Adaptación del texto: Jaume Prat Vallribera.
Ilustraciones: Javier Martín Caba.
Textos inspirados en las novelas originales de:
Arthur Conan Doyle, Alejandro Dumas, Baronesa Orczy,
Emilio Salgari, Herman Melville, Jonathan Swift, Julio Verne,
Mark Twain, Rafael Sabatini, Robert Louis Stevenson
y Walter Scott.
© de esta edición: PRHGE Infantil, S. A. U. (anteriormente RBA Libros, S. A.), 2021.
PRHGE Infantil, S. A. U. es una empresa del grupo
Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.
Travessera de Gràcia, 47-49, Barcelona 08021.
Edición en formato digital: octubre de 2021.
MOLINO
ISBN: 978-84-272-2551-0
Diseño del interior y de la portada: Lookatcia.com.
Composición digital: El Taller del Llibre, S. L.
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Ilustrado por JAVIER MARTÍN CABA
AdaptacI n de JAUME PRAT
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de aventuras de todos los tiempos
Ó
Índice
la isla del tesoro6
los tres mosqueteros21
Ivanhoe39
moby dick59
El capitán blOOd74
los viajes de gulliver91
el príncipe y el mendigo113
el COrsario negro132
El mundO perdiDO154
la pimpinela escarlata169
La esfinge de los hielos190
6
la isla del tesoro
Mi nombre es Jim Hawkins y vivo con mis padres en la posada del Almirante Benbow, cerca del puerto de Bristol, en Inglaterra.
Recuerdo como si fuera ayer todo lo que sucedió durante el viaje a la Isla del Tesoro. Me hallaba de pie junto a la ventana, contemplando distraídamente el camino que conducía a Bristol, cuando vi acercarse a una extraña figura.
Tan pronto como se plantó ante la puerta, mi inquietud fue en aumento: parecía un marinero, y le seguía un criado que arrastraba un gran baúl en una carretilla. Era corpulento, muy moreno, e iba vestido con una casaca azul de cuyos pliegues sobresalía la gastada empuñadura de un gran sable.
Lucía la típica coleta de los marinos, y una larga y lívida cicatriz le cruzaba la mejilla. Iba silbando, sin mirarme, mientras oteaba con disimulo la cala que se extendía a los pies de la posada. De pronto, rompió a cantar, con una voz ronca, encallecida por el ron: «Quince hombres en el cofre del muerto…Ya-ho-ho, ¡y una botella de ron!».
Poco podía imaginar yo que aquella canción me haría estremecer de miedo varias veces en el transcurso de la aventura que acababa de comenzar.
Robert Louis Stevenson
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Cuando la extraña pareja entró en la posada, el viejo marino pidió un vaso de ron, se lo bebió de un solo trago, arrojó unas monedas de oro sobre el mostrador y dijo que pensaba hospedarse allí unos días, viendo cómo zarpaban los barcos, su distracción favorita. Y se me quedó mirando con sus astutos ojillos entrecerrados:
—Pareces un muchacho avispado —graznó—. E imagino que no te importará ganarte algún dinerito.
Tras decir esto, lanzó sobre el mostrador una moneda de plata y continuó, sin que yo, con los ojos muy abiertos, alcanzase a pronunciar una sola palabra:
—Cada mes te daré una de estas si vigilas el camino y me avisas inmediatamente si ves acercarse a un marinero con una sola pierna y una muleta. Y he dicho «inmediatamente».
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Pasaron los meses y no se acercó ningún hombre cojo, pero el capitán —así se hacía llamar, «capitán Billy Bones»— me pagaba puntualmente, aunque no hacía lo mismo con los infinitos vasos de ron que se bebía un día tras otro. Empinaba el codo como un auténtico pirata y contaba historias espeluznantes de ahorcados, tempestades y extraordinarias aventuras por los mares de América. Empecé a pensar si no sería uno de esos temibles bucaneros…
Una fría noche de invierno que el capitán había bebido demasiado, el doctor Livesey, que además era el magistrado del pueblo, vino a ver a mi padre, que estaba enfermo. Tras recriminar al capitán sus constantes gritos y fanfarronerías, le amenazó con arrestarle si volvía a sacar su cuchillo y amenazar a alguien. Fue la única vez que vi a Billy Bones darse por vencido.
Durante aquel invierno se produjeron dos acontecimientos que cambiarían para siempre mi vida, tan tranquila hasta entonces. El primero es que mi padre murió a causa de su larga enfermedad. El segundo tiene como protagonista al capitán, que había salido a una de sus acostumbradas excursiones por la playa para otear el horizonte con su catalejo; algo que hacía casi cada día, como si esperase la llegada de algún barco.
