Índice
Portadilla
Índice
Primera parte
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Segunda parte
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Tercera parte
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Agradecimientos
Sobre la autora
Créditos
Grupo Santillana
Capítulo
1
La reina Isabel había salido de cuentas. Cuatro días ya e no paría, que más parecía que, primeriza como era, y moza, no quisiera entrar en trance ni levantarse las sayas ante los notarios y pasar la vergüenza consiguiente; o tal vez fuera la criatura que no deseaba abandonar el vientre de su madre; o, sencillamente, que todavía no estaba de Dios.
El caso es que iba para cuatro días y la alta dama no entraba en parto, e los notarios e oficiales del señor rey don Juan, el segundo, acompañados de dos parteras y dos vecinos de la villa de Madrigal —gente honrada y cabal—, llevaban cuatro jornadas de retén y estaban cansados de jugar al ajedrez y de dormitar en dura silla —lo que venían haciendo—, y hartos de Gonzalo Chacón, el mayordomo de la reina, que se encaraba con ellos pretendiendo que no abandonaran el aposento ni para ir a la letrina y no les dejaba llegarse a las cocinas a echar un bocado ni a beber un vaso de vino, lo que era necio, pues la parturienta no se había personado todavía en la habitación. Y se comentaba de ella que, sujeta de los brazos por dos de sus camareras, andaba escaleras arriba y abajo del palacio y recorriendo el jardín para asentar bien a la criatura y facilitar así su venida al mundo. Mismamente como acostumbraban a hacer las mujeres en Portugal, al parecer, pues que la dama era lusitana y hacía lo mismo que todas las mujeres de aquel país y no era cuestión de pedirle que otra cosa hiciere.
Tal cuchicheaban los hombres entre ellos, pero las comadres, las dos acreditadas parteras de la villa, hacían corrillo aparte y convenían en que ya podía subir y bajar escaleras la señora, que los niños vienen al mundo cuando el Señor lo tiene a bien y ellos están dispuestos, y que llegar antes es malo y venir tarde también, e pedían a los hombres templanza, que es virtud.
Los notarios, en cuanto el oficial de la casa abandonaba el aposento e iba a ver dónde paraba la señora, murmuraban de él e sostenían que se había precipitado, porque, según las instrucciones del señor rey, debían haber sido convocados tras el primer dolor o después de romper aguas, pero no antes. Y rezongaban que el tal Gonzalo Chacón era hombre impaciente, aunque llevara cierta razón. Pero no tanta razón como para que ellos pasaran cuatro días en vela, pues que doña Isabel era la segunda esposa de don Juan, que ya tenía un hijo y heredero, el príncipe don Enrique, nacido de doña María de Aragón, su primera mujer. Un hombre hecho y derecho que, además, gozaba de perfecta salud y, si bien no tenía todavía un descendiente que le sucediera después de sus días en el trono, y ya se hablara en todo el reino de su impotencia para procrear, como era joven, seguramente lo tendría, de modo que el que naciera o la que naciera en la ocasión presente, plegue a Dios que fuera varón, sería infante, pero no más; no rey, no reina.
Las parteras, que no habían asistido nunca a una soberana, se quedaron pasmadas cuando fueron informadas cumplidamente por los notarios de cómo había de ser la parición de doña Isabel. De que habría hombres escribiendo con detalle del suceso y que a ellas les rebuscarían los dichos hombres debajo de las faldas por ver si llevaban una criatura escondida con mala intención —con propósito de trocarla por la que habría de nacer o poner a la que llevaran si nacía muerta— y otros desatinos que no eran usuales en la villa de Madrigal, y, claro, se santiguaron. Conmovidas estaban sobre todo de la humillación que habría de sufrir la parturienta por alzarse las sayas delante de tres notarios y dos vecinos, porque, aunque reina, era mujer y habría de parir del mismo modo que todas: por sus partes femeninas. Cierto que con mayor vergüenza, por los dichos hombres que la estarían viendo y escribiendo para las crónicas; y más que se encomendaron al Creador cuando se enteraron de que aún faltaba por llegar un pariente del rey, el más cercano que tuviere, a presenciar la parición. No obstante, se adujeron que todo sonrojo desaparece ante los dolores del parto. E comentaban entre sí:
—Ya ves, naces reina y alumbras ante una multitud…
—Porque nos pagan bien y porque ganaremos acreditación por asistir a la señora, pero maldita la gana que tengo de que esos tipos me anden entre las sayas…
—Yo estoy harto cansada ya, pero me horroriza pensarlo…
—¿Tú crees que pedimos suficiente o nos quedamos cortas?
—Como llevamos cuatro días como cautivas, pedimos poco… Yo tenía dos partos en perspectiva.
—Yo tres…
—No sé, honor y prédica tendremos…
—El mayordomo me dijo que nos llamarían de Valladolid para atender a las grandes damas…
Y en ésas estaban, los escribanos por un lado y las comadres por otro, cansados de tanto esperar, nerviosos, cuando se presentó una camarera en el aposento de doña Isabel, e dio unas voces e descubrió la cama e, detrás, vinieron otras trayendo a la dama sujeta de los brazos. La señora entraba descompuesta, enarcándose a cada dolor, deteniendo el paso, arrastrando los pies, dejándose llevar al lecho, ay, Dios asista a la señora.
Los hombres se inclinaron reverentes y procedieron. El escribano introdujo el cálamo en el tintero y anotó en el pergamino:
«Día jueves, XXII de abril de MCCCCLI. Madrigal.
»In Dei nomine. Sea a todos manifiesto que en el año de la Natividad de Nuestro Señor Jhesu Christo de MºCCCCLI, día que se contaba a veintidós días del mes de abril, Jueves Santo, entre IIII horas e —en esta parte del escrito dejó un espacio en blanco para añadir luego los cuartos de hora— después de mediodía, dentro de una cámara con dos ventanas a la calle por do se recibe lumbre, en las habitaciones altas del palacio de la villa de Madrigal, lindero a la fortaleza del mismo nombre, con vistas a la explanada que da a la iglesia de Santa María del Castillo, etcétera…».
Los notarios se constituyeron e hicieron anotar sus nombres en el acta, y preguntaron a la reina, que no contestó pues que se debatía en terrible dolor, cómo se llamaba y quién fue su padre y quién era su marido. Las damas los quisieron apartar, pero ellos no lo consintieron. Es más, procedieron según costumbre, pues que habían recibido instrucciones del rey don Juan para el parto de su esposa, como es dicho, y llamaron a las comadronas, que eran mujeres del común, y les hicieron levantar las sayas hasta la camisa y les registraron los cuerpos y entrepiernas y entre las bragas sin ningún recato, los tres notarios, los tres. Por ver —decían— si las dichas mujeres traían algún engaño, alguna criatura entre sus faldas e, después, palparon a la reina, los tres, eso sí con más cuidado, también por ver si llevaba alguna criatura, pero ninguna de las examinadas llevaba nada, salvo las ropas y arreos de sus personas. La soberana sólo una camisa de dormir.
Y siguieron. Acercaron una mesa chica con una imagen muy buena de Nuestro Señor Jesucristo y con un libro de los santos cuatro evangelios, e hicieron arrodillar a las parteras, que besaron la dicha imagen y evangelios, y juraron que administrarían el parto sin fraude ni engaño. E, luego, hicieron levantar a la reina y descubrieron el lecho, alzando cobertor, sábanas, almohadas y plumazos, e hubo que recomponerlo todo otra vez, mientras la señora se retorcía de dolor e rompía aguas estando de pie. Y visto que no había ninguna cosa, las damas de doña Isabel pidieron a los mirantes se retiraran, pero no quisieron, aduciendo que tenían obligación de ver todo ocularmente y que no podían separarse de la reina, no fuera algún malquieriente a hacer un fraude de ley. Mientras, la señora se quejaba muy mucho de los dolores de su parto y se retorcía toda empapada de sudor y malas aguas.
E hicieron un hueco para las comadronas, que tendieron a la dama de espaldas e llamaron a una camarera para que le tuviera cogidos los brazos, pero los notarios lo prohibieron, y uno de ellos, como no había llegado el pariente del rey, se sentó en una cátedra y la tomó de los brazos, para prever engaños, mientras otro encendía las muchas candelas bendecidas que llenaban la habitación y el escribano escribía y escribía. El llamado Gonzalo Chacón se acercó a la señora y le puso unas reliquias sobre el vientre para que la ayudaran en el trance, sin que los notarios se lo impidieran.
Ya todo en orden, al parecer, los hombres dejaron acercarse a las parteras que se arrodillaron en el suelo, miraron y metieron mano por sus partes a la señora que no dejaba de gemir —por el pecado de Eva y porque así quiso Dios que sucediera a toda mujer—, e avisaron que ya venía la criatura para alivio de los notarios y de los vecinos, y de Gonzalo Chacón. Pues que todos los presentes observaban cómo en una bacina de latón caía mucha sangre de la reina y, como no habían visto nunca un parto ni, Dios mediante, contemplarían otro en su vida, ya fuera larga o corta —tal juraba cada uno para sí—, estaban sudorosos e impresionados del negocio, mucho más de lo que hubieran estado en el campo de batalla. Y vino, después de un grito de la reina, el mayor de todos, vino una criatura toda mojada y con los ojos cerrados. E una partera se la entregó a la otra, y ésta se levantó del suelo y examinóla y viendo que era niña lo dijo:
—¡Es una niña!
Y nadie dijo nada. La reina tampoco, pero torció el gesto, quizá dolida de que aquella niña, por el hecho de ser mujer, hubiera de pasar en el futuro, no sólo por el parto en sí, que ni a enemigos se desea, sino por la vergüenza de parir delante de una tropa de escribanos y vecinos, pues que con tan alto nacimiento quizá fuera reina también y habría de soportar talmente la misma humillación, y como no pudo aguantar el dolor que le venía al alma, pese a que había padecido dolor corporal hasta la extenuación, con mucha dignidad, se adormeció.
Una de las matronas envolvió a la niña en un lienzo, la tomó por los pies, la puso cabeza abajo y le propinó un azote en las nalgas para que comenzara a respirar, mientras la otra palmeaba el rostro de la parturienta para impedirle dormir y que arrojara la placenta, mientras los hombres miraban muy atentos.
La criatura rompió a llorar y, a poco, la telilla cayó en la bacina de las malas aguas. La reina se durmió y no prestó atención a los parabienes de sus damas. Las matronas lavaron a la niña del moco y la sangre que había traído del vientre de su madre, y ya la mostraban a los escribanos que la reconocieron como hija del rey Juan y de la reina Isabel, y levantaron testimonio de que la nacida tenía todos los miembros femeninos que las mujeres tienen, y ya las parteras le cortaron el cordón umbilical y le fajaron el vientre, y se dispusieron a vestirla con un pañal, una camisita de trenzal blanco y un rico faldón.
Venida al mundo la criatura, el escribano rellenó el espacio en blanco que había dejado en el pergamino y anotó de su propia mano lo que faltaba para dar fe de la hora exacta del nacimiento: “Dos tercios de hora”.
Así quedó escrito que la infanta, que sería bautizada con el nombre de Isabel, el de su señora madre, había nacido el día de Jueves Santo, 22 de abril de 1451, cuatro horas y dos tercios de hora, después de mediodía. Larga vida le dé Dios.
