1
Un encuentro inesperado
Madrid, primavera de 2012
Raquel se levantó cansada, llevaba días durmiendo mal, estaba nerviosa y no podía dejar de pensar en Carlos. A pesar de habérselo propuesto, el fin de semana tampoco había conseguido desconectar. Para colmo, Berta, su compañera de piso, había llegado tarde y acompañada, no era el silencio lo que había reinado aquella noche de sábado.
Soñolienta, se dirigió al baño. Se quitó la camiseta que usaba a modo de pijama y abrió el grifo de la ducha para dejar correr el agua. Tras comprobar que salía caliente, apoyó las manos contra la pared y cerró los ojos dejando que las gotas resbalaran sobre su cuello. Después de un par de minutos, la mampara comenzó a empañarse; intentando alejar los fantasmas que la atormentaban, respiró profundamente el vapor que inundaba el pequeño espacio en el que se encontraba.
Lo había conocido al empezar a trabajar, durante la campaña de verano de la excavación de Vascos, una imponente ciudad árabe que, tras su abandono a finales del siglo XI, se conservaba casi intacta al oeste de la provincia de Toledo. Distaba mucho de ser el hombre de sus sueños, pero lo apreciaba. Sabía qué decir para arrancar una sonrisa bajo el ardiente sol que castigaba la meseta en el mes de agosto. Hacía poco más de una semana había sido víctima de un accidente de tráfico. Aunque las autoridades apuntaban al exceso de velocidad como la causa última del siniestro, Raquel no se lo podía creer, su amigo era la prudencia en persona. Las dudas se acrecentaban porque, días antes del suceso, Carlos se había mostrado esquivo y no había respondido a las llamadas.
Lentamente giró el mando del grifo para que el agua fría la apartara de aquellos pensamientos. Todo su cuerpo se estremeció por el cambio de temperatura. Antes de salir, intentó contar hasta diez, luego, resoplando, se envolvió en la toalla. Ya en el cuarto, se vistió deprisa; eligió unos vaqueros, una camisa blanca y unos zapatos cómodos. A pesar de ser domingo, iba a ir a trabajar. Llevaba diez meses colaborando con el departamento de antigüedades medievales del Museo Arqueológico. Gracias a unas inmejorables calificaciones y a un don especial para conocer gente, disfrutaba de una beca. En general, le gustaba lo que hacía; sin embargo, durante la última semana, el trabajo había sido desagradable. Al fallecer su compañero, le habían encomendado que asumiera algunas de las tareas que este realizaba y había advertido varios errores. Le llamaba especialmente la atención una anotación que no encajaba con el informe final de piezas de la excavación.
Antes de salir quiso tomar un café para despejarse. Entró en la cocina observando con disgusto los restos de una cena improvisada. Puso en el fregadero los platos sucios que ocupaban la mesa y encendió la cafetera. Al abrir el frigorífico, sintió ganas de sacar a su amiga de la cama; no había hecho la compra. Pensó qué excusa pondría esta vez. Solo quedaba un trozo de pizza y un kiwi, optó por el kiwi. Completó el escaso desayuno con dos galletas maría que habían sobrevivido al ágape nocturno. Tras dejar una nota a su compañera para que recogiera todo aquello, cogió su bolsa con el portátil y bajó de dos en dos las escaleras del antiguo inmueble en el que vivía en la calle Castelló.
El día era magnífico, lucía el sol y corría una ligera brisa, el mes de abril se despedía anticipando las temperaturas del final de la primavera. Iría caminando, así se despejaría. En el trayecto hasta la calle Serrano se cruzó con pocos peatones, la metrópolis se desperezaba lentamente y todo parecía envuelto en una atmósfera de quietud. La sensación de calma era aún mayor en la lujosa avenida, los comercios permanecían cerrados y nada recordaba el bullicio que hacía pocas horas había reinado en aquel mismo lugar.
No tardó mucho en llegar al museo. Al superar la valla, reparó en la vistosidad del cartel que anunciaba una exposición sobre Persia en el segundo piso del gran edificio. Pasó junto a las esfinges de la antigua puerta y saludó a los guardias de seguridad que controlaban el escáner de rayos X. Encaró la escalinata del vestíbulo con pocas energías; si no hubiera sido porque quería arreglar aquel embarazoso asunto sin que nadie se enterara, habría vuelto sobre sus pasos antes de alcanzar el primer rellano. Llegó a su puesto de trabajo confirmando que la ducha y el paseo no habían aliviado el agotamiento que sentía. Resopló; ya que había hecho el esfuerzo, tenía que aprovechar la mañana.
—No estaría de más cambiar la contraseña —dijo para sí al encender el portátil.
Cogió el cuaderno de campo que recogía los hallazgos y empezó a compararlo con un listado impreso.
—No lo entiendo, la nota es clara: «VAS-11.104.0022», «fragmento de cerámica con escritura cúfica», «dimensiones aproximadas: 9 × 20 cm», «sector noroeste / alcazaba».
¿Por qué no aparecía esa pieza en la relación final? Recordaba cómo Carlos había llegado exultante, empapado en sudor y con una sonrisa de oreja a oreja para decirle que había hecho el primer descubrimiento de la campaña. No cabía la menor duda, era un buen presagio: «Este verano voy a encontrar más de una maravilla»; las palabras resonaban en su memoria. Continuamente se insinuaba, siempre con elegancia, no podía remediarlo.
Volvió a comprobar el listado con idéntico resultado, tenía que ser un error. Para salir de dudas, decidió acercarse al laboratorio. Las piezas encontradas en el yacimiento se trataban en el museo para asegurar su preservación. El fragmento de cerámica que había encontrado su amigo tenía que estar allí. Mientras avanzaba por el pasillo, camino del lugar en el que los especialistas recomponían los hallazgos, pensó que era una paradoja que la naturaleza conservara los objetos durante miles de años y que, al rescatarlos, se corriera el peligro de destruirlos para siempre.
Pasó su tarjeta de identificación personal por el lector y entró. Las luces se encendieron automáticamente al detectar movimiento. Se dirigió directamente a la caja con la etiqueta: «Vascos —campaña 2011— zona Alcázar». Con cuidado fue revisando una a una las bolsas de plástico, casi al final apareció la que buscaba: «VAS-11.104.0022». La sacó para comprobar el siglado, todo parecía normal, simplemente alguien había cometido un error al elaborar el listado. Examinó la pieza con detenimiento. Se trataba de un trozo de vasija decorado con motivos vegetales que aún tenía restos de pintura verde y negra. Devolvió la bolsa a su sitio.