Yo estaba preparando la mesa para el desayuno cuando de repente se abrió la puerta y entró un tipo siniestro al que le faltaban dos dedos de la mano izquierda. Pero no era cojo, así que no me molesté en avisar al capitán. Cuando este llegó y vio al desconocido, su expresión se ensombreció:
—¡Perro Negro! ¿Qué has venido a buscar aquí? —exclamó.
—Sentémonos a beber un trago de ron, Bill, y te lo explicaré, viejo camarada —replicó el otro.
No tuve tiempo de volver con el ron, pues cuando me dirigía a la puerta se oyeron gritos y terribles juramentos, ruido de sillas y mesas cayendo, todo mezclado con el sonido metálico de sables entrechocando. Y de pronto un grito terrible. Perro Negro salió huyendo, con un reguero de sangre que teñía su hombro izquierdo. El capitán parecía aturdido, aún con el sable en la mano.
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—¡Jim, ron! —Al hablar se tambaleaba y tuvo que apoyar una mano en la pared para no caerse—. Tengo que irme de aquí ahora mismo. ¡Ron, ron!
Fui a buscar el ron, pero cuando volví el capitán se había desplomado en el suelo cuan largo era. Apareció mi madre, alertada por el estruendo, y cuando nos preguntábamos qué hacer apareció el doctor Livesey, que enseguida nos dijo que el capitán había sufrido un ataque al corazón. Desde aquel día no volvió a ser el mismo: estaba muy debilitado y a veces desvariaba, hablando de todas las cosas espantosas que había visto en sus viajes… y de un tal Flint, que se le aparecía por las noches, mirándolo aviesamente desde un rincón.
Un día me dijo que le habían descubierto y que querían robarle lo que era suyo. Y que por eso habían enviado a Perro Negro: para robarle su baúl.
—Si ves que se acercan —susurró—, coges un caballo, te vas donde el medicucho ese y le dices que llame a todos los que pueda, jueces y eso, porque tendrán aquí a todos los piratas, a todos los que quedan de la tripulación del capitán Flint. Yo era el primer oficial, y soy el único que conoce el sitio…
Al día siguiente el capitán murió y yo le conté a mi madre todo lo que me había dicho, y como nos debía mucho dinero, decidimos revisar sus pertenencias para ver si podíamos recuperar algo. Abrimos el baúl… ¡y en el fondo encontramos una bolsa llena de monedas de oro y un curioso paquete de hule cosido!
Apenas tuvimos tiempo de contar las monedas cuando oímos el estrépito de gente acercándose a la posada y tratando de forzar
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la puerta. Salimos por detrás y nos ocultamos tras unos matorrales. Vimos a siete u ocho figuras, con faroles, que derribaron la puerta y entraron en la posada.
—¡Bill está muerto! —gritó uno.
—¡Buscad el baúl, los papeles de Flint y el mapa han de estar ahí! —chilló otro.
Era la segunda vez que oía nombrar al misterioso Flint. Y entonces los piratas —porque ya me había convencido de que no podían ser otra cosa— empezaron a discutir entre ellos y se enzarzaron en una pelea por el oro que habíamos dejado. Entonces llegaron unos funcionarios de hacienda, armados, y los piratas huyeron en desbandada.
Al día siguiente mi madre volvió a la posada y yo me dirigí a casa del doctor. Quería contarle todo lo que sabía. No estaba, y me acompañaron hasta la mansión del caballero John Trelawney, que era magistrado y uno de los hombres más ricos, influyentes y respetados de la región.
Les conté todo lo que había sucedido y, cuando mencioné el nombre de Flint, el señor Trelawney saltó de su asiento:
—¡No me diga que conoce al tal Flint! —dijo el doctor Livesey, sorprendido.
—¡Que si le conozco! —exclamó el señor Trelawney—. Es el más sanguinario pirata que haya surcado jamás los mares. Y parece que acumuló un gran tesoro que todavía nadie ha encontrado, o al menos eso se dice en todas las tabernas de estas costas.
Entonces el doctor sacó de su bolsillo el paquete de Billy Bones que yo le había entregado y lo abrió: dentro había un libro y unos papeles sellados. El libro resultó ser la contabilidad de un período de veinte años: una lista de los botines conseguidos por el pirata elaborado por su primer oficial… «¡el señor Billy Bones!». A esta sorpresa siguió otra mayor, pues uno de los papeles sellados era el mapa de una isla, con todas las indicaciones necesarias para llegar hasta ella, y tres cruces rojas. Junto a una de ellas, esta anotación: «Aquí está lo principal del tesoro», firmada con las iniciales «J. F.».