A poco, asonaron las campanas de las iglesias de Madrigal y comarcanas e, luego, conforme corría la buena nueva, las de Medina del Campo, Arévalo, Tordesillas, Olmedo, Valladolid, Salamanca y las de Castilla toda.
Los notarios remitieron el acta al señor rey, comunicándole el nacimiento de su hija. Éste mandó escribir cartas públicas, cuantas fueron necesarias, para condes, duques, obispos, alcaides, regidores, veinticuatros, caballeros, escuderos y hombres buenos de ciudades y villas.
De lo que no quedó referencia, pese a las muchas cartas que se libraron anunciando el venturoso alumbramiento de la reina, fue de que en aquel 22 de abril, Jueves Santo y día de San Sotero y San Cayo, papas, brillaba la luna roja en el firmamento, espléndida, desde antes del ocaso hasta rayar el alba.
Lejos de Madrigal, en la calle de los Caballeros de la ciudad de Ávila, el mismo día de Jueves Santo, 22 de abril del mismo año, a cuatro horas e dos tercios después del mediodía, es decir, a la misma hora exacta que la señora reina de Castilla, Dios le dé salud, doña Leonor de Fonseca, esposa de don Juan Téllez, marqués de Alta Iglesia, traía dos niñas a este mundo, también después de larga parición y grandes dolores, entre otras razones porque alumbrar dos criaturas no es lo mismo que una.
En el aposento de doña Leonor no hubo parabienes ni alegrías, en el palacio tampoco, en razón de que las gemelas no habían venido enteras y les faltaba una mano a cada una. A una la diestra, a otra la siniestra. Y, a más, traían en los brazos una raya roja, como un desgarro, como una mordida de perro, y, por supuesto, no sólo era menester asistir a la parturienta con rapidez, sino también a las niñas que venían muy moradas. Por eso la partera hubo de zarandearlas más de la cuenta para que vivieran, a más de curarles la mordida del brazo, restos de una cicatriz o lo que fuere. Y, a mayor abundamiento, prestar ayuda a don Juan Téllez, el padre que, conocedor de que sus hijas habían nacido lisiadas, sufría recio desmayo y no volvía en sí. Él, que era hombre bragado y había luchado contra los infantes de Aragón en las guerras que tuvieron contra el rey don Juan.
Y, claro, en la habitación había mucho desconcierto. Las criadas iban y venían. La partera no daba abasto a limpiar a las criaturas de la mala sangre e no sabía qué hacer ni qué decir de la mordida o cicatriz que traían en los brazos y, además, la marquesa no arrojaba la placenta.
El caso es que la comadrona se azoraba y pedía esto o estotro a las criadas, que tampoco atinaban, pues que se habían desatado los nervios de todos los moradores del palacio de los Téllez, con razón. E la buena mujer se desesperaba e metía las manos en las entrañas de la marquesa para sacarle la placenta, o placentas —las secundinas, dicho en lenguaje vulgar—, que la dueña todavía no sabía cuántas habría. E con las manos dentro de la dama, daba instrucciones a las mujeres para que cortaran los cordones umbilicales de las niñas, no les fuera a entrar aire en el vientre, o para que le dieran a beber orujo al señor marqués. Y, lo que se decía, que menos mal que la madre estaba adormecida y no se enteraba de lo que sucedía en la habitación —tantos trabajos había tenido en el parto todavía inconcluso—, que, gracias a Dios, no oyó que las mujeres rezaban y encendían más y más candelas para pedir favor al Cielo e le ponían reliquias debajo de la almohada, por lo de la placenta o placentas, por lo de las manos de las criaturas o por lo del desmayo del marido, o por todos los presentes que, alterados en demasía, llenaban el aposento y se tropezaban estorbándose unos a otros.
El caso es que, después de varias oraciones que las mujeres rezaron en común a viva voz, quiso el Altísimo que la marquesa arrojara una placenta en la bacina de aguas sucias que tenía bajo sus piernas, y ya la matrona pudo dedicarse a las niñas, y cortarles el cordón umbilical, negocio que resolvió con maestría. Pudo entonces observar la mordida de los brazos que, vive Dios, era una raya roja con restos de sangre, y curarles con tintura de yodo y ponerles una venda muy prieta, y salió a cuidar al marqués, rezongando por las criadas de doña Leonor, que se amilanaban ante un cordón umbilical, a la par que se preguntaba quién, pardiez, mataba los pollos en aquella casa.
Y ya atendió al marqués. Se sacó un frasco de sales del talego y le dio a oler, y el hombre revivió para preguntar por su desgracia, por las manos de sus hijas, y, ay, Jesús, María, para salir como una exhalación, corriendo, corriendo, de aquella mansión, como si le persiguiera el diablo, creído de que la desgracia había caído sobre él y su familia.
El marqués fue el primero en clamar por el infortunio que, de repente, se había aposentado en su casa, pero le siguieron todos a una voz: los criados, las criadas, las dos esclavas moras de doña Leonor, el caballerizo, el mayordomo, el capellán; otro tanto el obispo, los canonjes de la catedral, y otrosí toda la vecindad de la ciudad de Ávila, y la propia parturienta.
De súbito, como vienen las desgracias, la fatalidad había caído sobre la casa del marqués Juan Téllez, tal dijo doña Leonor que, pese a lo que creía la matrona, se enteraba de todo lo que estaba sucediendo, tal se expresó antes incluso de romper a llorar. Porque había parido dos monstruos, tal aseveró al principio, pues que no entendió bien y se creyó sabe Dios qué. Cierto que no se contentó cuando supo qué. Preguntó a la partera qué ocurría y no tuvo respuesta, pues que la comadre no se atrevió a narrarle la desdicha —no fueran a echarle la culpa a ella—, y pidió ver a las niñas y, cuando se las llevaron sus esclavas moras, las que tenía en mayor confianza y apego, no vio que les faltaba una mano a cada una de sus hijas, sino que una era menuda y la otra grande, y que las dos eran feas, pero no dio importancia al asunto, pues les pondría muchos lazos, y se durmió profundamente, lo natural después de tanta faena.
Ido el marqués y dormida la marquesa, antes de que las criadas se dispusieran a cambiarle las sábanas de la cama, la partera anduvo a la señora en el vientre. Pues que sacó la placenta de la bacina de aguas malas, la palpó, rajó la telilla y no hallando las manos de las niñas, se preocupó y buscó en el único lugar donde podían estar, una vez y otra. Pero, ay, Señor Jesús, no estaban, o se habían asentado tan alto que la buena mujer no llegaba con la mano y no se atrevía a hurgar más, no fuera a desgarrarle a la dama alguna entraña.
E, desesperada, porque las manos de las criaturas habían sido arrancadas de cuajo como se podía apreciar a simple vista, abrió la ventana del aposento para respirar aire puro y despejarse la cabeza, e observó netamente la luna, grande y roja, roja, como un lucero, e hizo un gesto con la cabeza como preguntándole qué podía hacer en aquella tesitura —quizá la buena mujer hablara con las estrellas—, pero el astro no debió de contestarle, porque atrancó la ventana y se sentó en un escabel, las manos tapándole los ojos, a rezar con las demás mujeres.
Así las cosas, al toque de vísperas en la iglesia de la Catedral, se pudo decir y se dijo en toda la ciudad de Ávila que la desgracia había caído sobre la casa de don Juan Téllez. Y, al día siguiente, se pudo añadir y se añadió que las desgracias nunca vienen solas.
Porque, veinticuatro horas después, todavía no había vuelto a casa el señor marqués y no se sabía nada de los criados que habían salido en su busca, y la señora marquesa, enterada ya de la magnitud de su desgracia, había pedido la Santa Unción y entrado en agonía, porque sus hijas no tenían manos o porque las dichas manos debían hacerle gran daño en el vientre o en el corazón, donde se le hubieren aposentado, y se moría.
Falleció doña Leonor de Fonseca a los dos días de parir, sin que hubieran aparecido las manos de sus hijas. Se fue sin preguntar por los frutos de sus entrañas ni por el paradero de su marido, con la imagen del Crucificado en los labios, sin grandes estertores, entre los lamentos de sus criadas y de sus dos esclavas moras que no escatimaron pena y lanzaron ese grito de pesar que arroja todo buen musulmán por su boca en una situación de dolor extremo, Dios la tenga con Él.
Muy lejos de Ávila, María la Malona dio a luz en soledad, en medio de un prado. Eso sí, bajo una luna grande, grande y roja, roja, como no se había visto otra por aquellas latitudes, extrañada de la existencia de semejante lucero a una hora en la que no era común que estuviera el astro en el cielo, o quizá fuera más tarde y a ella se le hubiera hecho corto aquel día tan trabajado que había llevado.
El caso es que, tras andar por los robledales del rabal de Ibeni buscando setas, el parto se le presentó de súbito cuando regresaba a su casa. Sufrió un gran dolor, como un enorme desgarro en sus entrañas, uno sólo, a Dios gracias, y le salió de sus partes un bulto que, claro, era hijo o hija, pues que estaba preñada y muy preñada. El bulto cayó al suelo como un fardo que se deja caer, y ella, tras llevarse las manos al vientre, se agachó en busca de su hijo o hija, encontrándose con una niña —la observó netamente porque había clara luz— sucia de sangre y moco. Púsola boca abajo, como tenía oído que hacían las parteras, e la niña lloró y ella, que ya era madre, la envolvió en su capirón, no sin ciertas dificultades, pues que se le enredaron las cintas y, nerviosa como estaba, no atinó a desatarlas, y las rompió. Pues que estaba de rodillas en la hierba con las piernas abiertas, con la criatura en los brazos, con una cosa viscosa que le salía de sus partes de mujer, y con mucho miedo naturalmente, porque era primeriza y, además, no tenía marido.
Ay, que Mari la Malona, hija que fuera de Pero Malón, se había dejado seducir por un mal hombre. Se había dejado hacer entre las piernas cuando el tipo le fue con lisonjas, con promesa de matrimonio y con ciertos dineros, pues que ganaba poco vendiendo setas, y se había encontrado con lo que se encuentra cualquier mujer que yace con un hombre, que el cuerpo humano está hecho para que cuando una mujer y un hombre se ayuntan en coyunda lícita o ilícita, tengan un hijo o hija, o dos, y hasta tres y más hay quien ha tenido a la vez, según decires que se escuchan.
Y eso, Mari la Malona no fue una excepción. Huérfana como era, recogía setas para un herbolario de la villa de Bilbao, su lugar de residencia. Y andaba por los montes antes del alba, al mediodía o a sobretarde, para recoger tal seta a tal hora y tal a tal otra, cada una en su momento de sazón, bien fajada para que no se le notara la preñez, dispuesta a dejar abandonada a la criatura en el torno de algún convento, pues que no tenía dinero para criarla, echando cuentas de que cuando le vinieran los dolores tendría tiempo de pedir ayuda a Mari de Abando, la bruja que vivía en las afueras de la parroquia del mismo nombre. Bruja o lo que fuere, a ella la trataba bien, y le daba de tanto en tanto un puñado de aceitunas, un cantarico de vino, una pinta de aceite, un pan o una vela o, en otro orden de cosas, buenos consejos, e de hacerle abortar no quiso saber, es más, se negó a ayudarle. Por lo que bruja no podía ser, pues que las dichas brujas no sólo hacen abortar a las doncellas sino que matan con grandes venenos a toda clase de personas.