Al salir del laboratorio, estaba más tranquila. Por ese día, había tenido suficiente, sacaría a Berta de la cama y le pediría que fuera a buscarla para ir a un restaurante cercano y tomar unos nachos con extra de guacamole. Sentadas y con un par de Coca-Colas Light, la obligaría a contarle todos los detalles de su reciente conquista.
Se merecía un segundo café, quizá así podría aguantar sin dormirse hasta la hora de comer. La máquina dispensadora estaba un par de pisos más abajo, junto a la tienda del museo. El bebedizo que preparaba no era el mejor espresso, pero ayudaba a despejarse. Hizo la selección: «cortado». Después de escuchar el pitido que indicaba que podía retirar el vaso, comenzó a subir las escaleras fijándose en cada uno de los peldaños, no le sobraban las fuerzas.
Ocurrió en ese momento. Un hombre que estaba intentando sacar una foto a un viejo busto de mármol, bajó sin mirar uno de los escalones y tropezó con Raquel. Buena parte del café se derramó sobre la joven.
—¡Será idiota! —La exclamación le salió del alma.
—Perdón —se disculpó el hombre.
Tendría treinta y pocos años, era moreno, de complexión atlética y más alto que la media. Vestía unos pantalones chinos marrones y un niqui verde.
—Lo siento —insistió—. No me he dado cuenta. ¡Madre mía cómo te he puesto! Al menos déjame que corra con los gastos de la tintorería.
—Qué tintorería ni qué ocho cuartos —pensó Raquel—. Déjalo, no te preocupes —consiguió decir pareciendo un poco más cortés—. No ha sido nada.
El joven sacó de su cartera un trozo de papel y un pequeño bolígrafo.
—Me llamo Pablo, este es mi número de móvil, cuando hayas solucionado lo de la camisa, llámame. Yo me haré cargo de la factura, es lo menos que puedo hacer.
—Gracias, no es necesario, seguro que la mancha sale sin necesidad de tinte.
Ante la insistencia, Raquel cogió el pedazo de papel. Se despidió y continuó subiendo la escalera. Fue al baño e intentó limpiar la mancha. Iba a ser más complicado de lo que había imaginado. Resolvió que lo mejor era llamar a Berta y despertarla. Una voz apagada respondió al otro lado de la línea.
—Berta, soy Raquel, despide a tu galán y ven a buscarme al museo. Luego podemos ir a comer por ahí. Por cierto, tráeme una camiseta. La azul que te dejé hace unos días está bien.
—Pero ¿qué te ha pasado? —acertó a preguntar su compañera.
—Ya te contaré, no olvides la camiseta, ¿vale?
—Vale, vale, te veo dentro de una hora.
Volvió junto al portátil, cerró los ojos unos segundos para concentrarse, y buscó la celda de la hoja Excel que quería actualizar. Leyó en el cuaderno «VAS-11.104.0022», «porción de cerámica con escritura cúfica». Cuando se disponía a escribir, cayó en la cuenta: «escritura cúfica», la pieza que había visto estaba decorada, pero no tenía restos de escritura. ¿Qué estaba pasando? Carlos era detallista, ese tipo de descuidos eran impropios de él. Quizá no había sido buena idea ir a trabajar el domingo, al día siguiente se lo comentaría al director del departamento, no podía hacer mucho más.
Para pasar el rato hasta que apareciera Berta, comenzó a ojear su correo personal. Hacía más de una semana que no se conectaba, últimamente utilizaba la cuenta que le había facilitado el museo. Al comprobar que tenía más de setenta mensajes sin leer, optó por contestar los más recientes. Casi al final, se sobresaltó al ver un mensaje de Carlos. Cuando se disponía a abrirlo, sonó su móvil.
—Sal de una vez que me muero de hambre.
—Está bien, ya voy —respondió Raquel antes de colgar.
Volvió a fijarse en el correo de su amigo, no sabía qué hacer, finalmente prefirió pasar el trago más tarde. Estaba cansada y necesitaba despejarse. Apagó el portátil, recogió sus cosas y salió al encuentro de su compañera.
Berta la esperaba sentada en la escalinata de acceso al viejo edificio. Era un par de años más joven que ella, llevaba el pelo corto «a lo chico», tenía unos profundos ojos verdes y siempre sonreía. Le quedaban tres asignaturas para terminar la licenciatura de Historia del Arte, pero se lo tomaba con calma. A su natural inteligencia, se sumaba una esmerada educación. Licenciada en piano, había estudiado el último curso de bachillerato en Estados Unidos y completado un programa de intercambio en el instituto Courtauld de la Universidad de Londres. Procedía de una familia bien de Burgos. Sus padres eran, los dos, médicos y tenía un hermano algo menor que ella. Puntualmente recibía una asignación mensual que en buena parte destinaba al pago del alquiler. Para redondear sus ingresos, ocasionalmente trabajaba como traductora de inglés o poniendo copas en garitos de moda. Aparte del piso, las dos amigas compartían amistades y aficiones, en especial la música y correr. Entre ambas, podían presumir de tener la discoteca más sofisticada de Madrid y, tres días a la semana, iban al cercano parque del Retiro a entrenar.
La más joven llevaba una bolsa de una tienda de moda con la camiseta que le había pedido Raquel. La arqueóloga comprobó que era la prenda que quería y volvió a entrar al baño del museo para cambiarse. Estaba contenta, la perspectiva de pasar la tarde en buena compañía, la puso de buen humor. Se dirigieron al restaurante charlando animadamente. Diez minutos más tarde, en la entrada del local, un camarero les informó de que tenían que esperar; aunque era pronto, no había mesas libres. Dieron su nombre al empleado y se sentaron en la barra para hacer tiempo hasta que las avisaran.
—Cuéntamelo todo —dijo Raquel.
—Si antes me dices cómo te has manchado —respondió Berta.
—Es fácil, un cretino se ha tropezado conmigo y me ha tirado un café que llevaba en la mano.
—¿Era guapo?
—No sé, no me he fijado.
—No me lo puedo creer, eres un desastre.
