de ser sepultados por un alud era menor. Hombres y animales soportaban el hambre como horrendo acompañante, pero dos días después de su espantosa comida los perros enloquecieron una vez más y un gruñido unísono de la jauría anunció una nueva catástrofe.

Había demasiado en juego: si los perros mataban a los caballos la misión habría fracasado, y si los perros se mataban entre ellos, la misión también fracasaría. Si en cambio morían algunos hombres y los sobrevivientes lograban conducir todos los animales sanos y salvos hasta Bagdad, supondría el primer paso para el entendimiento entre francos y sarracenos.

Isaac mandó echar a suertes. Que Hatto fuera el primer condenado supuso un duro golpe para el judío. Presa de la consternación, su discípulo y amigo permanecía de pie con la nieve hasta las rodillas; ambos se despidieron con un abrazo silencioso y después el propio Isaac lo decapitó. Los perros olfatearon la sangre en el acto y cayeron sobre la víctima como ladrones de tumbas sobre un sepulcro real.

La muerte de Hatto les proporcionó dos días más. Entonces fue Gerberto de Friaul el siguiente condenado. Y luego, uno tras otro, Aregis, Grimwaldo y Theodo sacrificaron su vida por la de los perros. Bernardo de Karnten murió de frío bajo una saliente rocosa y Hugo, el espadero, que se adelantó para explorar, nunca regresó. Lo encontraron dos días después colgado de un pino, una señal de su desesperanza.

No contaban los muertos ni los días. Los esfuerzos de los hombres restantes solo estaban dedicados a la supervivencia de los animales y lo único que los impulsaba era la convicción de que al desierto blanco del macizo de la Bernina debían seguirles los verdes valles de Lombardía. Cuando por fin dejaron atrás las últimas montañas, el lago de Como resplandecía bajo sus pies a la luz de la luna. Casi perdieron el juicio al verlo y, riendo a carcajadas, Dagoberto y Erik se abrazaron mientras las lágrimas recorrían sus rostros demacrados. Las trémulas rodillas de Isaac cedieron y cayó de rodillas en la nieve, que ya no le parecía un blanco pantano sino algo inocente y ligero como una pluma.

Dios los había sometido a una prueba y él, Isaac de Colonia, había conducido al pueblo fuera de Egipto. Al igual que antaño Moisés dividiera las aguas del mar, él ordenó a las montañas que retrocedieran y entonces el camino a Tierra Santa se abrió ante ellos. Como un profeta, Isaac impondría la paz a los pueblos y expulsaría la insensata guerra del mundo. Los preciosos animales estaban vivos. ¡Loado fuera Jehová!

Veinte hombres habían emprendido el viaje. Diecisiete almas quedaron atrás en el infierno helado y los tres supervivientes habían sufrido graves lesiones. Dagoberto perdió los dedos de la mano derecha, congelados. La nieve había cegado a Erik, que jamás recuperaría la vista. Solo Isaac había escapado de las consecuencias del frío, pero su alma purificada que había contemplado abismos insondables hacía que sus huesos temblaran y sus músculos se estremecieran. Al principio adjudicó los temblores incesantes al hambre; más adelante, cuando encontraron alojamiento y comida en un mesón, creyó que se veía afectado por las fiebres.

Dos meses después la misión había alcanzado la meta: Bagdad, la ciudad redonda, la flor del Tigris. Isaac estaba arrodillado ante Harun al Rashid, soberano de Oriente. El califa invitó a los tres enviados a tomar asiento en un diván y se dispuso a saludar a sus huéspedes, pero en el momento del triunfo algo ensombreció a Isaac y una tormenta lo zarandeó. Todo su cuerpo temblaba con tanta violencia que sus nuevos atuendos árabes susurraron y el califa le lanzó una mirada interrogante.

Mientras Al Rashid hablaba lo que Isaac oía no era la voz ronroneante del príncipe árabe, sino la palabra de Dios brotando de la boca del califa. Y Dios rugía. Presa de la confusión, Isaac intentó hacer caso omiso de la visión y hacer honor a la ceremonia de recibimiento de Harun al Rashid, pero aquella voz atronadora lo aturdía. Ninguno de los presentes parecía percatarse de nada.

–Isaac –rugió Dios con voz furibunda–, me has blasfemado.

El rugido hizo que Isaac casi perdiera el sentido.

El califa se rascó la barba y luego plegó las manos sobre su abultado vientre. Resultaba evidente que esperaba una respuesta a una pregunta, pero Isaac no la había comprendido. El Gran Visir le siseó unas palabras en árabe al califa.