Mari la Malona había echado cuentas para llegar a casa de Mari de Abando cuando le llegaran los primeros dolores del parto, pero no tuvo tiempo, porque sufrió un solo dolor, muy agudo pero uno sólo, y parió en un prado, en soledad, con la última luz del sol y con la primera luz de la luna roja de abril. Ella no lo supo, pero eran las cuatro horas e dos tercios de hora del día 22, Jueves Mayor y primer día de primavera en la ría del Nervión después de un largo invierno.
Y se apuró, sola como estaba, por la terrible punzada que sufrió en el vientre, por la niña y por la placenta que se desprendió de sus partes tan rápidamente como la criatura, e por el cordón umbilical, que, ay, hubo de cortar con los dientes y anudar como bien pudo, pues que le temblaban las manos y le botaba el corazón en el pecho. Y, en vez de llevarse a la niña a la teta y luchar contra la soñera que le venía, como hubiera hecho cualquier madre experimentada, se tendió en la fresca hierba y se quedó dormida hasta el albor con la niña al lado.
Y la despertó un perro a lametazos. Un perro que también había lamido a la niña, quitándole la sangre y el moco que trajo del otro mundo, pero bien pudo llevársela lejos y hasta comérsela. Pero no, Dios dio más sensatez al can que a la moza, bendito sea.
Despertóse la joven por las lametadas del bicho en buena hora, porque, ay, estaba llena de sangre y, viéndose en aquella guisa, le vinieron pavores, con razón. Porque la sangre del cuerpo humano es tanta y cuanta, la justa, la necesaria, para que el hombre o la mujer vivan, pero no menos, que entonces el ser humano fallece, y eso había de sucederle a Mari la Malona si no llegaba presto a casa de Mari de Abando, pues que se estaba desangrando. Por eso se levantó, tomó a su hija en los brazos, la tapó bien con el capillo y, seguida del can, que se fue tras ella por su cuenta, se encaminó hacia el caserío, dispuesta a llamar a la puerta de la mujer.
E anduvo perdiendo sangre, sin encontrarse con alma viviente a quien pedir auxilio, trompicándose, deteniéndose para tomar aliento, muy afiebrada y, en el último trecho, como alunada, dando bandazos y caminando a tentón. Y quiso Dios que avistara la casa de la bruja, o lo que fuere la vieja, y que, haciendo un último esfuerzo, el último que haría en su corta vida, atravesara un regato, llegara a la puerta, llamara a la aldaba y falleciera en el umbral dejándose caer, eso sí, lentamente, para no dañar a la criatura que llevaba en sus brazos.
Vaya con Dios la tal María la Malona, la hija de Pero Malón, moza destalentada, como diría Mari de Abando al encontrar su cadáver y a una niña recién nacida, a la que apenas le quedaba aliento.
Diole la vieja leche de vaca a cucharadas y luego en un recipiente que habilitó como mamadera, y le puso el nombre de María, el suyo y el de la madre muerta; y, aunque la dejó sin bautizar, porque no se atrevió a llevarla al preste del lugar, la cuidó mucho mejor de lo que hubiera hecho su madre verdadera.
La anciana, pasado el susto, se lamentó de no conocer la hora del nacimiento de la niña, pues se dijo que le hubiera echado las suertes por ver qué había de ser de aquella criatura que había llegado de súbito a la puerta de su casa. Mari de Abando, la joven, pues que así sería conocida la niña que crió la dicha Mari de Abando, la vieja, no supo tampoco la hora de su nacimiento, pero con ella fueron cuatro las mujeres que nacieron a la misma hora y en el mismo día en el que lució hermosa la luna roja de abril en el firmamento.
Capítulo
2
La reina doña Isabel de Castilla, de León, etcétera, sonrió a su hija recién nacida. Apretó las manitas de la criatura, le tocó los labios y los ojos, le abrió la boca, le miró los dedos de manos y pies uno por uno, el vientre, el pecho, la espalda y las partes de mujer por ver si estaba entera y, cuando terminó de examinarla toda, pese a lo que pudiera parecer a simple vista, viéndola arrodillada ante una imagen de Santa María, muy buena, y dándole las gracias por su feliz alumbramiento —pues había tardado mucho en quedarse empreñada y hasta tuvo que hacer reiteradas promesas a la Madre de Dios para conseguirlo— se mostró displicente con el fruto de sus entrañas. Lo entregó a sus damas portuguesas con cierta indiferencia, como si les diera un objeto sin valor. Luego se hundió en una especie de desgana y, unos días después, en grave melancolía, que con el paso de los años devino en alunamiento para siempre, salvo en alguna contada ocasión.
Es más, despidió a Gonzalo Chacón cuando le preguntó qué nombre deseaba ponerle a la niña, y otro tanto a sus damas, a sus meninas, como ella las llamaba, y a la nodriza de su hija, que quería enseñarle la mucha teta que tenía, e pidió un paño para bordar, e luego otro y otro…
Gonzalo Chacón le puso a la recién nacida el nombre de Isabel cuando la llevó a bautizar a la iglesia de San Nicolás de Bari —que se construía con la cal, ladrillos y plegaduras que aportaban los pobladores de Madrigal, tanto cristianos, como moros y judíos— y él mismo se ocupó de buscarle padrinos e madrinas.
Así las cosas, la reina no llevó a la niña a presentar a ningún templo de la villa, con lo cual desairó a la población que, días ha, había tomado la explanada existente entre el palacio real y la iglesia de Santa María del Castillo y esperaba allí para presenciar la entrada y salida de la comitiva regia camino del santuario. Ni comió en veinte días alimento sólido, sólo tazas de caldo de gallina, e se quedó débil de cuerpo e muy delgada, e le arreciaron los entuertos propios del posparto e se le fue la sangre de la cuarentena. Y, además, habló poco, y lo poco que dijo fue sobre el valimiento que don Álvaro de Luna tenía con el rey don Juan, su esposo, y las desgracias que acontecían por la tal privanza, por cuyo final, según decían las malas lenguas de tiempo atrás, ella tenía empeño.
Las gentes del palacio no sabían qué hacer, pues que azuzaron a los bufones para que inventaran gracias e hicieran risas. Trajeron juglares de Valladolid. Propusieron viaje a Medina del Campo para presenciar la feria. La emprendieron con los cocineros para que guisaran platos deleitosos. Llamaron a frailes y prelados para que bendijeran a la señora, y hasta las meninas fueron andando descalzas, flanqueadas por las buenas mujeres de la villa, al convento de Santa María de Gracia, situado extramuros, para postrarse ante la tumba de doña María Díaz, la fundadora, que tenía fama de santa. Y a la señora le hablaron y le hablaron recordándole esto o estotro:
—Recuerde la mi señora cuando íbamos a dejar Sintra que llovía a cántaros, e que hubimos de regresar e que llegamos todas ensopadas pese a llevar capas aguaderas…
—E la impaciencia de la señora por llegar a Castilla e el recibimiento que tuvo, pues que las gentes no escatimaron loores…
—Salían los vecinos a los caminos e aplaudían…
—E traían cestillos de cerezas…
—Os aplaudían a vos, que no a nosotras…
—A la reina y a la mujer más bella de Castilla toda…
—E venían los maestres de las Órdenes Militares e los condes e los duques a postrarse a vuestros pies…
—A traeros flores…
—A regalaros lamines…
—O agua fresca…
—O vino bueno…
Pero la dama no se animaba e rehuía a todas sus camareras, y eso que se habían criado con ella en la Corte de Lisboa, y hasta evitó a su mayordoma, a doña Clara Alvarnáez que, dolida, recorría el palacio como una sombra mientras su señora cosía y cosía con frenesí, mascullando sobre los malos tiempos que corrían por la privanza de don Álvaro de Luna, y sin ocuparse de la niña.
En el palacio de Madrigal reinaba la confusión. Las meninas de doña Isabel sostenían, con énfasis, ante Gonzalo Chacón —la primera, la mayordoma, que precisamente era esposa del oficial:
—Los males de nuestra señora provienen de que ha tenido que levantarse las faldas delante de seis hombres, tres notarios, dos vecinos y tú, marido, seis en total, cuando es pudorosa en exceso.
—Los mirantes no vimos a la mujer sino el parto, pues que fuimos comisionados por el señor rey.
—¡Es igual, visteis…!
—Es costumbre antigua del reino…
—¡Sí, pero parir delante de tres notarios, dos vecinos y tú, seis hombres en total, es demasía…!
E intervenían las otras damas, revolviéndose también contra el mayordomo:
—Tenga en cuenta su merced que la señora no se ha desnudado ni ante su señor esposo.
—Es mujer de prendas.
—Muy recatada, además.
—¡Y muy púdica…!
—Y buena cristiana…
—Lo de los testigos y notarios es una costumbre bárbara.
—Ni los negros gelofes, que pueblan la Guinea, es decir, los reinos portugueses de ultramar, la siguen practicando…
—¡Que vivimos, señor, mediado el siglo XV…!
—Nuestra señora ha sido humillada como reina y como mujer…
Y las meninas sólo se detenían en su verborrea para llorar cuando doña Isabel les pedía otro trozo de tela porque ya había terminado de bordar el anterior. De bordar, ay, de corcusir, pues hacía verdaderos culos de pollo en los paños, como si no le hubieran enseñado a bordar con primor cuando era niña. O para escuchar a la dama cuando hablaba de don Álvaro de Luna.
Eso dentro del palacio, que fuera, en la villa, las gentes querían saber por qué no se celebraba procesión ni misa de acción de gracias por el nacimiento de la infanta y por la salud de la reina, y qué sucedía, y si la señora doña Isabel estaba enferma, y pedían ver a la niña, y preguntaban en virtud de qué se oían gritos y las dichas meninas hablaban en portugués y no en castellano, seguramente para no ser entendidas. De tal manera que un día que alborotaban en exceso, la hubo de sacar a la puerta del palacio la mujer de Gonzalo Chacón, doña Clara, la mayordoma de la señora; e pasaron al primer patio porticado los hombres y las mujeres de la población, de uno en uno, para verla y besarle los pies, como si de un Niño Jesús se tratare.
El caso es que, en la real casa, hasta los perros y los gatos estaban tristes, y ladraban y maullaban a la menor ocasión, lo mismo que los sirvientes, que, en portugués o en castellano, se encorajinaban entre ellos por nimiedades. Y en aquella situación insostenible el oficial Gonzalo Chacón escribió al rey narrándole someramente lo que sucedía, lo de la taciturnidad de la reina y el desbarajuste existente, y don Juan, que era buen marido, se presentó con mucha compaña a los pocos días, deseoso, por otra parte, de conocer a su hija Isabel.
Y, evidente, hubo fiesta en Madrigal: tablados, corridas de toros, cañas, carreras de caballos y galgos, y bailes; volatineros y un buen número de juglares con sus cantaderas; buenas viandas, y regalos, pues que el señor rey dotó a la infanta Isabel, su hija, con el señorío de la villa de Cuéllar, por lo que pudiere suceder y para que tuviere algo propio y, además, dio de comer a la vecindad.