En ese momento, «el cretino» entró por la puerta. Estaba solo y se acercó al camarero para decirle que quería una mesa. Al saber que tendría que esperar un rato, se aproximó a la barra y se quedó a un par de metros de las dos amigas. Raquel no lo vio, le daba la espalda, tan solo se percató de que Berta había seguido a alguien con la mirada. La arqueóloga se giró para volver rápidamente a su posición inicial.
—Toma ya, es él —afirmó Raquel.
—¿Que es quién? —preguntó Berta.
—El del café.
—Pues no está mal.
—No digas ni una palabra, que te conozco.
—Entonces, para mí.
La estudiante, sin atender los ruegos de su compañera, fue al encuentro del recién llegado.
—Hola, ¿eres tú quien se ha tropezado con mi amiga esta mañana en el museo?
Pablo pareció dudar unos segundos mientras buscaba a Raquel entre los clientes del bar, enseguida la vio y contestó:
—Sí, creo que soy el culpable del incidente.
—Pues, como mínimo, nos debes una copa, he tenido que traerle ropa desde casa y hoy no me tocaba cuidar de ella.
—Eso está hecho.
Por los altavoces avisaron de que la mesa de Raquel estaba lista. Sin dudarlo, Berta le preguntó que si quería sentarse con ellas. Aceptó.
La conversación discurrió entre la historia y los viajes. Pablo contó que, hasta hacía poco, había trabajado en un importante banco de inversión. Después de sudar tinta trabajando durante jornadas interminables y tener un serio revés personal —su pareja le había dejado hacía un mes—, había decidido solicitar una excedencia para explorar nuevos caminos.
El joven decía estar fascinado por el mundo antiguo. Por trabajo y placer, había estado en muchos países. Según explicó, tenía pensado visitar Irán y las ruinas de Persépolis, por eso había ido esa mañana al museo a ver la exposición. A instancias de Berta, describió los sitios que más le gustaban y escuchó con atención los comentarios que hicieron las amigas sobre los mismos. Machu Picchu, Palmira o Palenque eran lugares que cautivaban, aunque se desconociera la historia de las civilizaciones que los construyeron; no obstante, Pablo afirmaba que, como buen turista, había dejado escapar los detalles que los hacían increíbles y estaba encantado de saber más.
A medida que fueron pasando los minutos, Raquel comenzó a fijarse en el hombre con el que había tropezado. Podía resultar engreído, pero era atractivo. La arqueóloga se quedó en silencio sumida en sus pensamientos dejando que Berta tomara la iniciativa. Cuando quiso darse cuenta, su compañera se había adueñado del campo de juego. Tras el incidente del café, parecía que Pablo estaba más cómodo hablando con la estudiante. Poco a poco, se sintió desplazada, estaba claro que su amiga se había fijado un nuevo objetivo. Al meditar sobre ello, se revolvió incómoda en el asiento. «Quizá no es tan cretino», se dijo.

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2
Tierra quemada
Hispania, 712 d. C.
Aunque los hispanos inicialmente habían considerado el ataque como una incursión en busca de oro y esclavos, el devenir de los acontecimientos demostraba que aquellos guerreros no tenían intención de marcharse. En poco menos de un año, Táriq ibn Ziyad se había hecho con varias de las principales urbes del otrora pujante reino. Tropas de refuerzo habían desembarcado en el sur y ponían cerco a distintas ciudades. Sumidos en el desaliento, eran pocos los señores que aún querían resistir; el antiguo orden se desmoronaba sin remedio.
Perplejas, las élites dominantes se preguntaban cómo había sido posible tamaño desastre. Las razones eran varias, pero entre todas destacaba la tensión que generaba el carácter electivo de la monarquía hispánica. Tras la muerte del rey Witiza en el año 710, Agila, su hijo mayor, no consiguió hacerse con el trono. El descontento de un número importante de nobles con el proceder del último soberano elevó a Roderico —duque de la Bética— a la dignidad real. Agila no dio por buena la decisión del senado y continuó intrigando para conseguir lo que él consideraba que le pertenecía por derecho. Al primogénito del difunto monarca no le faltaban recursos, pues mantenía bajo su control buena parte del nordeste de Hispania[2] y la Septimania. El enfrentamiento entre las dos facciones que pugnaban por el poder desembocó en una soterrada guerra civil.
Para intentar destronar a Roderico, los partidarios del hijo de Witiza decidieron solicitar ayuda exterior. La situación no era nueva, la participación de tropas extranjeras se había producido en otros enfrentamientos internos. Esta vez, los conspiradores pusieron sus esperanzas en la potencia que representaba el Imperio omeya. Los seguidores del profeta Mahoma, después de una fulgurante expansión desde las arenas del desierto árabe, ya dominaban buena parte del norte de África y tenían la fuerza necesaria para inclinar la balanza a favor del partido witiziano. Los conjurados enviaron una legación para negociar con Muza ibn Nusair, a la sazón, representante del califa y gobernador de los territorios conquistados por el islam en la costa sur del Mediterráneo. El jefe de la embajada fue el conde Iulianus, un controvertido personaje que, años atrás, había destacado por su éxito en la defensa de la plaza de Septem frente a los sarracenos. Cuando el conde expuso el plan a Muza, este desconfió. Al contrario que otros territorios del antiguo Imperio romano, el reino visigodo era una gran potencia a los ojos de los ismaelitas. Los peligros asociados a una campaña no podían desdeñarse. Tanto era así que, cuando Muza trasladó al Comendador de los Creyentes los detalles del posible pacto, el califa lo conminó a enviar exploradores para no poner en riesgo a sus fuerzas en una incierta empresa al otro lado del mar.
Siguiendo las instrucciones de Damasco, Muza ordenó realizar una primera expedición que volvió con un significativo botín. El éxito de la incursión impulsó al caudillo árabe a mandar al otro lado del estrecho a Táriq, el más valiente de sus generales, para comprobar las posibilidades de una empresa más arriesgada. La mayor parte del ejército que desembarcó, como su comandante, era de origen bereber. Táriq tenía instrucciones de evitar el enfrentamiento directo con las tropas visigodas, pero no obedeció. Nada más alcanzar la costa, quemó las naves con las que había cruzado las columnas de Hércules para que sus hombres supieran que no había posibilidad de retirada. Desplegó su capacidad ofensiva y saqueó las comarcas de la Bética sin alejarse demasiado del lugar donde había arribado. Esta maniobra le permitió aumentar la moral de sus huestes y seleccionar el lugar en el que habría de presentar batalla.
