Haz que no parezca amor

Roy Galán

Fragmento

cap-2

chiquitito,
dime por qué

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Hola, Roycito.

Yo también soy Roy, pero el de después.

Sé que a veces me imaginas.

Estoy más gordo de lo que crees y no soy rico ni puedo volar.

Yo te pienso, pero a veces me tengo que inventar lo del medio.

No recuerdo haber estado sentado en la parte trasera de esa camioneta.

Ni sentir el elástico del pantalón debajo de las rodillas.

Hay un mar y un poste.

Seguirán estando ahí ahora, aunque yo no sepa dónde es.

A veces lo peor de todo es no tener a quién preguntarle dónde o cómo era.

Lo peor de todo es no tener respuestas ni besos en los cachetes que suenan a pedos.

Lo mejor de todo es que sigues aquí, Roy.

Que sigues vivo.

Sé que tienes mucho miedo a que tu madre se muera y que cada vez que pasas un túnel tocas el techo del coche y pides que se cure.

No lo hará, Roy.

Toda materia ha de desaparecer: las manzanas, la piedras y las personas.

Sé que pensarás que ha sido culpa tuya por no haber devuelto aquella película de terror al videoclub.

No tiene nada que ver con eso, Roy.

Todos nos morimos, aunque seamos buenos.

Sé que crees que eres muy torpe porque cuando juegas a las palas en la playa eres la única persona capaz de lanzar la pala junto con la pelota y taparse la cara.

No te voy a decir que serás deportista de élite, Roy.

Pero al menos tienes el carnet de conducir.

Sé que separas tu camisetita del cuerpo para que no se te marquen las tetas y que te pones un cojín sobre la barriga cuando te sientas en el sofá.

Eres muy bonito, Roy.

No te van a querer más por adoptar una forma más pequeña.

Sé que estudias y sacas buenas notas para parecer inteligente y que la gente te admire.

No te va a servir de nada, Roy.

No serás aquello que sabes, serás aquello que haces.

Sé que te preocupa que te dejen de hablar cuando se enteren de que te gustaría dormir abrazado a otro chico.

Te dejará de preocupar, Roy.

Y dormirás abrazado a algunos chicos y será muy guay.

Sé que quieres decirle a todo el mundo que cuando te echas agua a presión en tus partes te dan calambres de gusto por todo el cuerpo hasta que te quedas tranquilito.

¡No lo digas!

Ellos también lo hacen y no dicen nada.

Sé que lo vas a pasar mal, Roy.

Pero quiero decirte algo.

Todo tu sufrimiento va a servir para que yo ahora esté bien.

Por cada una de las veces que aprietes la mandíbula y llores de rabia, yo miraré una puesta de sol y daré las gracias.

Por cada una de las veces que no quieras levantarte de la cama, yo escribiré para otros.

Por cada una de las veces que te des asco, yo me aceptaré.

No estás solo, Roy, estás conmigo, siempre.

Y yo soy alguien bueno gracias a ti.

No hace falta que pienses mucho en mí, Roy.

Tú solo juega a la vida.

Que yo recogeré después.

Tus actos no tienen que ser importantes.

Tienen que estar llenos de ternura y verdad que has de dejar a los demás.

Algún día no existiremos ninguno de los dos.

Habrá un mar y un poste.

Y enredaderas que crecen en las ruedas de una camioneta.

Habrá terremotos, hielo y rayos.

Y demasiado sol quemándolo todo.

Y luego nada.

Solo un punto.

Brillo.

Y silencio.

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De pequeño yo era carne de acoso.

Estaba gordo, tenía pluma, era empollón y bastante torpe, mi familia no era tradicional y mi madre estaba visiblemente enferma.

Todo aquello que hace que los demás te tengan pánico.

Porque si no eres como ellos pero eres feliz entonces estás cuestionando su propia felicidad.

¿Cómo va a estar bien si es todo lo que yo no soy?

La infancia es un campo de batalla en el que no hay cuerpos, sino espejos.

No hay piel, sino reflejos.