El señor rey se holgó sobremanera con su pequeña, la tuvo en sus brazos delante de toda la corte. Participó en los juegos de grado, desagraviando al pueblo de Madrigal y a las gentes comarcanas. Hizo que los médicos de su cortejo visitaran a su esposa y, ya fuera por lo que le dijeran, ya fuera porque la dama se negaba a ingerir los cocimientos de jenciana y vino que le recetaron tres veces al día, ya fuera porque le mostraba desgana, no la llamó a la cama. E fuese a sus ocupaciones, contento de alejarse de la verbosidad de la portuguesa —que había perdido el seso, a decir de dueñas—, contra don Álvaro de Luna.
E ido el señor rey, tomaron el mando de las cosas de la reina don Gonzalo Chacón y su esposa doña Clara Alvarnáez, e, vaya, dispusieron bien. Pues que el caballero percibió las rentas de los señoríos de la señora, las anotó en sus cuadernos de cuentas, reclamó los dineros que no llegaban a su vencimiento, abonó puntualmente los sueldos de los criados y con su administración hubo comida abundante para todos los moradores del palacio de Madrigal y alegría general pese a la insania de la dama. Doña Clara llevó la casa como excelente mayordoma y se ocupó de la pequeña Isabel en todo momento, como si fuera su propia madre, pues no en vano fue una de las madrinas de su bautizo, eso sí, comentando a menudo con su marido que la infanta había venido briosa del otro mundo, pues que se mostraba terca cuando no quería comer e no quería estar en la cuna sino en los brazos de las meninas, y asegurando a ese paso saldría malcriada.
La jovencísima doña Leonor de Fonseca, marquesa de Alta Iglesia, conocedora de que la desgracia señoreaba en su casa, pues que había parido dos niñas lisiadas y su esposo la había abandonado, entregó a las hijas a sus dos esclavas moras, una a cada una, antes de entrar en agonía y morir cristianamente a las pocas horas. A Marian, la que no tenía mano derecha, y a Wafa, la que no tenía mano izquierda. Las dio no dando dos hijas, porque no hizo recomendaciones ni instruyó a las receptoras en los negocios de la crianza o del devenir, ni les dio dineros; sencillamente, las tomó de su lado y se las entregó como si diera un objeto cualquiera. Cierto que ellas no las tomaron como si recibieran un peine o un cepillo o un jubón de la señora, sino que las aceptaron cada una como si el Señor Alá les hubiera mandado del Paraíso una hija, y así las criaron. Entre otras cosas, porque ninguna otra sirvienta dijo de hacerse cargo de ellas y porque al mayordomo debió de parecerle bien que las moras se ocuparan de las criaturas puesto que el padre, el señor marqués, no volvió ni para morir en aquella casa y la bisabuela, doña Gracia, tardó bastantes años en llegar.
Claro que hubo sus más y sus menos. No por las moras, que fueron admitidas por toda la servidumbre del palacio como ayas de las niñas, que no nodrizas, pues fue menester contratar a dos, sino por cuál de las criaturas había nacido en primer lugar y cuál de las dos habría de heredar el marquesado a falta de que don Juan Téllez regresara a casa, se casara otra vez y tuviera un hijo, un varón, que acabara con aquel dilema. Todo por esas cosas que hacen las gentes, que vuelven importante lo que no es fundamental en el momento. Porque lo primordial en aquella circunstancia era encontrar a don Juan, bautizar a las niñas y darles crianza en el temor de Dios y en el respeto a los hombres.
Fue pena que las sirvientas que ayudaron en el parto de doña Leonor, Dios la tenga en la Morada Celestial, fueran incapaces de saber cuál de las criaturas nació primero, y que la comadrona tampoco lo recordara. E ítem más, que los hombres y mujeres de la casa aseguraran que, dada la desgracia de lo que sucedió, ninguno miró a las niñas al completo, sino los brazos de las niñas porque, faltándoles una mano a cada una, era lo que más se veía. Merced a aquella carencia tan manifiesta se había organizado gran jaleo en el aposento de la dama, para arreciar después en toda la casa, mientras la partera buscaba las manos perdidas en las entrañas de la señora y no las hallaba. Fue jaleo entonces y luego, cuando, personado el señor obispo de Ávila, don Alonso Tostado, interrogó a los criados sobre el desdichado suceso y pidió ver a las niñas, cuyos brazos en periodo de cicatrización apenas acusaban ya las mordidas, salvo una rojez cinco dedos arriba de la inexistente muñeca, en razón de que la partera que había asistido al nacimiento, a más de buena comadrona era excelente sanadora.
Tuvo que intervenir el obispo, ordenando que varios médicos examinaran a las criaturas, en razón de que la vecindad había entrado en pavores, hablando de perros, de diablos, de negocios infernales y, aterrorizada, pedía explicaciones, mientras el insólito hecho, la desgracia corría de boca en boca. Pero los galenos, vive Dios, no le aclararon nada. Es más, dejaron al clérigo mucho más perturbado de lo que estaba, en razón de que le ilustraron con todo detalle del acto de la preñez, de la fetación y del alumbramiento del doble parto, discutiendo entre ellos mismamente como si fueran verduleras del mercado. Y unos aseguraban:
—En los primeros momentos, el feto es uno y luego se parte…
—¡Sí, una sesera, un corazón, un cuerpo, dos brazos, dos piernas, y todo lo demás, se dividen a lo largo del embarazo…!
—De ese modo resultan dos seres diferenciados y completos…
—Casi siempre uno es más grande que otro.
—Pero en su vivir suelen tener sentimientos parejos.
Y hubieran pasado horas abundando en la teoría de la partición, pero el obispo daba la palabra a los contrarios, que sostenían:
—Los seres son dos desde el principio.
—Nacen de dos semillas.
—Dos semillas masculinas fecundan a dos femeninas.
—Perfectamente diferenciados y en vías de formación.
E, oídas las partes, don Alonso releía las notas que había tomado —pues que siempre andaba con el cálamo en la mano— e, como hombre que era, le venía sofoco.
En la casa de la calle de los Caballeros también se hicieron sentir los espantos, porque una cosa hubiera sido que hubiera nacido una de las niñas manca, y otra muy distinta que nacieran las dos. Además, una sin la mano izquierda y otra sin la derecha, que no hubiera sido lo mismo que las dos hubieran tenido la misma mano, las dos la izquierda, las dos la derecha. Además, con una mordida cada una, como si una fiera carnicera les hubiera arrancado las dichas extremidades en el momento de venir al mundo. Y todos, salvo las dos moras, tuvieron miedo, y los que pudieron se despidieron y se buscaron trabajo en otras casas de la ciudad.
Para Marian y Wafa las criaturas fueron una bendición de Alá. Las tomaron como suyas, las velaron de día y de noche, las cuidaron, estuvieron delante de las nodrizas para que no les escatimaran teta, y, conforme fueron creciendo, ayudaron a sus pupilas a situarse en el mundo, a conformarse con su orfandad y su manquedad, sin regatear cariño ni servicio fuere a la hora que fuere. A Marian le tocó la niña grande, la que no tenía mano derecha y a Wafa, la pequeña, la que no tenía mano izquierda. Cierto que se las intercambiaron y las criaron a la par, pues que, aunque ambas se habían mostrado celosas de los distingos que había hecho con ellas la señora, se llevaban bien, entre otras cosas, porque eran las dos únicas moras de la casa, y la soledad aúna. Y bendito sea Alá, como decían las dos esclavas levantando los brazos al cielo.
A los siete días de nacer, las criaturas fueron bautizadas en la parroquia de San Juan. La grandota, con el nombre de Leonor en recuerdo de su madre, y la chica, con el de Juana, en recuerdo de su padre.
De regreso a su casa el 23 de abril, Mari de Abando de primeras no se apercibió de que tenía visita, de que tenía en su puerta el cadáver de María la Malona, una niña recién nacida y un perro ladrador. Había estado en la junta de brujas de la campa grande de Miravilla, allende el río, vendiendo su untura mágica —un preparado de sapo y otras sabandijas, todo bien majado y pasado por el tamiz, que despachaba a las gentes que se personaban en la reunión—, y había salido de allí con buenos dineros y muy alegre. Tan contenta estaba con la faltriquera llena, que, disuelto el sabatt —porque algún necio había pronunciado el nombre del Señor Jesucristo, cuando aún podían haber alargado más— se marchó rauda, no fuera a suceder alguna cosa. Pero, alejada del peligro, lo pensó mejor y se fue a echar un trago a casa de Martina de Iñaxio, su gran amiga, y allí, al amor de un buen fuego y con el pacharán, le dieron las mil. Además que se untaron las dos lo poco que quedaba de ungüento mágico en la tartera y se durmieron.
Ya había amanecido cuando Mari de Abando dejó a su amiga, todavía en profundos sueños y, al enfilar el camino de su casa, se sintió cansada, incapaz de dar un paso, por lo que decidió encarnarse en ave, pues que no en vano era bruja, bruja sabia. Y tal hizo, o lo imaginó, el caso es que pronunció el conjuro apropiado y se encarnó en un jilguero, el primer pájaro que avistó cantando sobre una rama, y, claro, voló, cruzando la puente de la ría, hacia su casa a gran velocidad y, al llegar, transformándose en lo que fuere, quizá en una gota de agua o en un pellizco de aire, que ni las sortiñas lo sabían, disminuyó lo suficiente para entrar por el ojo de la cerradura, como sólo eran capaces de hacer las brujas sabias, muy sabias, yendo derecha a su cama. Por eso no vio a María ni a su hijita. Por eso falleció la Malona desangrada y la niña no se murió porque Dios no quiso, pues que sería mediodía cuando Mari de Abando, tras desperezarse y remolonear en la cama, abrió la puerta de su casa para ventilar y se encontró con una mujer muerta, con una recién nacida viva y con un perro ladrador en el umbral de su morada.
En un primer momento se conturbó, pero reaccionó presto. Le propinó una patada al can para que guardara silencio, porque a su edad, que era mucha, no soportaba ya los ruidos. Se arrodilló ante la mujer que presentaba un aspecto lastimero, le tentó la yugular, observó que había fallecido, la contempló de arriba abajo, reparó en la mucha sangre que impregnaba sus sayas y le cerró los ojos, e se iba a alzar cuando descubrió un hato que, ay, San Pedro, San Juan y los tres demonios sabedores, contenía una criatura recién nacida, limpia ya de moco y sangre —pues que la había lamido el perro—, e la cogió en sus brazos e se entró en su casa con ella, no sin antes amenazar al bicho que, alejado, ladraba como un poseso.
E, vaya, a la tal Mari de Abando, que pocas veces había tenido un niño en brazos salvo para curarle las paperas o el cólico, se le revolvió el corazón mientras caminaba apresurada hacia el fogón, pues la criatura tenía poco aliento y apenas le quedaba un hálito de vida. Actuó presto, mojándole los labios en agua azucarada mezclada con vino y, a las pocas horas, le dio leche de vaca rebajada con miel para contrarrestar los malos efectos, y ya la niña lloriqueó y, a poco, defecó una agüilla verde. Para arreglarle las heces verdes le dio en una cuchareta una hoja de mirto bien majada en el mortero con el almirez, pues que tenía de aquella hierba en casa y de otras muchas, e se puso a hacerle un pañal de unos trapos viejos, y luego a coserle una ropilla, sin acordarse, ay, de la madre de la niña que estaba muerta en la puerta de su casa. Pero es que la señora Mari, no acostumbrada a niños de ninguna edad, se azaraba, e iba y tornaba del fogón a su cama, e hasta se trompicaba con el escaso mobiliario que tenía en la casa.