Cuando el rey Roderico supo de estos hechos, se encontraba en Pampilona conteniendo una revuelta de los vascones. Impetuoso, decidió aplastar rápidamente el peligro que representaba una fuerza permanente en la región más rica del país. Forzó la marcha de su ejército para atravesar la península y cayó en la trampa que hábilmente le habían tendido. Al llegar a Córdoba, los witizianos le ofrecieron su ayuda para enfrentarse al enemigo extranjero. El rey creyó en la sinceridad de la oferta y salió al encuentro de los invasores confiando en la aplastante superioridad de sus fuerzas. Haciendo gala de una notable ingenuidad, otorgó el mando de las alas de su ejército a miembros de la familia de Witiza.
El enfrentamiento decisivo se produjo junto al río Guadalete. Después de varios días de escaramuzas, las tropas de Táriq y Roderico se desafiaron en campo abierto. Contra todo pronóstico, los sarracenos se hicieron con la victoria. El adecuado planteamiento de la batalla y la deserción de las huestes de Agila decidieron el combate. El caballo del rey apareció asaeteado, pero nadie dio con su jinete. Se hizo correr la voz de que Roderico había muerto.
Ante la posibilidad de hacerse con el tesoro real, Táriq se dirigió de inmediato hacia la capital visigoda. Las tropas conquistadoras, guiadas por el conde Iulianus, se movieron con celeridad derrotando cuantos focos de resistencia encontraron a su paso. Toleto, abandonada a su suerte por los nobles, capituló sin dificultad. La debilidad del reino, abrumado por el mal gobierno y por unos señores más preocupados por sus intereses que por los de la monarquía, había permitido al caudillo bereber hacerse dueño de la situación.
Entretanto, los continuos éxitos de la campaña habían despertado la suspicacia de Muza. Táriq no había esperado a su señor para compartir el triunfo; por ello, el gobernador, acusando a su liberto de traidor, había cruzado el estrecho con un segundo ejército —esta vez con numerosos efectivos árabes— para ponerse al frente de la invasión. De forma deliberada, Muza no fue directamente al encuentro de su subordinado. Para poder demostrar que él era el verdadero conquistador de los nuevos territorios, dirigió sus pasos hacia el suroeste ganando Ispali y poniendo cerco a Emerita.
La noticia de la rivalidad entre los ejércitos musulmanes no tardó en llegar a Damasco. El califa, como máximo líder del islam, tomó cartas en el asunto llamando al orden a sus generales. No podía permitir que las aspiraciones personales pusieran en peligro los territorios recién ganados para el imperio.
Amaia Patricia, primeros días de la primavera del año 712 d. C.
Aun encontrándose encaramada sobre las rocas, Amaia había caído como tantas otras ciudades en aquella vertiginosa campaña. La fortaleza, en apariencia inexpugnable, no había resistido el empuje de las tropas conquistadoras. Después de la rendición de Toleto, muchos nobles godos habían buscado refugio en aquel nido de águilas. Tras una extenuante marcha atravesando la meseta, los huidos se habían hecho fuertes en la urbe que controlaba el acceso a los puertos del norte. Los verticales farallones de roca caliza que rodeaban el enclave se antojaban obstáculo suficiente para rechazar a los invasores; sin embargo, las altas murallas habían tenido que dar cobijo a demasiadas bocas. Táriq la había doblegado por hambre logrando una nueva victoria y un magnífico botín.
Ayrad había nacido junto al mar, cerca de Tingis, en el seno de la tribu bereber de los Nafza. Aquella primavera acababa de cumplir quince años. Cautivo y huérfano desde niño, era capaz de superar los reveses del destino sin más ayuda que el deseo de vivir. Su condición de esclavo se debía a una razia de las tropas cristianas del conde Iulianus. El gobernador de la plaza de Septem, antes de cambiar de bando, había logrado hacer frente a la creciente amenaza ismaelita aventurándose frecuentemente más allá de los muros de la ciudad para hostigar el territorio de la Tingitana. Ayrad había sido capturado en una de aquellas incursiones. Como parte del botín, se convirtió en escudero de uno de los paladines del conde. Por su cuerpo corría sangre de un pueblo orgulloso, capaz de sobrevivir en las circunstancias más adversas, lo que le permitió adaptarse a la nueva situación sin olvidar sus orígenes. Era diligente, sabía tratar a los animales y actuaba siempre con discreción. Gracias a estas cualidades, logró ganarse la confianza de su amo. Atendía al caballo, limpiaba las armas, zurcía remiendos, incluso, cuando las circunstancias lo requerían, hurtaba alguna gallina para completar la parca dieta de los soldados en campaña. Paradojas de la vida, cuando el conde unió sus fuerzas a las de Táriq para destronar a Roderico, se encontró enrolado con algunos de sus antiguos parientes en la aventura de la conquista de Hispania.
Aquella tarde, en el aún frío norte de la península, el joven estaba recorriendo los restos humeantes de la ciudad recién conquistada en busca de algo de valor. Como único premio a sus esfuerzos, había encontrado una tosca hebilla de cinturón y una cazuela de bronce. El saqueo había sido sistemático y nada quedaba para los rezagados.
Al día siguiente tendría que madrugar; su amo había sido seleccionado junto a otros doscientos hombres para escoltar una parte del botín hacia Carthago Spartaria. El grueso del ejército continuaría hacia el oeste para terminar con la resistencia que ofrecían algunos nobles godos. Ayrad viajaría con la comitiva cuyo destino final era Damasco. Para ganarse el favor del califa y contrarrestar las acusaciones de Muza, Táriq enviaba a la corte damascena algunas de las joyas más deslumbrantes. Se decía que, entre los presentes, iba una parte del tesoro sagrado visigodo.