Isaac se puso de pie. Tenía calor.

Dios no lo dejaba en paz.

–Como si fueras Moisés, quisiste descender del monte Sinaí como pregonero de un tiempo nuevo. Pero tu arrogancia delata la verdadera naturaleza de tu empeño. No eres profeta sino faraón. No conduces al pueblo sino a los perseguidores. ¡Tiembla ante la cólera de tu Señor, Isaac! ¡Tiembla!

De pronto el rostro del califa se inclinó sobre él. Unos ojos bordeados de negro lo contemplaron con expresión preocupada y los pelos de la gran barba negra cobraron vida. Tejieron un capullo en torno a Isaac, que se volvía cada vez más tupido y estrecho, hasta que por fin el judío se hundió por completo en la oscuridad.

Dispuso de dos años para recuperarse del colapso. Tenía prisa por regresar, pero Harun al Rashid no se daba prisa en escoger el obsequio destinado a Carlomagno. ¿Un astrolabio dorado para observar el cielo estrellado? ¿Quizás un rinoceronte vivo? ¿Quinientos camellos cargados de sedas? ¿O tal vez la favorita del califa, una excelente narradora de historias? Cada nueva ocurrencia despertaba mayor entusiasmo que la anterior, pero se negaba a tomar una decisión precipitada. Solo después de que Isaac le advirtiera que, con respecto a los asuntos diplomáticos, el soberano de los francos tenía la piel bastante dura pero que no disponía de un tiempo ilimitado, al árabe se le ocurrió lo que había buscado durante tanto tiempo.

El califa mandó construir un aparato en los talleres de sus matemáticos y constructores persas que, mediante un misterioso sistema de conductos y depósitos, indicaba las horas del día. Un reloj que se mantenía en movimiento mediante fuerza hidráulica. Una vez transcurridas doce horas, dos bolitas caían sobre un címbalo. El claro sonido despertaba doce pequeños jinetes de bronce que surgían de unas puertecitas y blandían sus diminutas espadas metálicas amenazando al observador. Esa asombrosa máquina suponía un enigma para Isaac, pero reconoció que se trataba de un magnífico gesto de Harun al Rashid. ¿Qué era más digno de un emperador que el mismísimo tiempo?

El soberano abasí hizo aparejar un velero que debía trasladar a Isaac Éufrates arriba, hasta Alepo. Desde allí el viaje debía continuar a través del Mediterráneo y a lo largo de la costa occidental italiana hasta Génova. Dagoberto y Erik, que habían acompañado a Isaac hasta Bagdad, permanecerían allí como enviados permanentes del reino franco. En su lugar, cuatro hijos de príncipes árabes recibieron el encargo de conducir a Isaac y su valiosa carga sanos y salvos hasta su emperador.

Junto con el reloj estibaron coloridas alfombras de una belleza asombrosa, además de telas de seda, incienso y bálsamos en arcones guarnecidos de bronce. Y Harun al Rashid cargó algo más en la nave.

Algo enorme.

La noche había caído sobre Génova. Aún soplaba viento del mar, proporcionando el tan ansiado frescor a la ciudad. Isaac estaba sentado al borde del muelle, entre la tierra y el mar, con las piernas colgando por encima de las aguas burbujeantes del puerto, ensimismado y contemplando el horizonte. Entonces cogió el amuleto, la mitad de un ave de presa de oro y rojo almandino que llevaba colgado del arrugado cuello, cerró los ojos y dejó que sus pensamientos se deslizaran por el mar, cabalgaran las coronas de espuma de las olas y, más allá, volaran por encima de las dunas del desierto. Y de pronto fue como si las iluminadas torres de Bagdad lo saludaran, resplandeciendo en la oscuridad.

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3

En las colinas detrás de la ciudad se encontraba el camposanto. Lápidas de basalto apenas más altas que una pantorrilla masculina sembraban el paisaje, como caídas del cielo por casualidad. Resecas adelfas se aferraban a la tierra abrasada por el sol, nudosos olivos chupaban la última humedad de la tierra cuarteada y en torno a estos se reunían las cabras para restregar su pelaje contra los troncos, devorar sus hojas verde plata, dormitar y protegerse del calor diurno bajo su sombra perforada por el sol. Con párpados pesados, el rebaño contemplaba a los dos hombres que pasaban trotando a su lado.