E fue su amiga y vecina, la dicha Martina de Iñaxio, también tenida por bruja, quien descubrió el cadáver de la Malona, ya con muchos morados, al anochecer. Y asonó la aldaba de la puerta como si llegara el moro, e apareció la Mari de Abando e enfadóse con ella pues que la asustó al llamar con tantas urgencias, e discutieron ambas, en razón de que Martina quería saber cómo la dicha Mari tenía una niña en la cama, una mujer muerta y un perro aullador en el umbral de su casa y no se conformaba con lo que su amiga le contaba, queriendo saber otra verdad, como si hubiera otra, y se decantaba por dar a conocer el asunto al concejo de la villa de Bilbao o al corregidor del señor rey. Y decía la tal Mari con enojo, que no, que no, que le quitarían a la niña, que, visto el suceso, la darían a alguna familia que no tuviera hijos y quisiera tener. E insistía la otra, y ella que no, que la niña era suya, pues que se la había encontrado en el umbral de su casa y que la madre de la criatura y alguien más se la habían llevado para que la alimentara y criara, y no le ponía nombre a aquel «alguien», porque una reputada bruja no podía nombrar a Dios.
—Alguien la ha dejado en mi puerta…
—¿Alguien?, su madre, la Malona…
—No sólo la Malona, Martina, alguien más… Y muy poderoso…
—¿La Dama de Amboto?
—Ella o algún otro… ¡Ven, ven a verla…! ¡Qué bonita!, ¡qué bonita es…!
E las dos fueron a contemplar a la criatura, y la tal Martina, al observarla tan chica, le recorrió la carita con el dedo y, ay, le hizo un arrumaco y quizá, porque las mujeres llevan dentro de sí un sentimiento maternal de natura, el caso es que le apretó a Mari de Abando las manos con calor e se mostró dispuesta a ayudarle en la crianza. E fue otra madre para Mari de Abando, la joven, que no tuvo madre verdadera, pero sí dos madres putativas, a quienes las gentes llamaban brujas y otras maldades, pero, una muy cerca y otra un poco más lejos, como a media milla, en las dos últimas casas del arrabal de Ibeni, ubicado en la orilla izquierda de la ría del Nervión, en la parte de aquende el mar, fueron dos excelentes madres, a cuál mejor, y las dos la quisieron tener en sus brazos, por eso discutían a menudo:
—Trae a la niña, Martina, que la tienes ya mucho rato…
—Acabas de dejármela, María, ahora me toca a mí.
—La vas a enviciar… Estaría mejor en la cuna…
—Vicios le daré, todos los que no he tenido yo…
—¡Pues yo cariño, que siempre es poco…!
—¡Tú le darás lo que yo te deje, la niña es mía…!
—No te enojes, María, que mejor es tener dos madres que una…
—¿Qué haremos el sabatt?
—Pues ir…
—¿Con la niña?
—¡Claro!
—¡Ah, no, que allí hay mucha chusma…!
—La llevaremos en brazos… Un rato tú y otro yo… Ella no se enterará…
—No sé, no sé…
Capítulo
3
Doña Clara Alvarnáez y las otras damas portuguesas de la reina de Castilla se afanaron con la pequeña infanta Isabel. Velaron su sueño, vigilaron a la nodriza; celebraron el color verdiazul de sus ojos, sus balbuceos y sus primeras gracias; estuvieron pendientes de su crecimiento, le hicieron mil fiestas; la sacaron a tomar el sol a los balcones del palacio y por las calles de Madrigal; le afearon sus primeras pedorretas, le prohibieron hacer salivillas; le enseñaron sus oraciones, se ocuparon de santiguarla antes de meterla en la cama, no fuera a rondar por allí algún espíritu o bruja malvada que le echara mal de ojo, y le dieron la mano para que anduviera sus primeros pasos, e luego corrieron detrás de ella cuando, como todos los niños, se tornó en un torbellino. Entonces la llamaron al orden como todas las madres hacen con sus hijos, tratando de encarrilar la mucha viveza de la criatura, de atemperar la brusquedad propia de la poca edad, de enseñarle buenos modales e, ítem más, a manejar la cuchara, la forqueta, el cuchillo e a limpiarse los labios con la tovalla de mesa, a comportarse con las visitas y a escuchar con buena cara de labios de la reina, su señora madre, siempre la misma historia: la malandanza de don Álvaro de Luna.
Pues que su alteza, a más de chafallar paños y paños en el bastidor, hablaba de la privanza de don Álvaro. De aquel hombre que tantos daños causara al reino y a quien el rey Juan se negaba a poner coto.
E llegaba la niña de buena mañana a saludar a su madre, a demandarle qué tal había descansado y a desearle parabienes en la jornada, e ella la emprendía contra el valido. Al principio con alegría en la voz, pero luego balbuceando, tartamudeando e acabando agotada e con temblores en las manos. Entonces intervenían los médicos, y las damas se llevaban a la infanta de la habitación, las más de las veces a la fuerza, pues que era curiosa, entrometida y marisabidilla, como todos los niños.
Aquel día 12 de mayo de 1453 con mayor motivo, pues que a la reina le observaron, por vez primera, unas manchas en la piel, y de inmediato se habló de que alguien había tratado de envenenarla. En voz baja, en el palacio, se mencionó el nombre de don Álvaro de Luna, y en voz alta en toda la población de Madrigal y, es más, las gentes se echaron a la calle contra el todopoderoso condestable de Castilla y maestre de Santiago. Y no sólo vocearon los hombres buenos de esta villa, sino los de Castilla toda.
El rey, alarmado por el griterío, se presentó a visitar a su esposa de súbito con unos pocos caballeros, y quiso Dios que la reina se quedara empreñada y que, apercibida del hecho a los pocos días y completamente segura a la segunda falta, dejara la aguja y a don Álvaro de Luna, y participara en la alegría que reinaba en el palacio y en la población. Además, que se le habían ido las manchas verdinegras de la piel tan rápido como le habían venido y sin tomar ningún antídoto contra venenos, bendito sea el Señor.
Mejor, pues que la pesquisa que llevó a cabo Gonzalo Chacón, el mayordomo, no dio resultados, pues no encontró posibles envenenadores. De consecuente, comentó con su esposa que la gente de la casa era de fiar, y oró con toda la servidumbre para que el fruto del vientre de la señora fuera un varón, y eso que quería mucho a la pequeña Isabel y le hacía mimos cuando nadie le veía, y se llegaba a las cocinas para buscarle lamines. Pero mejor un varón, porque el príncipe Enrique, dispuesto a divorciarse de doña Blanca de Navarra —ambos echándose la culpa de su incapacidad para engendrar—, buscaba nueva esposa y mejor que doña Isabel alumbrara un varoncito por si acaso fuere cierto que don Enrique fuere impotente, como se comentaba sin recato por todo el reino.
Pasada Pascua de Resurrección se conoció en el palacio de Madrigal que don Álvaro de Luna había hecho arrojar por una ventana a don Alonso Pérez de Vivero, a la sazón mayordomo del señor rey, matándolo, casualmente a los pocos días de la visita que hizo a la soberana para desearle albricias por su preñez. Doña Isabel, que parecía otra, pues que estaba muy alegre y mandaba y ordenaba como en sus mejores tiempos, envió carta a su esposo anunciándole su felicidad y rogándole que aprisionara a don Álvaro. En razón de que matar no es cristiano, en razón de que el condestable hacía de su capa un sayo, pues mandaba en el reino más que el rey, y asesinaba a los hombres buenos para que ninguno hiciera sombra a su poder, que era inmenso. Y en este punto atinó, pues que ostentaba mucho más imperio que el monarca, más que el papa, más que Dios en aquella tierra, posiblemente. Y el caso es que debió coger al rey don Juan en buen momento, según se dijo luego, en el mismo instante en que un nigromante le aseguraba catando en cosa luciente que la reina doña Isabel estaba empreñada y que pariría un varón, y se albrició el hombre por el vaticinio y, tras recibir enhorabuenas de sus caballeros, como les prestó oídos también y aquellos señores mucho tenían que decir contra don Álvaro de Luna, decidió actuar por una vez y llevar al hombre más poderoso de su reino ante un tribunal de Valladolid, precisamente donde le recomendaba su esposa. Y fuese a visitarla tan aprisa como si fuere en algara contra el rey moro de Granada, y se llegó a su cama varias veces.
El rey don Juan, que por la mucha premura que llevaba no pudo hacerle ningún regalo a su hija la señora infanta Isabel, le entregó su gorra y, días después, mientras discurría el proceso contra don Álvaro, para distraerse quizá y quitárselo de la cabeza, pues que le llegaban malas noticias del discurso del juicio, delante de toda la corte la armó caballero, e fue risible que una niña tan chica fuera armada «caballera», y el gesto muy celebrado por los asistentes y por la criatura que anduvo muy ufana por la casa con su título, su sombrero y una espadilla de madera colgada del cinturón.
La casa de la calle de los Caballeros de la ciudad de Ávila se fue despoblando. A los dos meses del fallecimiento de la marquesa, de cuarenta criados que había quedaban tres mujeres, dos de ellas moras, y un hombre, el administrador, que entró en grave enfermedad y fuese a la tumba en quince días. El tiempo justo para explicarle a la mora Wafa, que sabía leer y escribir, qué dineros habrían de recibir las marquesitas cada un año: tanto de tales tierras de labor, tanto de tales rebaños, tanto de tales alamedas o encinares, tanto de tales casas arrendadas, de tales juros de heredad, etcétera, y de dar poderes —pues que los tenía de su señor para otorgarlos a otros en caso de necesidad—, a Catalina, la cocinera, la tercera criada que no había abandonado la casa de los Téllez, para que firmara los papeles precisos hasta que regresara el señor o hasta que las niñas alcanzaran mayor edad. Catalina no sabía firmar —a gusto hubiera dado a la mora los poderes, pero como era esclava, no tenía capacidad para obrar ni por sí misma ni menos por otros—, así que dio manda oral de que firmara Wafa por ella, toda vez que se demostró que nadie en Ávila quería hacerse cargo de unas criaturas que no tenían parientes. Que ni el obispo, don Alonso Tostado, que se había interesado por el caso, como va dicho, estaba por la labor, pues acabó con la discusión que había emprendido diciendo a los médicos:
—¡Señores, no juzguemos la obra de Dios!
Y los despidió, entre otras cosas porque se había enzarzado en una disputa por escrito contra un tal fray Tomás de Torquemada, e andaba muy ocupado.
Ni los hombres buenos del concejo ni el corregidor quisieron saber de las gemelas, aunque la ley de Partidas las amparara de hecho y nombrara tutores hasta su casamiento o mayor edad o hasta que regresara la bisabuela —que a la sazón andaba en la ciudad de Milán donde, fallecido su marido don Pedro, casara en segundas nupcias con un conde italiano mucho tiempo atrás, y a saber si estaba viva o muerta. Entre otras cosas, cabe añadir que llegó la pestilencia a la meseta castellana y, de consecuente, a Ávila, e los habitadores, y máxime las autoridades locales, andaban locos, unos corriendo para abandonar la ciudad, otros quemando a los muertos y otros muriéndose, y en tales circunstancias, como había problemas más importantes que resolver, se olvidaron de las criaturas.