La columna se puso en marcha al amanecer, tenían por delante un largo camino. El caudillo bereber había dispuesto que la caravana utilizara una ruta algo más larga que la que había empleado el ejército en su avance hacia el norte. Utilizando una vieja vía romana que pasaba por Palentia, Septimanca, Cauca y Segobia, esperaban llegar a Toleto en unos veinte días. Guerreros veteranos, curtidos durante la conquista, protegían un pesado carro al que nadie debía acercarse si quería conservar la vida. Tirado por seis bueyes, iba cubierto por un toldo negro. Su lenta marcha ralentizaba toda la escolta, tan solo la comodidad que proporcionaba la calzada por la que transitaban evitaba que el paso fuera desesperante.
Las jornadas comenzaron a sucederse con monotonía. Cada noche se formaba un perímetro defensivo alrededor del carromato y se organizaban turnos de guardia. Ayrad, ignorando el peligro, solía alejarse del campamento en busca de comida procurando volver a la seguridad del grupo antes de que cayera la noche. Aquella tarde, cerca ya de Toleto, la vida le tenía preparada una sorpresa.
El sol brillaba bajo en el horizonte cuando observó una columna de humo y lo que parecían los restos de una pequeña granja. Pensando que podía encontrar algo que mereciese la pena, se acercó con cautela.
Un profundo silencio dominaba el lugar. Junto al cercado que delimitaba la modesta propiedad, un labrador yacía muerto. Continuó caminando atento a cualquier señal de peligro y traspasó el umbral de la casa. Los pobres enseres estaban destrozados. Una mujer tendida en el suelo dirigía su mirada hacia la única ventana de la estancia, a su alrededor había un charco de sangre. La herida que le había provocado la muerte se dibujaba en el vientre. Turbado por la escena, salió de la vivienda, si allí había habido algo de valor, los asaltantes ya se lo habrían llevado.
Aunque era hora de regresar a la seguridad del campamento, echó un último vistazo a los restos de lo que debía de haber sido el granero. La pequeña estructura estaba calcinada. Saltó un muro de adobe y se apoyó en una viga quemada para entrar por uno de los laterales. Entonces se dio cuenta. Agazapado en una esquina, un rostro tiznado de hollín y cubierto de lágrimas le miraba con expresión de terror.
Ayrad brincó hacia atrás echando mano de la pequeña daga que llevaba al cinto. Sus rápidos movimientos hicieron que el niño se acurrucara. Había metido la cara entre las rodillas protegiéndose la cabeza con los brazos. El bereber se acercó despacio. Sin bajar la guardia empujó al chiquillo con la mano izquierda.
—¿Cómo te llamas?
El muchacho no respondió.
—No voy a hacerte daño, sal de aquí antes de que los lobos empiecen a merodear.
Ayrad guardó la daga. Lentamente, el crío levantó el rostro. Estaba descalzo, tendría unos once años y vestía una pobre túnica de lana.
—Vete cuanto antes. Si te quedas, no durarás mucho.
El norteafricano buscó un pedazo de pan seco que llevaba en el morral y se lo ofreció.
—No es mucho, pero es cuanto tengo.
Alargando su mano, el niño cogió el mendrugo y se lo llevó a la boca. Ayrad se sentó junto a él. Nuevamente preguntó por su nombre sin obtener respuesta. Ante el silencio del chaval, el bereber permaneció callado en espera de que terminara el mísero banquete. Con el sol escondiéndose tras el horizonte, concluyó que era el momento de regresar. Iba a tener que correr si quería llegar a tiempo. Se puso en pie, recogió el macuto y se dirigió al niño para despedirse.
—Me tengo que ir. Suerte.
No se había alejado más de un tiro de honda, cuando se dio cuenta de que le seguía. Cada vez que se detenía, el pequeño hacía lo mismo. Mantenía el paso sin alejarse ni ponerse a su vera. Probó a aumentar el ritmo, pero igual que una sombra, su joven compañero corrió para situarse a pocas zancadas.
—No puedes venir conmigo, busca a algún amigo de tu familia.
Ayrad era consciente de que, cargando con otra persona, no conseguiría llegar a tiempo. A pesar de ello, no quería dejar al zagal allí, en medio de la nada. Se veía a sí mismo, no hacía mucho, huérfano y cautivo a causa de la guerra. Meditó, quizá era mejor esperar agazapado entre los arbustos hasta el amanecer y regresar al campamento con las primeras luces del alba. Si llegaba en mitad de la noche, podía tener un serio disgusto con los centinelas. Por la mañana ese riesgo disminuía y su amo no tenía por qué enterarse de la ausencia. Se convenció de que era mejor esperar para no tener que explicar que había faltado a sus obligaciones. Con suerte, podría tener un nuevo compañero de viaje, al menos hasta que llegara a Carthago Spartaria. Tras un par de nuevos intentos por descubrir cómo se llamaba su camarada, se recostó para descansar un poco.
Con tiempo, antes de que apareciera la aurora, se pusieron a caminar. En apenas media hora, alcanzaron una loma desde la que se dominaba el campamento. A sus pies, un meandro del río protegía tres de los cuatro flancos del improvisado fortín. Enseguida divisaron a un vigía que montaba guardia al cobijo de una encina. El soldado también los vio, iba a darles el alto pero, antes de que pudiera abrir la boca, un sonido seco ahogó sus palabras.
No podían decir de dónde había salido la flecha. De forma inesperada, un silbido breve había rasgado el aire para terminar con la vida del guerrero. Cuerpo a tierra, quedaron inmóviles intentando pasar inadvertidos. Lentamente, Ayrad levantó la cabeza y observó un grupo de unos cuarenta jinetes que se desplazaba al amparo de las sombras. Los guerreros avanzaban en absoluto silencio prestos para el combate. El bereber se fijó en que los caballos llevaban envueltas las pezuñas en trozos de tela para amortiguar el ruido. Pronto llegaron a lo alto de la colina y desaparecieron por el otro lado. Ayrad corrió tras ellos alcanzando también la cima. Desde allí, contempló otro destacamento que galopaba en dirección al campamento por el fondo del valle. Los atacantes eran muy numerosos y parecían perfectamente organizados; no obstante, la veteranía de los soldados que protegían la caravana y la voz de alarma que dieron algunos de los centinelas, le hicieron concebir esperanzas.
