Capítulo 1
Felipe estaba en el despacho de su casa y no podía creer lo que estaba leyendo en el periódico. Cómo se atrevía Juliana a anunciar su boda por todo lo alto, ¿acaso había olvidado que ella ya era una mujer casada y que además era su esposa? ¿Podía ser que la muy cobarde lo hubiera abandonado al otro día de su boda por miedo a enfrentar a sus familias? Él, enamorado como estaba, pensó que juntos enfrentarían todos los obstáculos, pero no, el miedo pudo más que el amor que él sabía perfectamente que sentían el uno por el otro. Muy disgustado, arrojó el periódico lejos y sus recuerdos los mandó a lo más profundo de su cabeza de donde jamás debieron de haber salido, agarró el teléfono y llamó a su amigo Jorge, quien era el único que sabía sobre su boda y la fuga de la novia.
Jorge contestó al tercer timbrazo.
—Felipe, ¿qué sucede?
—¿Es que acaso no has leído aún el periódico de hoy?
—A decir verdad todavía estaba en la cama, pero dime qué sucede. —La voz de Felipe sonaba furioso, dolido y herido, y él sabía perfectamente bien quién era la causante de ese estado de ánimo en su amigo.
—Pues levántate y ven inmediatamente.
—Y ahora qué te hizo. —No mencionó el nombre de Juliana, pero no era necesario, ambos sabían de quién hablaban.
—Pretende casarse.
—Espérame ahí, no te muevas, voy para allá.
—Y a dónde crees que puedo ir.
—No lo sé, puedes hacer alguna locura.
—La vida, hace algunos años, me enseñó que es muy malo dejarse llevar por las emociones. —Con esto se refería a su loco matrimonio con Juliana, había sido un joven enamorado.
Felipe todavía recordaba con amargura la tarde que se encontró a Juliana en Las Vegas, en una conferencia de tecnología. Se veía hermosa en una falda tubo negra y una blusa amarilla; era toda elegancia.
—Juliana, qué sorpresa.
—De qué te sorprendes, es obvio que iba a asistir. Mi padre me mandó a trabajar en la búsqueda de nuevas tecnologías, supongo que están en la misma misión que yo.
—Sí, es una lástima que estemos en diferentes bandos.
—Hace unos años lo estábamos.
Sus familias habían sido socias, pero de un día para otro la sociedad se disolvió y con ella la amistad. Felipe siempre había estado enamorado de Juliana, todavía lo estaba, pero no la podía perdonar por haber dañado de esa manera su orgullo. Cuando la conferencia terminó, él se fue a un bar, para ahogar sus penas porque lo que más le apetecía era estar con Juliana.
Ella había perdido su virginidad con él, ese día se habían prometido amor y todo iba muy bien hasta que sus familias se habían enemistado. A pesar de los años transcurridos, no había logrado olvidarse del sabor de los besos de Juliana ni de la suavidad de su piel, por eso, cuando ella se sentó junto a él en el bar, solo se dejó llevar. Hoy día recordaba con amargura, pero cómo la amaba.
—¿Qué haces?
—¿No lo ves?
—Feli, no me refiero a eso. —Hacía tanto tiempo que no lo llamaba de ese modo, solo ella lo llamaba por aquel apelativo.
—No me hagas esto. —La amaba con toda su alma, pero sabía perfectamente que su familia se opondría.
—¿Crees que para mí es más fácil? —Ella recordaba cómo había llorado después de una cena de negocios donde se encontró con Felipe y su amante en turno. Desde que ellos se habían separado, él no había tenido una relación formal, todo el mundo creía que pronto lo superarían ya que eran muy jóvenes.
Felipe se había refugiado en su trabajo, pero todo el mundo creía que por su cama había pasado una infinidad de mujeres; y Juliana, en sus estudios y en el trabajo que tenía en la empresa de su familia; pero por más ocupados que estuvieran siempre que podían pensaban el uno en el otro y anhelaban volver a estar juntos, se habían prometido que a pesar de las circunstancias que los separaban un día volverían a estar juntos, hasta el día que se casaron ambos lo creían, pero Felipe nunca le perdonaría que lo hubiera abandonado.
—Juliana, ¿qué haces aquí?
—La conferencia. —Ella sabía que no se refería a la conferencia, sino ahí con él.
—Juli, yo te amo, siempre lo he hecho y siempre lo haré, cásate conmigo, nuestros padres no nos podrán separar. —En aquel momento ya tenían veintitrés años.
—Sí. —Fue todo lo que Felipe necesitó para dejar de pensar en las consecuencias.