Lo cual —el olvido, que no la muerte de la ciudadanía— holgó sobremanera a las dos esclavas moras y a la cocinera, la dicha Catalina, que llevaba muchos años en la casa y era fiel a sus amos, aun estando desaparecidos. Pues que, en un principio, las criadas recelaron de que las jerarquías pudieran arrebatarles a las niñas, aunque ellas siempre hubieran mantenido en un posible pleito que el señor marqués, el padre, estaba ausente y que la madre les había encomendado la crianza de sus hijas, pero temieron que alguna autoridad hiciere mal a las recién nacidas o les quitase de malas maneras lo que tenían de su casa y hasta la casa y los campos, los rebaños y los juros, pues que hay gente ambiciosa por doquiera.
Pero no, que la enfermedad trajo olvido, y Marian y Wafa las sacaron poco a la calle, precisamente para no llamar la atención y así evitar se desatara codicia contra ellas.
Marian se instaló con Leonor y la nodriza en el primer piso. Wafa con Juana y la otra nodriza en el segundo en habitaciones que daban al patio para que no se oyera el llanto de las chiquillas desde la calle cuando lloraran a la par. Una en cada piso para que no se estorbaran las niñas entre sí.
Catalina, la cocinera, subió, bajó y, enterrado el mayordomo, gobernó la casa como Dios le dio a entender: administró la arquilla de los dineros del señor marqués, abonó el salario a las nodrizas, encargó a los carpinteros la cuna que faltaba, pues que en aquella casa sólo se había esperado una criatura, y no a dos, también escondió el azafate de las joyas de su difunta señora en un cofre de varias llaves y fuerte candado, fue diariamente al mercado a comprar alimento, ajustó unos hombres, que le parecieron caballeros pero no lo fueron ni de lejos, para que buscaran a don Juan por los cuatro puntos cardinales, cobró las rentas de los señores marqueses cada un año, y cerró casi todas las habitaciones de la casa, excepto una en el primer piso para Leonor y Marian, otra en el segundo para Juana y Wafa y las nodrizas respectivas, y otra para ella en la azotea, donde, de haber tenido un minuto de tiempo, hubiera podido contemplar por el ventanillo el espléndido caserío de la ciudad y las campanas de la Catedral. A más, llevó unos bancos del zaguán a la cocina y los instaló cerca del fogón. Y, ay, tan ocupada anduvo que dejó morir de hambre a las gallinas y conejos que habían vivido y se habían criado en la corraliza de la huerta, que, abandonada, presto se tornó en espesa selva.
Con las disposiciones de Catalina, Leonor y Juana se criaron, en su primera infancia, una en el primer piso, otra en el segundo, con sus ayas y sus amas de cría respectivas y, al caer el sol, en las cocinas, el lugar donde se solazan los criados después de sus laboreos. Entre gritos, pues que las cinco sirvientas, al ser mujeres de baja condición, eran muy bulleras. Entre costumbres moras y cristianas, porque la guisandera y las nodrizas eran cristianas y las moras, moras, y, a veces, éstas rezaban con ellas, siempre cada una por separado. La buena de Catalina no llegaba a todo, no podía estar en todas partes a la vez, en el piso alto, en el primero o en el bajo, y las moras rezaban lo suyo por costumbre e las niñas las oían y repetían lo que escuchaban como era de esperar. E, si Marian jugaba a disfrazar a Leonor, la vestía de mora y le ponía un velo tapándole la boca y, si jugaba Wafa con Juana, también, y si jugaba Catalina con una o con otra, les dejaba el rostro a la vista y el cabello al aire. E Marian le había puesto a Leonor una oración del islam debajo del jubón, y Wafa otra a Juana, y Catalina una medalla de la Virgen a cada una. Las niñas, Leonor, más grande de miembros, y Juana, muy menuda, y las dos feotas pues que tenían la cara bastante afilada, aunque mejoraban a pasos agigantados, anduvieron a gatas a la vez y se incorporaron también a la vez, para correr también a la vez. Más Leonor, que era más robusta, pero las dos crecieron en una cierta confusión y, ya fuera a Alá, ya fuera a Dios, rezando el doble que cualesquiera niñas de su edad.
Mari de Abando, la vieja, pronto se acostumbró a vivir con una niña y un perro pastor en la puerta de su casa. El can, aunque nunca dejó de ladrar, le hizo servicio pues que, cuando ella se llegaba al manantial de Ibarrati a buscar agua límpida para cocerle la papilla a la pequeña Mari, el animal se quedaba en casa con la criatura y la guardaba de cualquier peligro, y más que le hizo cuando la pequeña anduvo y corrió por las campas y se escondió detrás de los árboles. Entonces el bicho, que era pastor y llevaba tal oficio en su memoria, encontraba a la juguetona, lejos que se escondiera, se le acercaba, la tocaba con el hocico, como llevándola al redil, y si la niña se resistía por hacer chanza e por airar a su madre putativa, pues que los críos hacen eso y más desde bien chicos, ladraba como poseído, pues que por su natura no entendía de bromas, avisando a la anciana, que se llegaba al lugar renqueando y haciendo como que estaba muy enfadada, aunque en realidad estaba gozosa de que su hija se criara sana y vivaz.
A la niña Mari la cuidaban como buenamente podían Mari de Abando y Martina de Iñaxio, por esos sentires que llevan las mujeres en sus corazones, que, a la vista de un niño, son capaces de hacer lo que no han hecho jamás, como si lo trajeran sabido o escrito en lo más íntimo de sus seres. Cierto que las dos ancianas no lo hacían de manera perfecta con la niña, al revés, lo hacían muy mal y eran conscientes de ello, pero, lo que se decían, que eran incompetentes para hacerlo mejor, máxime con aquella criatura tan hermosa, tan bella, ah, que les sorbía el seso. Tal comentaban entre ellas sin avergonzarse de sus manifestaciones de cariño:
—Mira, María, es bella, bella…
—Es mucho más bella que la Dama de Amboto.
—No digas barbaridades, María, la Dama es la más hermosa y bendita entre todas las mujeres… Es diosa…
—O diabla…
—¡Ea, no la mires tanto y trabaja, que hemos de terminar la untura mágica…!
—¿Llevaremos a la niña?
—¡Claro!
—Oye, mejor la dejamos con el perro…
—No, no me fío…
—¡A veces te fías y otras veces no!
—Por la noche no me fío…
Al principio llevaron a la niña, bien atada a la espalda de una de las dos, a la campa de Miravilla, allende el río, a la junta de brujas, al aquelarre —dicho por allí—, pero se aducían que no era propio, porque la criatura mal dormía y se excitaba, e dejaron de ir. Y eso, anduvieron tan sujetas con ella, que las ganancias de una y otra comenzaron a resentirse, y los cuartos, que guardaban en sus respectivas ollas, menguaron rápidamente. Además no salían a buscar hierbas ni sapos ni hacían sus mejunjes para venderlos en los días de sabatt. E Martina ya no se presentaba en la casa de María a la sobretarde, quia, llegaba con el albor, y se peleaba con su amiga por vestir a la niña o por darle el desayuno a la boca, el caso es que las dos brujas vivían y morían por la criatura. E si padecía fiebre o mocos o mal de garganta, no sosegaban, e le aplicaban este remedio o estotro, siempre discutiendo cuál le resultaría más benéfico y le haría sanar antes.
El caso es que estaban desatendiendo a su parroquia. Pues que la dicha Martina no vivía en su casa, sólo dormía, e le llegaba la gente, llamaba a la aldaba y la encontraba vacía, e se acercaba a casa de Mari, y ésta tampoco abría la puerta, no fueran a contagiar a la pequeña de alguna enfermedad que se la llevara al otro mundo. E llegó un momento en que tuvieron que matar, una detrás de otra, las seis gallinas que tenía la de Abando en su corral para poder comer e, cuando fue Martina a buscar las suyas, se las había comido el lobo o las alimañas o se habían echado a volar o a correr, e regresó con unas galletas rancias en la cesta, e su ollica de dineros, pero aquello no era modo ni manera… Cierto que tenían leche, pues la vaca de la Mari pastaba como siempre, e la hierba no había menguado, y era muy buena pues que cada día daba un lecherón y queso fresco no les faltaba, pero la niña pedía pan, algo más variado, y los estómagos de las viejas también. E no había.
E pedía:
—¡Pan, madre, pan! —mirando a María a los ojos.
E la María se congratulaba de que la llamara madre, y la Martina se amohinaba de que nunca la llamara madre delante de María, de que la llamara siempre tía, pero a las dos se les llenaban los ojos de lágrimas pues que no tenían pan para darle, y eso, convenían en que era preciso tomar ciertas determinaciones.
Sopesando la situación, las dos ancianas acordaron volver a sus tareas, pues que las ollas de dineros en los casi dos años que llevaban contemplando a la criatura o, dicho de otro modo, holgando como si fueran mujeres amillonadas, habían disminuido al cuarto e presto se iban a quedar sin blanca. E llevaron las cuentas del gasto unas semanas y calcularon que a esa marcha tenían para vivir un mes, y estirando, estirando, dos y, visto lo que había, se mostraron dispuestas a tornar a sus antiguos quehaceres, a ganarse la vida, vaya.
Y a eso se pusieron cada en su casa, con la niña disputándosela. Martina dio voces por el arrabal de San Nicolás y por el portal de Zamudio de que había abierto su casa, y Mari hizo otro tanto por el mercado de la plaza Mayor y por la calle Somera, y les fueron gentes, muchas gentes, pues que eran brujas muy acreditadas. Pero rivalizaban por la pequeña, pues que las dos la querían tener todo el tiempo, y llegaron a atender mal a los hombres que les iban con mordeduras de perros o con granos purulentos o con afecciones de vejiga o a que les echaran las suertes o a pedir maldiciones para sus enemigos, y otro tanto a las mujeres que llegaban a que les recompusieran el virgo o a que les curaran un sarpullido en sus partes femeninas o pidiéndoles algo para el dolor de cabeza o, sencillamente, a comprarles untura para el sabatt.
Atendían a la gente con la pequeña Mari y el can rondando por allí y, como se les quejara el personal, decidieron atar a niña y bicho a la pata de la cama con una cuerda y tal hicieron cada una en su casa cuando hubieron menester, sin sospechar qué daños se derivarían de tal situación.
Capítulo
4
El día de San Eugenio de 1453, la reina Isabel alumbró un varón que fue bautizado con el nombre de Alfonso. Otra vez delante de tres notarios, dos vecinos de la villa de Madrigal y dos parteras —las mismas que habían traído al mundo a su hija mayor, a la infanta Isabel—, y varios parientes.
Hubo grandes alegrías en palacio y en la población por el niño. Porque el príncipe Enrique, el heredero del rey don Juan, andaba pidiendo divorcio a Su Santidad el Papa y, según comadres lenguaraces, por los burdeles alternando con mujeres del común a muchos y, según comadres de lengua de víbora, con maricones, brujos, borrachos y otra gente culera. Y sucedía que, en razón de esta situación vital del príncipe tan desastrosa, un día tal vez, después de diez, veinte o treinta años —los que Dios tuviera a bien mantener con vida al rey Juan y al futuro rey Enrique— el recién nacido tal vez llegara a ser soberano de Castilla, y la afortunada madre, madre de rey.