Al llegar junto a la empalizada, las primeras filas enemigas arrojaron unos odres que reventaron al caer al suelo. De los pellejos brotó un líquido negruzco y espeso. A la velocidad del rayo, se retiraron dando la espalda a los sitiados. Instantes después, otro grupo de arqueros lanzó una lluvia de saetas incendiadas que provocaron que el cercado ardiera rápidamente. Las flechas no daban un segundo de descanso a los defensores del fortín. Dentro del campamento reinaba la confusión, las voces de los oficiales que organizaban la defensa se ahogaban entre los gritos de los hombres heridos y los relinchos de las bestias. Tras unos minutos en los que las llamas consumieron la empalizada, entró en combate una unidad de caballería pesada. Los guerreros portaban largas lanzas y atravesaron la barrera debilitada por las llamas. A partir de ese momento, la confusión se adueñó del campo de batalla.
Ayrad observó que, por el lado de poniente, soldados de infantería vadeaban el arroyo atacando uno de los flancos del campamento que había quedado desguarnecido. La superioridad de los agresores parecía que iba a decidir rápidamente la situación; sin embargo, la experiencia y valor de los que vendían cara su vida prolongaba la lucha. Algo le decía al bereber que, si no hubiera encontrado a su nuevo compañero, habría muerto allí, junto a los defensores del botín de la campaña.
Entonces, vio una escena que llamó su atención. Un hombre cubierto por una capa intentaba escapar. Llevaba algo en un saco colgado a la espalda y tiraba de las bridas de un caballo. Desde la distancia no podía decir qué cargaba aquel hombre que huía del desastre. Un grupo de guerreros, en ordenada formación, protegía el intento de fuga. Ya había cruzado el río y se disponía a montar, cuando una flecha lo alcanzó. A duras penas se encaramó al corcel, inclinado sobre el animal, lo espoleó partiendo a todo galope.
No hubo prisioneros, los pocos hombres que después de la larga lucha seguían en pie fueron agrupados y degollados sin misericordia. Ayrad y el pequeño hispano permanecieron ocultos entre la jara. Los atacantes se retiraron después de una hora llevándose el carro negro. Al frente de la columna, liderando a los guerreros, destacaba la figura del que debía de ser su comandante. Era un hombre fuerte y joven, llevaba un manto de color rojizo cubriéndole la espalda. Lucía una espada de doble filo al cinto, una lanza y un escudo ovalado. Desde la distancia, Ayrad no era capaz de distinguir su rostro. Solamente se fijó en que su tez, al igual que la suya, era morena. En ese momento, el niño se acercó y le cogió la mano.
—Pedro, me llamo Pedro, mi madre se llama Lydia y mi padre Flavio.
Ayrad pensó que poco importaba ya cómo se llamaran sus padres, el destino le había dejado a su suerte. Asintiendo con la cabeza, el norteafricano le acarició el pelo.
—Tranquilo, ahora estás conmigo.
Cuando creyó que había pasado el tiempo suficiente, salieron de su escondite y caminaron en dirección opuesta a la que habían tomado los asaltantes. Esta vez ninguno de los dos habló, la escena que habían contemplado y el miedo a ser capturados los mantuvo en silencio.
Al cabo de casi cuatro horas de marcha, divisaron un caballo que pacía junto a un arroyo en una zona encharcada. Era un corcel de guerra. Al aproximarse distinguieron que a sus pies había tendido un hombre envuelto en una capa. Estaba boca abajo y parecía muerto. Se acercaron con precaución. Estando a pocos pasos del caballero, vieron que bajo su hombro izquierdo asomaba la cola de una saeta. Cerca, la punta rota del astil demostraba que el hombre había intentado sacársela.
La mano derecha del moribundo asía un saco de esparto. Con la respiración entrecortada y protegiéndose con su puñal, Ayrad intentó arrebatárselo. Súbitamente, el caballero volvió a la vida. Se incorporó con la mirada perdida dispuesto a defender hasta el último aliento aquel pedazo de tela. El movimiento que hizo al agarrar la espada le provocó una mueca de dolor. Por la comisura de los labios apareció un hilillo de sangre y se desplomó. En ese momento, Ayrad reconoció el rostro de su amo.
El bereber, con miedo, zarandeó al que había sido su señor para comprobar si vivía. Ante la falta de respuesta, tiró del saco para liberarlo de la mano inerte que lo sujetaba. Arrastró la carga y se dejó caer a pocos pasos, Pedro se situó a su lado. Con curiosidad contemplaron el pedazo de tela por el que el guerrero había luchado tenazmente. Los jóvenes asintieron al unísono y abrieron el fardo. Lo que vieron les dejó sin palabras.

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3
Mensajes y mensajeros
Madrid, primavera de 2012
A la pereza de ir a trabajar, se sumaba un ligero dolor de estómago. Raquel apenas había bebido el día anterior, pero el café irlandés con el que había amenizado la sobremesa en una terraza de la Castellana le había sentado mal. La tertulia fue larga y a eso de las nueve había vuelto sola al apartamento. Berta y Pablo habían continuado la ronda.
Salió de casa con tiempo de sobra. Bajó andando por María de Molina hasta Serrano y cogió la línea nueve de autobús para llegar al museo. A esa hora, el transporte público iba lleno. Raquel empleó el escaso trayecto en practicar su afición favorita. Disfrutaba mirando a las personas y pensando qué tipo de vida llevaban. Imaginaba su día a día y buscaba explicaciones imaginarias a las caras de alegría o tristeza que observaba. Enseguida tuvo que dejar de soñar, en poco más de diez minutos se apeaba y cruzaba la puerta del Arqueológico.
Había llegado la primera, encendió el portátil y miró el reloj. Todavía disponía de unos minutos de tranquilidad antes de que el resto de compañeros hiciera acto de presencia. Dudó si abrir el correo para leer el mensaje de Carlos, finalmente se decidió.
Arrancó la aplicación, enseguida apareció la pantalla que solicitaba su usuario. Tras introducir los datos, accedió a la lista de correos pendientes. Fijó su atención en la pantalla e hizo doble clic sobre la conversación que tenía como título «Es importante».
Hola, Raquel:
Sé que estos días me has llamado y no he contestado, pero es que estoy en un buen lío. Todo tiene que ver con la excavación de este verano, por eso creo que eres la persona más indicada para ayudarme. Aunque pienses que exagero, tengo la sensación de que me siguen. Hace cinco días entraron en mi casa y lo pusieron todo patas arriba. Se llevaron varias cosas, la policía dijo que era obra de delincuentes comunes pero yo estoy convencido de que buscaban algo. No me fío de nada ni de nadie, si decides abrir el archivo adjunto, tú tampoco debes hacerlo.