Juliana no podía creer que estuviera organizando su boda, esperaba en el fondo de su corazón que Felipe la siguiera amando y decidiera ir a impedir la boda, pero sabía que era una tonta al pensar así. Ella lo había abandonado y él nunca la perdonaría, había sido tan tonta al abandonarlo por temor a la ira de su padre, ira de la que no se libró cuando descubrió que estaba embarazada. Su padre le había exigido que le dijera el nombre del padre de su hija, pero ella nunca se lo diría, qué pasaría si algún día Felipe se enteraba de la existencia de su hija, recordaba cómo en su noche de bodas habían hecho el amor como si no existiera mañana.
—Feli, te amo —le había dicho ella en medio de besos.
—No tanto como yo.
Pero a la mañana siguiente, se llenó de miedo y por más que él dijo que no permitiría que sus padres los separaran, ella se marchó sin saber que su vida no volvería a ser la misma. Su padre la despreciaba a igual que a su pequeña Hanna.
—Juliana, algún día me dirás de quién es hija esa bastarda.
—Padre, deja de llamar a mi hija así.
—Pero es lo que es. —Si su padre supiera la verdad, la odiaría todavía más. Su pequeña Hanna era hija nada más y nada menos que de Felipe Nájera, y además, su hija no era ninguna bastarda, ya que ella estaba casada con el padre de esta.
Cuando Jorge llegó al despacho de su amigo, nunca esperó encontrarlo en ese estado, estaba desecho. El anuncio de la boda de Juliana lo afectaba más de lo que estaba dispuesto a aceptar.
—Felipe, ¿qué sucede?
—Jorge, en qué mundo vives que me preguntas eso.
—¿No me digas que estás así por lo de Juliana?
Y no se lo diría, era verdad, en el pasado la había amado, pero hoy día solo sentía un enorme resentimiento por ella que había huido al amanecer. Recordaba con amargura cómo le había suplicado que no lo abandonara.
—Juli, no me dejes, yo te amo.
—Yo también te amo, Felipe, pero mi padre no me lo perdonará.
—Pues si sales por esa puerta, no vuelvas. —Él había creído que con eso la iba a detener.
—Lo siento, pero no me puedo quedar, te amo, pero le tengo muchísimo miedo a mi padre. —Desde el momento en que Juliana salió por la puerta, Felipe se juró que no le volvería a entregar su corazón a ninguna mujer. Él había sido fiel a una mujer que era obvio ya se lo había olvidado, ya que pretendía casarse con otro hombre.
—No me amas, porque si me amaras te quedarías junto a mí a enfrentar el mundo si fuera necesario para estar juntos. —Felipe recordaba que había llorado horas después de que Juliana se marchara, pero eso era algo que nunca diría.
En ese momento, salió de sus pensamientos, ya que Jorge le estaba diciendo algo.
—Felipe, ¿me estás escuchando?
—Perdón, ¿qué me decías?
—Te estaba preguntando qué piensas hacer. —Cuando la conferencia se terminó, Felipe había quedado destrozado por el abandono de su estrenada esposa y, cuando volvió, no se veía mejor. Su amigo Jorge había estado siempre para él y una noche en una borrachera le había confesado cómo se había casado y sido abandonado por su esposa; la sorpresa de Jorge fue enorme cuando se enteró que la esposa de su amigo era Juliana Oviedo.
—No lo sé, lo único que te puedo decir es que esa boda no se llevará a cabo.
Los días transcurrían y entre más se acercaba la boda de Juliana más era palpable la amargura de Felipe. Una mañana, su padre lo mandó llamar. Cuando se presentó en su despacho, no se imaginaba nada del asunto a tratar.
—Ana, mi padre me mandó a llamar —le informó a la secretaria de su padre.
—Lo está esperando, pase —contestó la secretaria.
—Padre, me mandaste a llamar.
Juliana no podía creer que su padre la estuviera obligando a casarse solo para deshacerse de ella, ya que muchas veces le había dicho que ella era una gran decepción en su vida. Había sido tan tonta al dejar a Felipe; era algo de lo que llevaba arrepentida desde siempre, ella todavía lo amaba, pero estaba segura de que él no la perdonaría y se lo merecía.
—Juliana, cariño, ¿cómo estás?
—Hola, Javier.
—Se nota lo emocionada que estás con mi visita.
—Deberían de estar contentos, ya que en unas semanas nos casamos.
—La verdad es que yo estoy muy contento, pero a la que no se le nota es a ti.
—Qué quieres que te diga, no me hace ilusión casarme con alguien a quien apenas conozco. —En ese momento la pequeña Hanna llegó.
Juliana la tomó en brazos.
—Mi pequeña, tan guapa, cada día que pasa te pareces más a tu padre. —En ese momento Juliana se dio cuenta del error que había cometido.
—¿Sabes quién es el padre de esta pequeña? —Juliana le dio una bofetada a Javier.
—No me insultes, claro que sé perfectamente quién es el padre de mi hija o