Don Juan II se complugo. El Señor Jesucristo también, en razón de que dio a los señores reyes un hijo bellísimo, tan hermoso como su hermana y con los mismos ojos.
E ocurrió que doña Isabel, la reina, tras la parición no pidió un paño para bordar ni se amohinó, ni devino en lunas ni se mostró disgustada con la crudeza de la Ley para las reinas parturientas; al revés, se mostró gozosa y alegre y con ella el palacio todo. Ella misma eligió el nombre de Alfonso para el recién nacido, le buscó nodriza, le hizo mil arrumacos y dejó que su pequeña hija le hiciera otros tantos, siempre con la sonrisa en la boca. También escribió de su propia mano a su tía la duquesa de Braganza, contándole la buena nueva con todo detalle. Cierto que se conoció que en la misiva le habló de don Álvaro de Luna, asegurándole que el noble acabaría, presto, en el cadalso, pues que un tribunal de Valladolid, especialmente constituido para juzgarle, le estaba acusando de mil horrores.
Visto lo que había, las damas de la reina se preguntaban por qué estaba tan contenta, si por haber parido un varón o por la marcha del proceso contra el condestable. No obstante, pese a tales dudas, todas disfrutaron de los buenos tiempos pues les resultaba muy penoso tener a la señora alunada y negándose a beber la jenciana que le procuraba cierto alivio, y naturalmente se holgaron a la par que ella.
Pues que, cuando el rey vacilaba si recibir a don Álvaro o no recibirlo, doña Isabel no se separaba de su marido, y tanto estaba a su lado cuando salía a cazar con el halcón o de montería, o jugando a tablas, o leyendo un códice o despachando asuntos de gobierno, recordábale que don Álvaro era un mal hombre, homicida incluso, que había andado por reinos que no eran suyos, como si lo fueran. Es más, creándose enemigos con su arrogancia, tan desabrida y torpemente que hasta los conversos de Valladolid, que tan amigados habían estado con él, ya estaban contra él. Y no le permitía dudar al rey… Le decía que, como todo hijo de vecino, o de rey, en los sus reinos debería someterse a la sentencia de los jueces que también era la del pueblo, pues ¿acaso los habitadores no vitoreaban a los miembros del tribunal y al fiscal, y abucheaban y hasta corrían a los letrados del condestable?
—¡Sí, mi señor don Juan, sí! ¡Las buenas gentes piden la cabeza de don Álvaro! ¡Es preciso enmendar sus demasías!
—¡Ah, Isabel, parece que me estás conjurando en nombre de Castilla! No es tal, no es tal… ¡Tente, mujer!
—¡Yo te conjuro, mi señor, en nombre de Castilla! ¡No le recibas nunca, por tus muertos! ¡No le des perdón cuando el tribunal falle que es culpable…! —Tal gritaba la dama e lloraba.
—¡No me digas lo que he de hacer…!
—¡No intentes influir en el tribunal…!
—¡No te atrevas a influir tú, señora!
—¡Nunca lo haría, señor!
—¡Tengo oídos… me vienen con cuentos…!
—¡No te olvides que don Álvaro intentó envenenarme…!
—¡Eso es falsedad!
—¿Falsedad? ¿Te recuerdo que arrojó a un buen hombre por la ventana y por eso se le juzga…!
—¡Déjame…!
—¡Adiós, señor!
Cuando el rey supo de la condena a muerte de don Álvaro de Luna, las gentes dijeron que derramó amargas lágrimas, máxime en el momento de ratificar la sentencia, llegando incluso a mojar el papel. Acaso lo haría en silencio o a escondidas, porque en el palacio de Madrigal no se pudo constatar semejante dislate. A más, que la reina y los nobles celebraron la noticia con una gran comida, y la población corriendo antorchas por la villa.
Del palacio real a Valladolid anduvieron varios correos, unos antes de la ejecución del señor de Luna, condestable de Castilla, maestre de Santiago y conde de muchos lugares, y otros después. Volvieron hablando de que se estaba levantando un patíbulo a toda priesa en la plaza del Ochavo, extramuros de la primera cerca, de que ya habían instalado el tajo en el suelo y el crucifijo en un altarcillo, y que habían ornado el paramento con tafetán de color negro.
A la tarde del 2 de junio de 1453, se conoció en Madrigal por boca de los mensajeros que fueron testigos presenciales de la ejecución, que Valladolid había estado tomada por infinita gente, vestida de domingo: hombres y mujeres de oficio, labradores, hidalgos, prelados y algunos nobles. Que, al son de la trompeta y al repique de los atambores, había salido de la cárcel de la Audiencia una apretada compaña: heraldos en traje de gala, dando a los vientos los homicidios del reo, una tropa de soldados alineados en fila de a dos, y ya sobre una mula torda, el condestable. Impertérrito el gesto, muy embozado en la capa del uniforme de maestre de Santiago, dejando ver bien la venera de la Orden, mirando a la lejanía, con su capellán llevando la brida de la cabalgadura, y haciendo oídos sordos a las imprecaciones de la multitud.
E dijeron que la comitiva llegó a la plaza del Ochavo, e que el reo descabalgó, e que dirigió una mirada a todos los que le miraban. Una mirada que no quería decir nada, pues que ni mostraba temor ni dolor ni orgullo ni desprecio a las gentes o compasión ni menos de sí mismo. Que subió las escalerillas con majestad, el manto revuelto en el brazo diestro, la cabeza alta, la espalda erguida, el paso firme, y que, buscando con sus ojos al verdugo, que llevaba ropas bermejas, miró cara a cara al sayón. Mismamente como luego miró en derredor, algo más avispados los ojos, quizá por ver si venía algún mensajero del rey con su perdón e, viendo que nadie se hacía paso entre la multitud, volvió a contemplar el gentío. Se detuvo ante las autoridades, que estaban sentadas en un palenque, les hizo una airosa reverencia, como sólo él las hacía en el reino, pues era hermoso y como ningún hombre tenía galanura, e se llevó las manos al pecho. Un rumor de benevolencia corrió entre la muchedumbre, que apiñó su corazón y afloró lágrimas, pero, en esto volvió a asonar la trompeta, e don Álvaro dio su gorrilla y su capa al paje que lo acompañaba, e las manos al verdugo para que se las atara, e habló. Deseó parabienes a los señores reyes y a Castilla toda.
En la plaza se hizo un espeso silencio.
El maestre besó el crucifijo que le tendía su capellán, confesó brevemente y, arrodillándose, colocó su cabeza en el tajo. La espada del verdugo cortó el aire y la cabeza del condestable. En la plaza el silenció duró varios minutos. Cuando el gentío rompió en vivas al rey don Juan, algunas mujeres se santiguaron y comentaron entre sí que había muerto el más bello galán de Castilla, Dios le haya perdonado.
La reina se holgó con la noticia, el rey no, al contrario. En el año y poco más que vivió, se estuvo reprochando la muerte de don Álvaro de Luna, de su gran amigo y compañero, de aquel gran hombre merced al cual pudo vencer en la batalla de Olmedo a los infantes de Aragón, y ni su esposa fue capaz de consolarlo. Por eso, a los quince días del ajusticiamiento del valido, abandonó Madrigal y se marchó a Valladolid —donde le dio beata—, a contemplar con sus ojos el escenario del crimen, tal dijo y, ante semejantes palabras, doña Isabel volvió a pedir a sus meninas tela y bastidor para bordar. E hizo que le dieran otro tanto a su pequeña hija, para que se estuviera quieta y, vive Dios, callada, que no paraba de parlotear.
E la víspera de Santa María Magdalena de 1455, el rey don Juan dio el ánima a Nuestro Señor. A decir de muchos murió de pena y reconcomido por su conciencia, por haber cedido a las presiones de una esposa y de un tropel de vasallos, en fin, por no haberse opuesto al tribunal de Valladolid que sentenció a muerte a su amigo más querido, la gala de Castilla, y ni la fortuna del ejecutado, que enriqueció sensiblemente las arcas reales, le consoló.
La soberana se personó en aquella ciudad para presidir las exequias por el alma de su esposo, derramando infinitas lágrimas. Entre los llantos del pueblo por el fallecimiento de don Juan, el segundo, y las alegrías por el advenimiento de don Enrique, el cuarto, rindió pleitesía al nuevo rey, su hijastro, y le deseó ventura y largo reinado. Desechó su invitación para quedarse a vivir en la corte, ajustó con él la cuestión de sus rentas, e se dispuso a regresar a Madrigal, pero sus camareras le propusieron ir un tiempo a Arévalo, que era villa suya también, nada más fuera para cambiar de aires y que convaleciera y le remitiera la melancolía. La viuda aceptó y se encaminó a aquella población con un niño de cuna, una niña de cuatro años, doscientos soldados y cierto número de sirvientes.
En las cocinas de la casa de la calle de los Caballeros fue donde Leonor y Juana Téllez de Fonseca, las dos marquesitas, mancas, de Alta Iglesia, oyeron hablar por primera vez de tesoros. Porque a la anochecida se reunían las tres mujeres, en torno al fuego en el invierno y, en el verano, en el patio del pozo —mejor hubieran estado todas en la huerta, que, sin cuidados, se había llenado de hojarasca—, y las dejaban estar con ellas hasta tarde, y hablaban y se contaban cosas, sus cosas.
De cómo llegó Catalina a la ciudad sin una blanca, huyendo de los palos que le propinaba su padre, ¡malhaya!, y la madre del señor don Juan, la abuela de las niñas, la tomó de pinche de cocina cuando no tenía informes, porque se lo pidió en la calle en un momento en que la rodeaban diez o doce damas, todas portando antorchas. De cómo la señora le miró los dientes por ver si estaba sana, la hizo asear y le dio ropa y, ay, qué gran señora, hasta un trabajo y una paga le dio:
—Doña Ana, vuestra señora abuela, hijas mías —decía mirando a las niñas a los ojos—, era santa… Una santa… Salía a la calle con diez camareras, una con un cofrecillo con dineros e iba dando e vestía a pobres y tullidos, e también hacía limosnas a conventos… Mi señora doña Ana… ¡Dios la tiene con él, de no ser así que me muera ahora mismo, que no puede ser de otra manera…!
—¡No digas esas cosas delante de las niñas —la interrumpía Wafa— que luego preguntan qué es la muerte y tienen miedo…!
—¡Cállate, maldita mora…!
—¡No maldigas delante de las niñas, Catalina —atajaba Marian— que aprenderán palabrotas…!
—¡Callaos, pardiez…!
—¡No se dice pardiez! —intervenía Juana.
—Si hablas mal, Catalina, yo también hablaré mal —amenazaba Leonor.
—¡Oh, dispénsenme sus señorías…!
—¡Sigue, sigue…!