Gracias.
P. D. El fichero está encriptado, dirás que estoy paranoico, pero es mejor así. Tú sabes la contraseña, acuérdate de la conversación que tuvimos junto al dolmen la última semana de la excavación: «Pregunta al mensajero».
Pensó que su compañero estaba de broma.
—¡Será cuentista! —exclamó en voz alta.
En la cabeza de Raquel bullía un millar de emociones, aunque la principal era la confusión. Quizá era un juego para seducirla. A pesar de sus reiteradas negativas, Carlos no se daba por vencido fácilmente. De no ser por que ya no podía volver a hablar con él, habría eliminado el correo directamente. La invadió un sentimiento de tristeza.
El correo llevaba adjunto un archivo llamado Carta.docx. Inició el proceso de descarga, en pocos segundos estaba en su escritorio. Al intentar abrirlo, apareció una pequeña ventana que solicitaba una clave.
—Pero ¡mira que se ha complicado la vida para disculparse por no contestar a las llamadas! —exclamó la arqueóloga intentando espantar sus miedos.
Hizo memoria, algunas tardes, justo antes de que cayera la noche, se habían acercado a un pequeño dolmen que la desidia de las autoridades mantenía abandonado a diez kilómetros de Puente del Arzobispo, una localidad cercana a la excavación de Vascos. Se trataba de una construcción típica del neolítico que emparentaba esa zona de España con la cultura megalítica desarrollada hacía más de cinco mil años en toda la fachada occidental de Europa y el norte de África. Allí, al amparo de bloques de piedra de más de dos toneladas, había charlado durante largas horas con Carlos. «Pregunta al mensajero». ¿Qué había querido decir? Hizo memoria. La última vez que habían estado en aquel mágico lugar, la conversación había girado en torno al destino de los hombres y su búsqueda de respuestas para dar sentido a la vida. Habían hablado de las religiones y de la necesidad del ser humano de encontrar una explicación a su paso por el mundo. «Pregunta al mensajero», las palabras se repetían incesantemente en su cabeza. Cerró los ojos intentando concentrarse.
—¿Qué más?, ¿qué más?
Volvió a enumerar los sucesos de aquella tarde. Carlos había comentado cómo los cultos se superponían unos a otros a lo largo de la historia. Decía que bastaba prestar un poco de atención para encontrar retazos de antiguas creencias en muchas iglesias medievales. También habían hablado de cómo el cristianismo había asimilado las características de héroes y dioses paganos en los atributos de algunos santos.
—¡Eso es! —exclamó.
En ese momento, Rodrigo, uno de los técnicos del laboratorio, entró por la puerta.
—¿Qué te pasa? Parece que hubieras descubierto la penicilina.
Raquel se giró sobresaltada.
—Hola, Rodrigo. No, no me pasa nada, llevaba tiempo intentando acordarme de algo y me acaba de llegar la inspiración.
Sin dar pie a continuar la conversación, se volvió hacia el ordenador. «El mensajero», ¿qué santo era conocido como «el mensajero»? No lo recordaba, pero a un clic tenía todo el conocimiento de Internet. En el campo del buscador escribió «Santo Patrono Mensajeros» y pulsó la tecla Intro. En milésimas de segundo, entre los primeros resultados, apareció el nombre de «san Gabriel Arcángel».
—¡Ya lo tengo! —El tono de voz hizo que su compañero la mirara nuevamente sorprendido.
Escribió el nombre en el formulario que le impedía acceder al documento e hizo clic en el botón Aceptar. Frustrada, comprobó que no se abría: la contraseña era incorrecta.
—¡Mierda! ¿En qué estabas pensando, Carlos?
Su ansiedad por ver qué contenía aquel archivo crecía por momentos. Inspiró profundamente para intentar relajarse, luego se afanó nuevamente en la tarea.
—¿Cómo voy a preguntar al mensajero? Es una contraseña y estoy segura de que tengo el nombre correcto.
Antes de tirar la toalla, hizo un último intento. Fijándose en el campo donde tenía que teclear la palabra mágica, recordó algo que había leído no hacía mucho. Según el artículo de una revista especializada, la seguridad de una clave dependía de que en la misma se intercalaran distintos tipos de caracteres: mayúsculas, números, etcétera que dificultaban que pudiera ser reventada por los algoritmos de los hackers. Quizá Carlos había procurado proteger su mensaje utilizando una contraseña que contuviera alguno de esos símbolos. Volvió a probar suerte, esta vez escribió el nombre entre signos de interrogación «¿San Gabriel?». Inmediatamente el documento se abrió. Raquel suspiró aliviada, por fin podía saber qué era aquello tan secreto que su amigo le quería contar.
Gracias, Raquel, por intentar ayudarme, quiero que sepas que, a partir de este momento, no estás segura, vas a tener que tomar precauciones para que nadie sepa en qué estás metida.
Esta historia comienza al poco de conocernos. ¿Recuerdas la tablilla de cerámica que encontré en el Alcázar de Vascos al principio de la excavación? Según la hallé, intenté leer lo que decía, sabes que la escritura árabe no es mi fuerte, así que, aunque pude comprender algunos nombres, no entendí mucho más. Para satisfacer mi curiosidad, recurrí al profesor Jiménez. Como siempre, me prestó poca atención, no fue hasta última hora, tras la cena, cuando por fin conseguí hablar con él y enseñarle el descubrimiento. Se puso las gafas de culo de vaso que usa y me miró con su típico aire de superioridad. Tras observar la pieza, se dispuso a leerla con más detenimiento. Poco a poco, su sonrisa se fue convirtiendo en una mueca seria. No abrió la boca, durante unos segundos (que a mí se me hicieron días) simplemente pareció leer y releer aquellas líneas. Al cabo de un rato, por fin reaccionó. Me preguntó qué quería saber y respondí que lo que decía el texto. El tío me soltó la siguiente perla: «Pues mejora tu nivel de árabe antiguo, yo me quedaré con esto hasta que aprendas, tómatelo como un desafío». Se me debió de quedar cara de ser el hombre más tonto de la Tierra. No supe reaccionar. Al principio, decidí pasar del tema, pero no podía quitarme de la cabeza las palabras de ese idiota. Una semana después, me dije que tenía que hacer algo, recordé que había tomado un par de instantáneas del hallazgo con la Canon (la que me regalasteis el día de mi cumpleaños), así que me puse manos a la obra. Las fotos eran lo suficientemente nítidas como para distinguir los caracteres, por lo que después de varias consultas aquí y allá, terminé por entender el texto. Ahí va: «Bienaventurado el que puro de corazón, temeroso de Allah, recorra los cuatro caminos. Si su alma está preparada, hallará la recompensa. Por ella lucharon el bravo Táriq ibn Ziyad y el desventurado Muza ibn Nusair, mas solo pertenece a los que desean la voluntad del Todopoderoso. Si los tiempos de guerra han terminado, es hora de recuperar la herencia. Encuentra junto al camino del rey a los hombres que entregan su vida a Isa[3] (la paz sea con él) recuerda que…».