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¡Tenían ante sus ojos el mapa con la localización exacta del lugar donde estaba oculto el fabuloso tesoro del pirata Flint! Con razón perseguían a Billy Bones sus antiguos camaradas de fechorías…
No tardó ni un minuto el impetuoso señor Trelawney en tomar una decisión: marcharía inmediatamente a Bristol para comprar un barco y enrolar a una tripulación: ¡iban a buscar el tesoro! El doctor dijo que le acompañaría y que también debía ir yo, pues aquella aventura no hubiera podido tener lugar de no ser por mí.
Algunas semanas más tarde, todo estaba a punto para zarpar de Bristol en La Hispaniola, una esbelta goleta con aspecto de ser muy marinera. El señor Trelawney había contratado en las tabernas de Bristol a un grupo de hombres variopinto y a Alexander Smollet, un capitán de gran experiencia que había luchado en muchas batallas navales. Nos acompañarían, además, tres de los criados del señor Trelawney.
Sin embargo, el personaje más notable de todo el grupo era sin duda el cocinero, al que llamaban Long John Silver y que más bien parecía el jefe del grupo, pues todos le hacían más caso que al capitán Smollet. Este, por su parte, no se mostró demasiado satisfecho, pues no había podido escoger a la tripulación entre gente de su confianza.
La primera vez que vi a Long John me asaltó una duda: ¿No sería el hombre cojo que tanto recelo despertaba en Billy Bones? Pero me convencí de que era imposible, porque el cocinero, aunque le faltaba una pierna y se movía con agilidad gracias a su muleta, era un hombre afable, de mirada inteligente y que sonreía sin cesar. Casi siempre andaba de un lado a otro con un gran y colorido loro sobre el hombro. Un loro al que llamaba «capitán Flint», como el famoso pirata, y que no paraba de soltar palabrotas y juramentos.
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Durante la travesía, que duró varias semanas, tuvimos de todo, tormentas y calmas chichas, pero la tripulación estaba contenta y todo transcurrió sin grandes novedades. Hasta que un día, cuando ya estábamos muy cerca de la isla, un suceso fortuito convirtió aquella prometedora aventura en un escenario tenebroso.
Me había dirigido a la gran barrica llena de manzanas que el capitán había ordenado colocar junto al palo mayor. Cuando vi que solo quedaba una en el fondo, no tuve más remedio que meterme en su interior para alcanzarla.
Y cuando estaba allí, dentro del gran tonel, pude oír que alguien se acercaba y se sentaba a su lado. Me quedé inmóvil, para evitar que me riñeran por llevarme la última de las manzanas. Y esto es lo que dijo Long John:
—No, yo no, el capitán era Flint, el mejor de todos los bucaneros. Yo era el oficial de banderas. Reunimos un fabuloso tesoro desvalijando un barco tras otro. Un tesoro que estamos a punto de recuperar.
—Eso si el maldito capitán Smollet, el medicucho y el aristócrata ese con sus criados
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no lo hacen antes —protestó una segunda voz—. ¿Qué piensas hacer con ellos, abandonarlos en una isla desierta?
La conversación me paralizó. Aquellos simpáticos marineros, con el sonriente Long John Silver al mando… ¡eran en realidad los sanguinarios piratas del capitán Flint! Pero lo que respondió Long John me dejó helado:
—Lo mismo que hubieran hecho Flint o Billy Bones… los muertos no molestan.
Justo entonces la luz de la luna llena iluminó el fondo de la barrica. «Me van a descubrir», pensé. Pero el grito del vigía lo impidió: «¡Tierra a la vista!». Los piratas salieron corriendo y yo, tiritando de miedo, me escabullí de la barrica y corrí a contarles a mis compañeros la funesta noticia, mientras toda la tripulación se reunía en cubierta para contemplar la Isla del Tesoro.
Long John Silver afirmó que ya había estado allí cuando era cocinero de un barco mercante (otra de sus mentiras), y que podrían fondear junto al islote llamado del Esqueleto. El capitán Smollet sacó un mapa, y entonces el brillo de los ojos de Long John se apagó enseguida al ver que no era el de Billy Bones, sino una copia sin las cruces que marcaban los lugares donde estaba enterrado el tesoro.
—Sí, señor, sin duda nos hallamos ante la isla que describe este mapa —afirmó, recuperando al instante su hipócrita sonrisa.