—Doña Ana tenía buenas palabras para todos los servidores de la casa, que hubieran dado su vida por ella… Yo, la primera, besaba el suelo que ella pisaba y no es cuento, hijas, es verdadero… Y, a no ser porque don Juan, vuestro señor padre no está, que se ha ido a luchar contra los moros de Granada, pues que es un gran capitán, niñas mías, a los altares subiría a mi señora, que fue mujer de prendas e la caridad hecha persona, pues vuestro señor padre se ocuparía de iniciar el proceso de beatificación. ¡Pena que no esté para ocuparse de vosotras y para arroparnos a todas!
Otras veces tomaba la palabra Wafa, que, ay, Señor Jesús, decía ser mujer libre y noble de una tribu bereber del norte de África, que fue hecha prisionera por unos piratas cuando era niña y toda su familia iba a embarcarse en el puerto de la ciudad de Orán en un bajel, rumbo a la Meca para hacer la peregrinación y cumplir el precepto del Profeta, Alá lo tenga en el Paraíso. Y decía:
—Íbamos toda la familia: las cuatro mujeres de mi padre don Alí ben Berka —ponía énfasis al pronunciar el nombre de su progenitor por si les decía algo a sus interlocutoras—, sus doce hijos varones, sus ocho hijas, yo entre ellas…, y llevábamos un arca llena de oro para pagar el pasaje, y una comitiva de treinta personas entre soldados y sirvientes… Un día, paseando por una playa, nos demoramos corriendo por la arena y, casi de noche, vimos un barco muy grande que nos hacía señales con una linterna… E mi hermano mayor, el heredero del linaje, dijo que la nave se estaba hundiendo e corrió hacia la orilla del mar, para ayudar o qué sé yo, que era necio mi hermano… E vimos cómo los del barco arrojaban un bote e venían hacia nosotros remando apriesa… E otro hermano mío, la mar de necio también, sostuvo que los del bajel serían comerciantes y vendrían a vendernos algo… Y las esposas corearon que tal vez trajeran collares de perlas de buen Oriente, y se holgaron e asonaron sus faltriqueras dispuestas a comprar joyas o ricas telas… En eso estábamos, mirando, curiosos, e no oímos que un hombre —mi padre— nos llamaba de lejos… E arribó la barquichuela a la playa e nos acercamos y, al instante, observamos con pavor que los tales mercaderes eran piratas e, aunque todos echamos a correr, me cogieron a mí que era muy chica, de cuatro o cinco años, e me llevaron con ellos… E luego quisieron trocarme por el tesoro de mi padre, por el cofre de los dineros, pero él no debió aceptar el trato, tal vez se dijo que ya tenía suficientes hijas… No sé… Me cautivaron aquellas gentes e me llevaron a Galicia, a Santiago de Compostela, al palacio de Fonseca…
—¿A casa de nuestra madre? —preguntaba Leonor.
—¡Sí!
—¿Quién vivía en aquella casa, Wafa? —quería saber Juana.
—Vuestros abuelos maternos… Don Luis y doña Margarita… Dos grandes señores… Los padres de vuestra señora madre, la muy magnífica señora doña Leonor de Fonseca y Frías…
—¡Ea, niñas, que se ha acabado la candela…! —interrumpía Catalina.
—¡A dormir!
—¡Los cuentos valen hasta que se acaba la vela, ea, ea…!
—¡Siempre lo mismo —se quejaba Leonor—, siempre que Wafa va a hablar de nuestra madre o Marian de nuestro padre nos mandas a la cama, Catalina…!
—¡Vosotras habéis tenido padre y madre, pero nosotras no, y queremos saber de ellos…!
—¡Nosotras tampoco hemos tenido padre ni madre desde bien chicas…!
—¿No?
—¡Ea, ea, a la cama, mañana más!
Y mañana u otro día hablaba Marian:
—Yo, niñas, nací en una ciudad que no en ésta, me compró vuestra abuela a un mercader… Fui hija de otra esclava, pues que esto de la esclavitud se transmite de padres a hijos del mismo modo que las fortunas, las deudas o los pecados de las familias, e siempre viví aquí. Primero de doncella de doña Ana, después de doña Leonor y ambas me tuvieron mucho aprecio. Doña Ana por tener a su único hijo en mis brazos y acunarlo cuando era niño de teta, y doña Leonor por haber hecho lo mismo con el que luego sería su esposo…
Y para suscitar el interés de las niñas que a sus cuatro años cumplidos querían saber a todo trance qué contenía el cofre de don Alí, el padre de Wafa, Marian les hablaba del tesoro de los Téllez que, vaya, también trataba de un cofre y de un moro, rey para más señas. Y las criaturas disfrutaban con las joyas de oro y plata, los rubíes, las perlas negras y los topacios del jeque bereber y con el misterio del tesoro de los Téllez. Misterio, enorme misterio, porque la familia llevaba más de doscientos años buscándolo, sin encontrar nada, pues que se decía que tanto podía estar en el castillo de Alaejos como en el de Alta Iglesia, que fueran de la familia con anterioridad y que eran de las niñas en la actualidad, como en la mansión de Ávila, y más de uno había revuelto aquí y acullá poniendo las casas patas arriba. La última la tatarabuela, que, tras consultar con brujas y encantadoras, escarbó cielo y tierra en Alta Iglesia sin encontrar nada.
Y Leonor y Juana disfrutaban sobremanera discurriendo qué joyas, qué bienes, qué maravillas, guardaría el cofre del rey moro de los Téllez, e querían ir a buscarlo. Querían empezar por la casa en que vivían y levantar el suelo y tirar las paredes, pero las criadas se negaban. Wafa y Catalina les aseguraban que no existía, que todo era cuento de Marian. Pues que, de otro modo, ellas, que siempre habían estado muy unidas a las señoras, lo sabrían, que todo era cosa de Marian que tenía la imaginación acalorada, lo que, bien mirado, no era mal negocio, pues que pasaban buenos ratos con semejantes contarellas e acallaban a las criaturas diciéndoles que tuvieran paciencia y esperaran el regreso de su señor padre para iniciar con él la búsqueda del tesoro.
Pero ellas, las niñas, no se conformaban. En cuanto Wafa y Marian se distraían, se buscaban y recorrían la casa. De noche incluso, cuando crecieron un poco más, con un cabo de vela en la mano que cada una tenía, eso sí, pasando muchos pavores. En razón de que les picaba la curiosidad mucho más que los sabañones en el frío invierno por lo del tesoro, a más de que querían estar juntas e no querían dormir en aposentos separados, lo que era motivo de discusión.
Y menos mal que las sirvientas ocupaban las mentes de las criaturas con tesoros y porfías necias entre ellas o con cuentos de personajes maravillosos, porque de ese modo no tenían que responder a sus preguntas de por qué no tenían padres o, lo peor, por qué les faltaba una mano. Pues ninguna de las tres hubiera sabido qué, pardiez, decirles y ya les resultaba bastante doloroso ver cómo, sin que nadie les hubiera advertido de su disminución, habían escondido los bracitos mancos en los pliegues del sayo baquero, desde que se apercibieron de la carencia de mano.
Mari de Abando, la joven, se rebeló muy pronto contra sus dos madres putativas, en razón de que no era de madres, sino de madrastras, el hecho de que la ataran a la pata de la cama, a un lado a ella y a otro al can, cada vez que les llegaba un paciente. Que tenía cinco años bien cumplidos y continuaban atándola, y de nada le servía gritar, como de hecho hacía hasta que acababa con ronquera. Podía acariciar o quitarle las pulgas al perro, ponerle un nombre, quitárselo, volver a ponérselo, decidir para siempre que lo llamaría Mot, llamarlo: «Mot, Mot», mil veces; jugar con el alfiletero de las brujas; oír los consejos que daban a sus parroquianos; escuchar dimes y diretes sobre tal o cual persona; contemplar cómo ejercían de alcahuetas y tramaban ardides con doncellas o donceles enamorados y no correspondidos; mirar a la vaca los días de recia lluvia, pues que Mari de Abando la entraba en la casa; mugir con la vaca, cloquear con las gallinas, ladrar con el perro; aprender que los mejores sapos para hacer la untura de sabatt eran los de la charca de Mendieta, ubicada en el camino de Durango; oír hablar de la Dama de Amboto, mujer singular de rubios y largos cabellos, o de la junta de brujas del año anterior en las eras de Tolosa de la Francia; celebrar que Mari o Martina hubieran sanado al alfayate de la calle de la Susera de Bilbao o a un vecino de Portugalete, y mucho más. Podía incluso aprender, lo que le sería de suma utilidad en el futuro, pero siempre atada a la pata de la cama. Y no, eso no.
Ella no podía ir ni venir por las campas en busca de limacos o nidos de pájaros, aunque prometiera no alejarse de la casa ni entrarse en el bosque. E claro, pese a lo chica que era, dudó entre enfrentarse a sus madrastras y llamarles malas madres, tener habla serena con ellas para que la comprendieran, o echarse a correr lo más lejos posible de las dos últimas casas del maldito arrabal de Ibeni.
De ser mayor, de tener más vocabulario, quizá les hubiera podido decir a las dos viejas —que hacían lo que hacían y la ataban a la cama para no perderla de vista y que no se trompicara por los alrededores de la casa, es decir, por su bien—, que la estaban tratando peor que a esclava, peor que a presa, de muy diferente manera a como las madres tratan a sus hijos, de manera opuesta a como la hubiera tratado su madre verdadera, aquella Malona, de la que decían que era destalentada, y seguro que hubieran entrado en razón porque la querían a rabiar, pero optó por la tercera posibilidad, por largarse. Esperó el momento oportuno, a que un día le ataran mal la cuerda para poner los pies en polvorosa, y el perro se fue tras ella.
Corrieron niña y can por la ribera izquierda de la ría del Nervión, por un senderillo, tiempo y tiempo, hasta llegar al mar, e ambos se sorprendieron al ver tanta agua, e bebieron hasta saciarse, vive Dios, agua salada, y a poco devolvieron lo bebido, lo que les sirvió para aprender que una cosa es jugar y bañarse, y otra beber en la mar. No obstante, recompuestos de estómago, chapotearon en los pocillos que había entre las rocas y se pusieron perdidos, mojándose todos. E les vino hambre, mejor dicho, le vino hambre a la pequeña Mari, pues que el bicho siempre tenía, como buen ejemplar de su especie, e miró ella en derredor tratando de vislumbrar un nogal, y coger unas nueces, pero no encontró. Y se llegó al mar en el que de sobra sabía que había peces y, en efecto, había, pues los vio con sus bellos ojos, y tiró varias piedras para matar uno, al menos uno, para comer algo. Y miraba por doquiera en busca de alguna persona para pedirle un mendrugo de pan o algo que llevarse a la boca, pero no, no había nadie en aquel paraje. Sí que había pescadores en sus barcas, pero lejos, y grandes navíos que salían del embarcadero de Bilbao camino de alta mar, e los marineros le saludaban. Entonces ella hacía bocina con las manos, y les pedía pan, dispuesta a meterse en el agua por el lugar en que estaba, precisamente en la barra, un mal sitio, pues que en ella convergen las corrientes del río con las de la mar e pueden resultar mortales para cualquier ser vivo, salvo para los peces, que están en su elemento. Y menos mal que las tripulaciones de los barcos se limitaron a saludarla, pues que a saber qué le hubiera podido suceder, de entrada poco bien y mucho mal, si le hubieran arrojado un paquete por la borda. Y, a más a más, llegó la noche y cayó