El pasaje llamó poderosamente mi atención, en un lenguaje oscuro de difícil adscripción, se mencionaba un botín que parecían haber disputado los caudillos que dirigieron la conquista sarracena de España. Por si no fuera suficiente, se daba también noticia de un lugar concreto en el que había que buscar algo. La lástima era que la pieza estaba rota y faltaba una parte del texto. Intrigado por el significado de la narración, decidí pedirle a Jiménez que me dejara ver nuevamente el fragmento de cerámica. Cuando me dirigí a él, se hizo el loco. Me dijo que no tenía nada, y que todos los hallazgos de la excavación estaban en el depósito. No volví a remover el asunto hasta que terminamos la campaña. A mediados de septiembre, una vez que el museo se hizo con la mayor parte de lo desenterrado, busqué sin éxito el pedazo de cerámica (la pieza catalogada con la referencia de la tablilla era una porción de vasija que nada tenía que ver con lo que yo había encontrado). No sabía qué hacer. Por evitar líos, opté por dejar correr el agua.
Hasta ahí todo bien, el problema fue que una noche, meses después, me quedé trabajando hasta tarde. Cuando me iba, al pasar por delante del despacho del profesor, vi que estaba ensimismado estudiando la dichosa tablilla. Jiménez la observaba y tomaba notas. Él no se dio cuenta, así que decidí desaparecer y meditar lo que iba a hacer. Al día siguiente, aprovechando la hora de la comida, entré en su lugar de trabajo. Busqué unos segundos por las estanterías con miedo a que me pillaran, pero no encontré nada. Cuando me iba, vi un cuaderno asomando en uno de los laterales de su cartera. Lo cogí y revisé las últimas páginas. Había varios dibujos de la pieza en cuestión y notas manuscritas. Con el corazón en un puño, fotocopié lo que pude. Al ir a devolverlo, atravesé el descansillo de las escaleras y lo oí subir; corrí y entré nuevamente en el despacho intentando dejar todo como lo tenía. No me cogió in fraganti por los pelos. Algo debí de hacer mal, porque a partir de ese momento se mostró sumamente hostil conmigo, supongo que se percató de que habían husmeado en sus papeles y yo tenía todas las papeletas para ser el principal sospechoso.
Lo que ha sucedido después te lo tengo que contar en persona. Contesta a esta dirección de correo y dime cuándo nos podemos ver.
Gracias otra vez.
Durante unos segundos, se quedó paralizada observando la pantalla del portátil. Su cabeza era un torbellino. Estaba desesperada por no poder levantar el teléfono y decirle a Carlos que había ido demasiado lejos. Sintió un dolor agudo en el pecho, sus temores de los últimos días se habían hecho realidad. Se culpó, quizá todo habría sido distinto si hubiera visto el mensaje antes de que tuviera el accidente.
El resto de compañeros habían empezado a llegar. Los saludos de buenos días de Luis y Cristina sonaron como un eco lejano. Ante la insistencia, por fin reaccionó:
—Perdonad, estoy todavía dormida.
Pasó la primera parte de la mañana haciendo conjeturas sobre lo sucedido. Después de meditar, resolvió que tenía que hablar con Jiménez para intentar averiguar algo. No mencionaría el correo de Carlos, simplemente le diría que había detectado una incongruencia entre los datos de campo de la excavación y el listado final de referencias. Para intentar sonsacarle, tampoco le pondría al corriente de su visita al laboratorio.
Llamó a la puerta del despacho y entró sin esperar autorización.
—Buenos días, ¿tiene un minuto? Me gustaría comentarle algo en relación con el catálogo de piezas de la excavación de Vascos.
—Tú me dirás —contestó Jiménez tuteándola con displicencia.
—El otro día, repasando las notas del cuaderno de campo de la excavación, comprobé que en el listado definitivo faltaba una referencia. Se trata de una pieza que apareció en la zona del Alcázar —dijo Raquel con el mayor aplomo del que fue capaz.
—No puede ser —respondió el profesor.
—Eso mismo he dicho yo.
—Quizá sea un error de transcripción, no obstante, echa un vistazo en el laboratorio para salir de dudas.
—Lo haré, gracias por atenderme.
—No hay de qué. Por cierto, te queda poco para terminar la beca, ¿no?
—Un par de meses, luego tendré que plantearme qué hacer.
—No puedo decirlo oficialmente, pero vamos a incorporar dos personas, una en este departamento. Si estás interesada, tienes muchas oportunidades de conseguir la plaza, basta con que sigas haciendo las cosas como hasta ahora.
—Suena bien —acertó a decir Raquel—. Tengo que madurarlo, también había pensado en doctorarme fuera de España.
—Tú verás, pero aquí tienes una oportunidad.
—Gracias, lo pensaré. Me voy a ver lo de la referencia, en cuanto sepa algo, le digo.
El profesor se revolvió incómodo en la silla, la conversación que acababa de mantener confirmaba que Carlos se había ido de la lengua y que Raquel estaba al tanto. Se consoló pensando que ya había puesto los medios para controlar la situación. De cualquier modo, tenía que informar a sus mecenas. Esperó unos segundos, cogió el teléfono y realizó una llamada. En perfecto inglés, le pidió a la operadora que le pasara con el señor Abergel. No tuvo que esperar mucho, a los pocos segundos su interlocutor contestó.
—Otra persona está husmeando donde no debe —dijo Jiménez sin más preámbulo.
—Aseguró que esto iba a ser fácil y no paran de surgir c