Soltando maldiciones, Grifo tironeaba de la cuerda cuyo extremo estaba anudado a la cintura de Thankmar. El cadáver de Rosvita colgaba del hombro del joven sajón. Cuando este se tambaleaba, la cabeza fría oscilaba de un lado a otro delante de su vientre. Incluso muerta, Rosvita despertaba terror.

El propio Thankmar también parecía un cadáver, el cuerpo cubierto de verdugones y llagas. La noche anterior Grifo había dado muerte a Rosvita y golpeado al sajón. Cuando Thankmar recuperó el conocimiento estaba tendido en un charco de orina y sangre.

Pero aún más profundo que el dolor era la añoranza por su hogar. Bajo el peso del cadáver, juró que haría lo imposible por regresar allí donde el mar dentaba la tierra y las marismas bebían la sal del océano, aunque fuese el último superviviente de su tribu. No quería vivir como un esclavo, no en esa zona calurosa del reino franco, tampoco en Oriente ni en ninguna otra parte. Regresaría al norte, aun a riesgo de su vida.

Grifo se detuvo, pasó la cuerda alrededor del tronco de un olivo, dejándole diez pasos de libertad a Thankmar, y la anudó. Los no bautizados eran enterrados en esa zona del cementerio y allí también debía desaparecer Rosvita. Eso en caso de que la tierra no volviera a escupir la ponzoñosa dádiva. Asqueado, dejó que el cuerpo de la bruja se deslizara al suelo.

Soltando un gruñido, Grifo extrajo una cantimplora de un saco, la descorchó y bebió dos largos tragos que aumentaron el brillo de sus ojos porcinos. Después cogió un cuenco del saco y lo arrojó a los pies de Thankmar.

–Aquí enterraremos a la vieja. Escarba el agujero con su viejo cuenco o usa las manos, me da igual. Si tratas de escapar, pronto acabarás tendido junto al cuerpo de tu amorcito muerto. Para siempre.

Grifo gorjeó divertido. Le pegó una patada a una cabra, que soltó un balido indignado y brincó fuera de su alcance, dejando libre un sitio a la sombra del olivo. El traficante se dejó caer al suelo y se dedicó a vaciar la cantimplora.

En cuanto inició la tarea, la sed martirizó a Thankmar. Estaba arrodillado en el suelo duro, escarbando el polvo y la tierra reseca con el cuenco. Una amarillenta nube de polvo no tardó en envolverlo, dificultando su respiración. La mugre, las heridas, el calor abrasador... Thankmar extrañaba su hogar como nunca. Añoraba el rugido de las gélidas olas, la melodía de las tormentas otoñales y los vastos prados de las marismas. Quería volver a escuchar el susurro de los arroyos una última vez antes de morir. Reír en la cara de su enemigo sería un fin que le agradaría. Había visto a muchos hombres de su aldea de esa guisa, antaño, cuando los francos atacaron. Pero él nunca había servido para el oficio del guerrero.

–¡No te duermas, sepulturero!

Grifo le arrojaba guijarros con gesto perezoso. El sol pendía por encima de las colinas como un fruto maduro y la tumba de Rosvita se asemejaba a una boca abierta, ávida de alimento. Thankmar estaba metido en la fosa hasta las caderas; los bordes del cuenco de madera torneada estaban astillados y él no dejaba de golpear la tierra y arrancar las resistentes raíces con las manos. Tenía los músculos entumecidos, como si se clavaran agujas en su espinazo, y la sed le roía las entrañas.

La cantimplora vacía estaba junto a los pies del traficante de esclavos. Debido al alcohol consumido, gotas de sudor le perlaban la frente y su cara se enrojeció cuando le gritó a Thankmar:

–¡Maldito Judas! Más aprisa, he dicho. ¡Esfuérzate o lo pagarás! ¿Crees que ignoro lo que tramabas? ¡Pues te equivocas! ¿Pretendes que malgastemos todo el día en este lugar? Eso te gustaría, ¿eh? Entretanto mis esclavos se asan encerrados en el cobertizo y los compradores vagan por el puerto en busca de su proveedor más fiable. Pierdo mi clientela por culpa tuya y lo sabes muy bien.

Los reproches llovían sobre Thankmar. Ante la idea de que podría volver a verse sometido a los puñetazos de Grifo recurrió a sus últimas reservas de energía: apoyó las rodillas en el suelo y comenzó a excavar la tierra con los dedos. Cuanto más rápido avanzara, más pronto Grifo se tranquilizaría. El agujero escupía tierra por encima de los bordes como un volcán, hasta que una densa niebla empañó el aire. Más profundo, debía excavar una

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