Cuando el capitán, el señor Trelawney y el doctor Livesey se reunieron en el alcázar me acerqué a ellos, temblando todavía, y les relaté lo que había oído. El doctor y el señor Trelawney quedaron estupefactos; no así el capitán, que desde el primer momento había expresado sus dudas sobre la tripulación y sobre la honradez de Long John. Y ya tenía un plan:
—Es imprescindible que crean que no conocemos sus intenciones, y que actuemos como si no pasara nada. Nos apoderaremos de las armas y la pólvora, y desembarcaremos a escondidas en la isla. Allí nos refugiaremos en el pequeño fortín que hay frente al fondeadero, con los marineros que permanezcan fieles. Porque si nos atacan aquí en el barco —y les aseguro que no tardarán en amotinarse—, somos hombres muertos.
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El capitán reunió entonces a los marineros, y les dio permiso para bajar a tierra, lo cual les entusiasmó, ya que estaban ansiosos por explorar la isla y buscar el tesoro. Long John, al que todos obedecían ya como si fuese el auténtico capitán, organizó el desembarco, dejando a bordo a seis de sus fieles para controlar la situación.
Fue entonces cuando tomé otra de esas decisiones que al final resultarían cruciales: decidí ocultarme en uno de los botes y explorar también la isla por mi cuenta. Cuando mi bote llegó a la orilla, salté a tierra el primero y me escabullí entre los matorrales.
Estuve vagando entre la extraña vegetación, con plantas y flores que no había visto nunca,
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cuando oí una conversación: eran Long John y Tom, uno de los marineros contratados por Trelawney. Discutían, en voz cada vez más alta… De repente un desgarrador grito hizo que todas las aves del pantano levantaran el vuelo.
—¿Qué ha sido eso, Silver? —preguntó el marinero, alarmado.
—Debe haber sido tu amigo Alan, que tampoco atiende a razones —contestó Silver, con los ojillos malévolamente entrecerrados.
Y, sin darle tiempo a protestar, alzó su muleta y golpeó con todas sus fuerzas al pobre Tom, que quedó tendido en el suelo, y después lo apuñaló hasta acabar con su vida. Long John estaba limpiando el campo de futuros adversarios.
Eché a correr, muerto de miedo: ¡el simpático cocinero era un asesino sanguinario! Pero de repente, un nuevo e inesperado peligro me hizo detenerme: una figura huidiza había comenzado a seguirme. Recordé las historias de caníbales que había oído en la posada de mis padres y me estremecí. Entonces empuñé la pistola que me había dado el doctor, por si acaso, y grité en dirección a los árboles:
—¿Quién o qué eres? —exclamé, con la voz rota por el pánico. Un hombre, o algo parecido, salió de la espesura y se arrodilló ante mí, suplicante.
—Soy Ben Gunn —murmuró torpemente—, y hace tres años que no hablo con ningún ser humano.
Me contó que había sido un pirata, y que le habían abandonado en aquella isla. Iba vestido con harapos y remiendos, ¡pero afirmaba que era inmensamente rico! ¿Habría encontrado el tesoro de Flint? Me preguntó si el barco fondeado era el de Flint, y yo le dije que no, que Flint había muerto.
—Pero ¿hay entre los marineros uno cojo, con una muleta y un loro?
—¿Uno que se llama Long John Silver? Sí, es el jefe de los amotinados —y decidí contarle todo lo que sabía, pues tuve la intuición de que podría ayudarnos.
Estábamos hablando sobre qué podíamos hacer cuando de repente atronó el aire un cañonazo, seguido de una cerrada descarga de mosquetes y pistolas.
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¡La lucha había empezado! Nos despedimos precipitadamente y, ya cerca de la playa, pude ver que la bandera inglesa ondeaba sobre la cabaña del fuerte. El doctor, el señor Trelawney y sus compañeros habían logrado desembarcar con armas, pólvora y provisiones, y ocupar el único lugar de la isla desde el que podríamos defendernos.
Los piratas dispararon sin cesar, durante horas, el cañón de La Hispaniola, pero el fuerte estaba medio oculto por la vegetación y no daban nunca en el blanco. Yo aproveché una de las escasas pausas del bombardeo para escabullirme y saltar la empalizada. Mis compañeros se alegraron mucho de verme, pues temían por mi vida. Les conté mi encuentro con Ben y lo que había hecho Long John, y el capitán Smollet organizó la defensa y las guardias, pues estaba convencido de que a la mañana siguiente nos atacarían. Y así fue: los piratas se abalanzaron contra la empalizada disparando, y algunos incluso lograron saltar, pero al fin conseguimos rechazarlos. El resultado: cinco piratas muertos, además de uno de los criados del señor Trelawney, y el capitán Smollet y otro de los criados, heridos.
Los amotinados no regresaron y el doctor decidió salir para explorar los alrededores. Seguro que