Y lo que queremos es atravesar ese campo de la mano, sentirnos protegidos y a salvo.

Pero para que algunos estén a salvo otros tienen que pisar las minas.

De pequeño yo pisé muchas minas.

Pero ninguna estalló.

Cuando nos dijeron que lleváramos nuestro juguete favorito al colegio, yo llevé mi Barbie.

Recuerdo el final del día, solo, sentando en un banco de cemento.

Y una niña de doce años que vino a hacerme compañía.

«Qué guapa es.»

Y yo asentí y le dije que tenía otro vestido más y ella me pidió que otro día se lo enseñara.

Cuando me apunté a kárate el último día de clase el resto de compañeros me tiraron los zapatos a la basura y tuve que volver descalzo a casa.

Me hicieron un favor porque yo no quería ir a kárate, yo lo que quería era hacer teatro, y eso fue lo que hice.

Cuando me hice un agujero en la oreja y me puse un pendiente, mis amigos y mis amigas me dijeron que mientras no me quitase «eso» no volverían a hablarme.

No me lo quité y no pasó nada.

Cuando en el recreo se extendió el rumor de que mi madre se iba a morir de algo contagioso, fui y busqué a la niña que lo había dicho y delante de todo el mundo le grité que ella no podía hablar de cosas que no eran suyas.

Cuando alguien me persiguió al grito de «¡Maricón!» para pegarme por llevar un chándal rosa, yo corrí, pero luego me giré y le dije: «¡Pégame!».

No lo hizo.

Cuando somos niños, todo es verdad.

Yo tenía dos realidades.

La de mi hogar y la de fuera.

Así que cada vez que pisé una mina tuve que elegir con qué quedarme.

Me quedé con la cara de mi madre al verme abrir la caja de la Barbie.

Me quedé con el día que mi madre fue a hablar con la profesora de teatro para que me diera un papel más importante porque yo era especial.

Me quedé con el día en que me puso el pendiente y me dijo lo guapo que estaba.

Me quedé con el día en que nos dijo que se iba a morir, pero como todos y todas.

Me quedé con el zumo de naranja que le preparaba mi otra madre cada mañana.

No podemos evitar que nuestros hijos e hijas sufran.

Lo que podemos es respetarlos.

Darles la verdad del afecto.

Espejito, espejito, ¿qué es lo más hermoso de este reino?

Ser y estar.

Eso es lo más hermoso.

De pequeño yo tuve un refugio.

Un poder.

El saber que aquellos que querían herirme estaban equivocados.

Y ahora cuando siento miedo.

Porque todos tenemos miedo a que no nos quieran.

Regreso a ese niño.

Regreso a esa casa en la que crecíamos cuatro personitas.

Regreso al regalo abierto y al zumo.

Me giro.

Y digo.

Abrázame.

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Ella se llamaba Carla.

No murió de una enfermedad terminal. No la secuestraron en una feria de pueblo y la enterraron en cal. Tampoco se escapó de casa con su primer novio para vender pulseras en un mercadillo europeo.

No.

Carla saltó voluntariamente desde un acantilado de Gijón a los catorce años.

Carla estudiaba en un colegio católico llamado el Santo Ángel de la Guarda. Un colegio que favorece el encuentro con uno mismo, con su entorno y con Dios. Un colegio en el que sus compañeros de clase la llamaban bizca y bollera, y la rociaban con aguas fecales.

Topacio, un ojo para allí y otro para el espacio.

Carla tenía estrabismo en el ojo derecho y se lo tapaba con el flequillo. Había confesado cierto gusto por chicos y por chicas. Le gustaba Pablo Alborán y quería ser médico. También cantaba por lo bajito. Eso, en su casa. En el colegio era la Virola.

Así, aguantó año tras año que esos chicos y chicas misericordiosos se apiadaran de sus diferencias. Esperando que en algún momento alguien se percatara de que lo que estaba sucediendo no tenía por qué estar sucediendo. Estuvo aguantando la mierda de otros y esperando que alguien la limpiara.

Pero nadie hizo nada.

Carla se levantó una mañana, se vistió, llego al bordé y saltó.

Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. No me dejes solo que me perdería.

La dejaron sola.

Pienso en ella, en Carla. En esa chica que quizá estaba enamorada de una compañera de clase rubia que usaba vaqueros desteñidos y tenía un tic en la boca. O tal vez le gustaba ese otro chico con gafas que estaba todo el día pegado al móvil. Tal vez fantaseó con un primer beso.

Y ahí me rompo.

Tal vez Carla nunca probó el helado de pistacho. No vio a Pablo Alborán cantar en directo. No llegó a comprarse aquellas zapatillas fucsias tan chulas. Tal vez no acabó de leer el último libro de la trilogía de Divergente y no sabe lo que sucede con Tris.

Divergente, que no encaja en ningún lugar.

Pienso en ese libro, en la mesilla, con la esquina en la página 199 doblada, para seguir, para continuar luego. Y en su madre, días después de enterrarla, desdoblando esa esquina y colocando el libro en la estantería.

Ahí me rompo de nuevo.

Tal vez Carla nunca sintió que la desearon, nunca sintió el abrazo desnudo de alguien que la mirara fijamente y que le hiciera sentir que tumbados todos tenemos la obligación de mirar hacia el espacio.

Y casi no puedo seguir.

Pienso en mí. En ese niño gordito, empollón, con pluma. Pienso en cuando me llamaban «maricón», cuando me decían «fofo», cuando se metían con el primer bigote antes de que nunca me hubiera afeitado. Cuando se burlaban de mis zapatos porque no eran los de todos y yo cogía y recortaba etiquetas en otros sitios para pegarlas y aparentar ser como el resto. Pienso en el momento en el que dejaron de hablarme porque me puse un pendiente. Recuerdo cuando empezó a decirse que mi madre estaba enferma y que igual era contagioso.

Pienso en cuando mi maestra del colegio en una tarjeta de Navidad me escribió: «Es loable no perjudicar al resto, pero es más importante impedir que nos dañen».

Yo tuve otra oportunidad.

Yo probé el helado de pistacho y vi a Manolo García en directo. Me compré mi primer CD de música con mi paga. También me hicieron llorar en una cama al sentir que era mucho más que el cuerpo que me sostenía.

Acabé de leer Cien años de soledad y sé que Aureliano dio un salto.

Igual que Carla dio un salto.

Lo que pasa es que ella creyó que la paz residía en otro lugar.

Pienso en su madre y en que ahora ella solo puede acariciar el papel de una fotografía. Lo mismo que puedo hacer yo con mi madre.

Ella se llamaba Carla y ya no está en el mundo.

Lo siento mucho.

Me hubiera gustado que supieras que podías haber sido tremendamente feliz a pesar de todo.

A pesar de todos.

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Olvidamos demasiado pronto que una vez fuimos chiquitos.

Que el mundo se abría como una fruta madura bajo nuestros pies cada vez que saltábamos de la cama.

Todas nuestras primeras veces.

Olvidamos nuestro primer mar.

Nuestro primer vaso de agua.

Nuestro primer sol.

Nuestra primera lengua rozando un diente.

Nuestra primera palma de la mano apoyada en una pared.

Olvidamos demasiado pronto que nos cuidaron.

Que necesitamos de alguien para que nos limpiara.

Para que nos atara los zapatos o nos alimentara.

Para que vigilara que no nos cayéramos y para, si nos caíamos, que volvíamos a levantarnos.

Para cuidarnos.

Olvidamos demasiado pronto que no siempre fuimos las personas que somos hoy.

Plagadas de cansancios, desamores y facturas.

Llenas de cinismo.

Sin apenas creer ya en casi nada.

Olvidamos demasiado pronto que la vida fue mucho más sencilla.

Que bastaba con el ahora.

Que cada instante era una sorpresa.

Que también hemos venido a jugar.

Sin tomarnos tan en serio.

Sin hacer de todo un drama.

Sin permitirnos fallar.

Olvidamos demasiado pronto que esta realidad no va a ser para siempre.

Que las obligaciones son excusas para

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